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lunes, 26 de octubre de 2026

El estrés laboral no se elimina, se gestiona

Hay una idea que me parece especialmente importante cuando hablamos de estrés laboral y es la de que no podemos pretender que las personas trabajen en entornos exigentes y que nada de lo que ocurre a su alrededor les afecte. Los cambios, las urgencias, los problemas de organización o las dificultades para conciliar forman parte de nuestra realidad profesional. Y todo ello tiene un impacto en nosotros, nos guste o no.

Las organizaciones cambian cada vez más rápido, las responsabilidades se mezclan y las estructuras son más flexibles, aunque no siempre mejor organizadas. Esto puede generar confusión, órdenes contradictorias y una sensación constante de no saber exactamente qué se espera de nosotros. Y cuando no tenemos claro qué debemos hacer o con qué recursos contamos, aparece una de las principales fuentes de estrés laboral.

Y aunque tratemos de buscar la solución afanosa, pero vanamente, no todo el estrés se resuelve aprendiendo a respirar mejor, haciendo deporte o aprendiendo a gestionar nuestras emociones. A veces, lo que hay que cambiar es la forma en que estamos trabajando.

El estrés no es necesariamente negativo. Es un mecanismo biológico que nos permite reaccionar ante situaciones que requieren atención, esfuerzo o adaptación. Gracias a él, por ejemplo, los seres vivos somos capaces de salvar nuestra vida en muchas ocasiones. Por ejemplo, podemos reaccionar rápidamente si un coche se acerca a nosotros cuando cruzamos la calle.

El problema aparece cuando se prolonga demasiado o no tenemos suficientes oportunidades para recuperarnos. Pasamos de una urgencia a otra, acumulamos tareas y terminamos el día con la sensación de haber trabajado muchísimo sin haber avanzado lo suficiente. ¿Te suena?

A todo ello podemos añadir salarios insuficientes, inseguridad laboral, dificultades para conciliar, falta de oportunidades para desarrollar nuestro talento o herramientas inadecuadas. Incluso tener poco trabajo o sentir que nuestras capacidades no se aprovechan o no reciben la importancia y atención mínima que merecen.

El factor común es el desequilibrio entre lo que se nos exige y los recursos que tenemos para responder. Por eso, no se trata simplemente de reducir tareas, sino de encontrar un equilibrio razonable entre las demandas y los medios disponibles.

Desde la empresa, desde los departamentos de recursos humanos, deberíamos saber actuar sobre las causas. Si las cargas de trabajo son excesivas, habrá que revisar cómo se distribuyen las tareas. Si existen instrucciones contradictorias, tendremos que mejorar la coordinación. No tiene demasiado sentido invertir en cursos de gestión emocional mientras mantenemos intactas las condiciones que provocan el malestar.

También debemos trabajar en el liderazgo y la comunicación interna. Un buen responsable no es quien consigue que su equipo aguante cualquier situación, sino quien sabe identificar cuándo las exigencias son razonables y cuándo es necesario intervenir. Para ello necesita escuchar y permitir que las personas expresen sus dificultades sin miedo a que se cuestione su compromiso. Por supuesto, aprender a gestionar las emociones, saber establecer prioridades y descansar son recursos útiles, pero estas herramientas complementan la prevención, no la sustituyen. No podemos trasladar toda la responsabilidad al trabajador y esperar que aprenda a soportar mejor unas condiciones que quizá deberían cambiar.

La cosa se complica cuando este estrés existe en un equipo de trabajo con niveles diferentes y con varias maneras de afrontarlo. Imaginemos a varias personas ante una lista interminable de tareas. Una piensa que terminarlo todo será un milagro. Otra siente frustración. Una tercera lo interpreta como un reto y se concentra en lo prioritario. Y una cuarta decide qué debe atender, qué puede posponer y a qué tendrá que decir que no.

Seguramente, todas tengan razón. La situación es la misma, pero la forma de interpretarla puede cambiar. Esto no significa que todo dependa de la actitud, sino que podemos aprender a distinguir entre aquello que controlamos, aquello sobre lo que podemos influir y aquello que debemos aceptar.

Si el problema es una carga de trabajo inasumible, no basta con aprender a priorizar. Si existe un ambiente laboral hostil, no basta con practicar la relajación. La estabilidad interior es importante, pero no puede convertirse en una excusa para dejar de mejorar las condiciones de trabajo.

Una empresa saludable no es aquella en la que nunca hay estrés, conflictos o dificultades. Es aquella en la que las personas y la dirección trabajan conjuntamente para mejorar la salud y el bienestar, identificando los problemas y actuando sobre sus causas. Una organización necesita resultados, pero también personas que puedan conseguirlos sin poner en riesgo su bienestar.

La idea está en no infravalorar los pequeños cambios. Mejorar la comunicación, aclarar una prioridad, aprender a delegar o respetar media hora de desconexión puede parecer poca cosa. Pero, cuando esos cambios se repiten, pueden transformar nuestra manera de trabajar.

No vamos a construir una empresa saludable de un día para otro, ni lo conseguiremos esperando a que desaparezca el estrés. Lo haremos identificando qué lo provoca, cambiando lo que esté en nuestras manos y aprendiendo a gestionar mejor aquello que no podamos evitar.

martes, 17 de diciembre de 2024

La Navidad: luces y sombras en el ciclo de la vida

La Navidad, que lleva implícitos mensajes de unión, amor y esperanza, es una época que despierta emociones, a menudo, contradictorias. Para muchos, es un tiempo de celebración, de reencuentros y de risas. Pero, inevitablemente, también es una temporada que nos enfrenta con la ausencia al ir viendo cada vez más sillas vacías cuando nos juntamos en las reuniones familiares.  

A medida que pasan los años, la Navidad puede transformarse en un espejo de nuestras pérdidas. Aquellos que amamos y que solían formar parte de nuestras celebraciones quizás ya no están físicamente con nosotros, dejando un vacío que parece imposible de llenar. Estas ausencias nos invitan a reflexionar sobre el tiempo, sobre los momentos que compartimos, sobre el dolor de continuar sin ellos y sobre la obviedad de que algún día seremos nosotros quienes también dejaremos nuestras sillas vacías.

Es natural sentir tristeza o melancolía al recordar las risas, las historias y los abrazos que ya no podemos repetir. Esos sentimientos son normales y son parte del duelo, un proceso que nunca desaparece del todo, pero que aprendemos a integrar en nuestras vidas. Y es que la ausencia no borra el amor; más bien lo transforma.

Sin embargo, la Navidad también trae consigo nuevas oportunidades para iluminar la oscuridad. La llegada de nuevos miembros a la familia, ya sea a través de nacimientos, relaciones o amistades, nos recuerda que la vida sigue abriéndose camino. Estos nuevos integrantes tienen derecho a disfrutar de la magia de la Navidad, y nuestra responsabilidad es transmitirles ese espíritu, como algún día hicieron con nosotros.

Cuando los niños corren por la casa, cuando las risas reemplazan momentáneamente las lágrimas, nos damos cuenta de que estamos participando en algo más grande que nosotros mismos. Somos parte de un ciclo que ha existido en todas las familias, en todas las culturas y en todas las Navidades de la historia.

La Navidad nos obliga a sostener dos verdades al mismo tiempo: el dolor de lo que hemos perdido y la alegría de lo que hemos ganado. Y, en ocasiones, la pérdida y la ganancia ocurren en un espacio muy corto de tiempo, lo cual perturba aún más nuestro estado emocional. ¿Cómo podemos entonces encontrar equilibrio en este vaivén de emociones? La clave está en permitirnos sentir, en no reprimir ni la tristeza ni la alegría. Recordar a los que ya no están con cariño, y al mismo tiempo, abrazar a los que están presentes. Decorar el árbol, cantar villancicos, compartir la mesa: estos rituales son actos de resistencia ante la oscuridad.

En conclusión, la Navidad no se trata de borrar la tristeza, sino de integrar la luz y la sombra en un todo significativo, del mismo modo que hacemos el resto del año y durante toda nuestra vida.

Que esta Navidad, con sus momentos agridulces, sea un recordatorio de que la vida sigue girando y de que, a pesar de las pérdidas, siempre hay razones para celebrar. 

¡Felices Fiestas! 🎄


jueves, 31 de octubre de 2024

Los fantasmas del pasado: una reflexión sobre el perdón

Hoy, 31 de octubre, noche de Halloween, es una buena ocasión para hablar de esos otros “fantasmas” del pasado que a veces vuelven, no para asustarnos, sino para mostrarnos cuánto hemos cambiado.

Esta semana he vuelto a encontrarme con una persona que, en su momento, fue una gran fuente de dolor. Alguien a quien deseé no volver a ver, que representaba para mí una serie de heridas que parecían imposibles de superar. Durante los primeros años, algunos mensajes esporádicos y conversaciones breves y casi banales reabrían en mí emociones profundas: un cúmulo de rabia, rencor, tal vez incluso odio, que creía imposible de disipar. Aunque ya hace mucho tiempo que sabía que todo esto ya estaba sanado, no ha sido hasta este reencuentro presencial cuando esto se ha confirmado.

En este reencuentro, más de una década después, algo ha sido diferente. Un sentimiento casi superficial, casi como si esa persona fuera alguien con quien no hace tanto que me vi, como aquel compañero de un trabajo anterior o un antiguo colega de universidad con quien mantuviera buena relación, la cual se enfrió y con quien después de mucho tiempo me volvía a reencontrar. Este encuentro lo definiría como cordial y sincero, pero sin mover ni remover mi mundo como lo hacía antes.

Al reflexionar sobre esto, he entendido algo importante que me gustaría compartir, porque todos, en algún momento, enfrentamos nuestros “fantasmas” del pasado. Ya sea una expareja, un amigo que nos traicionó, un familiar con quien tuvimos roces dolorosos. Son relaciones que, en su momento, nos marcaron profundamente y que al final nos exigen enfrentarnos a lo que nos duele, para no cargar toda la vida con ese peso. He aprendido, con esta experiencia, que el verdadero "soltar" no implica perdonar a esa persona en términos absolutos, sino liberar nuestra energía de un pasado que ya no nos define.

La psicología ha investigado mucho sobre cómo y por qué nuestras emociones hacia personas que nos hicieron daño cambian con el tiempo. Lo que he descubierto es que, con la distancia y el tiempo, nuestras percepciones de ese “fantasma” se transforman. No es que la persona cambie, sino que somos nosotros quienes maduramos emocionalmente.

Para mí, este cambio en mis emociones fue algo gradual. Al recordar cómo me sentía hace años, noto que ahora el dolor se ha desvanecido. Esto, en la neurociencia, se explica a través de la desactivación que el cerebro hace de ciertas respuestas emocionales intensas cuando deja de percibir una amenaza. En otras palabras, cuando nos damos cuenta de que esa persona ya no tiene el poder de herirnos, el dolor simplemente pierde su fuerza.

Si ahora sientes que estás en ese proceso, confía en que lo que hoy duele intensamente se irá disipando. Quizás el perdón total no sea necesario para que puedas seguir adelante; a veces basta con que la intensidad de ese dolor disminuya hasta convertirse en un simple recuerdo que no perturba.

Durante mucho tiempo, e incluso ahora, he sido incapaz de pensar en lograr un perdón total y real, excusando cada error de esa persona para finalmente liberarme de la rabia. Pero, de nuevo entrando en mi rama, la psicología, he logrado experimentar en mi propia persona lo que se denomina el “perdón adaptativo”. Un tipo de perdón que no necesita una reconciliación profunda ni requiere que justifiquemos y perdonemos todo lo que nos hicieron; en lugar de eso, implica aceptar lo ocurrido sin permitir que el pasado siga definiendo nuestro presente. Esto es “soltar”, lo cual no significa olvidar lo que pasó ni justificar el daño; significa simplemente aprender a no aferrarnos a las heridas.

Este encuentro, además, me ha permitido evidenciar algo que es lógico y coherente y no es más que he cambiado, y también, muy probablemente, esa persona lo haya hecho. Nuestras vidas ahora son diferentes. Si esa persona está leyendo esto, quizás también haya experimentado algo similar. Tal vez haya percibido esa especie de perdón que, sin demasiadas palabras, le he brindado, lo cual le ha abierto la mente hacia una reflexión más sensata, aceptando errores de los que antes era incapaz de responsabilizarse. Esta evolución, este desbloqueo que ahora siento en la situación, dejando de lado orgullos y rencores, me permite imaginar un futuro distinto. Puede que pase otra década antes de volver a cruzarnos o quizás nunca haya otro encuentro, pero, al menos, aquel sinuoso camino de dolor y resentimiento se ha convertido en lo que todavía nos pueda unir, aunque solo sea el pasado, en una senda más ligera y confortable para ambos.

Si estás pasando por una situación similar, si te encuentras con un “fantasma” del pasado que te removió el alma en su momento, recuerda que lo importante no es buscar un perdón perfecto ni reconciliarte del todo. Lo esencial es que reconozcas tu propio cambio y observes cómo ese dolor se va transformando en algo cada vez más ligero. Quizás llegue un día en el que, como yo, puedas estar frente a esa persona y sentir que las aguas ya han vuelto a su cauce, sabiendo que, en caso de que pueda seguir existiendo contacto, este ya sería mucho más sincero, sin necesidad de medir cada palabra o cada acto, e incluso sin llegar a perturbaciones al tratar temas que en el pasado fueron muy delicados.

miércoles, 26 de enero de 2022

Cuando el estrés debe empezarnos a preocupar

¿No tienes la sensación de que los “eneros” siempre son estresantes después de unos días de descanso de Navidad? ¿No tienes la sensación de que la llamada “cuesta de enero” se ve endurecida por una situación de cambio de ritmo continuo en muchos ámbitos? ¿Y no tienes la sensación de que a todo esto se le añade la incertidumbre prácticamente diaria que nos está ocasionando esta pandemia?



Quizás estamos en uno de los momentos más oportunos del año, y probablemente también de la última década, para hablar del estrés. Un estado que nos sobrepasa y sobre el que tenemos que actuar a tiempo para que no se convierta en un mal peor e irreversible.

En este blog hablo de personas, pero también de personas en el mundo laboral. Es por ello, que me centraré especialmente en el estrés laboral, aunque totalmente se puede aplicar a cualquier tipología de estrés en cualquier otro contexto de nuestras vidas.

Las empresas, entendiendo a estas como el conjunto de empleados y empleadas, desde la Dirección hasta los operarios, debemos buscar soluciones a la gestión del estrés para asegurar el trabajo en un entorno sano y saludable. Como decía antes, además de ser un mes oportuno para tratar este tópico, nos encontramos en un momento ideal para poder hacer esta gestión del estrés, ya que estamos todavía en un tiempo de pandemia que puede alargarse mucho más allá de lo esperado y ya que estamos ante un estrés extra debido a toda la incertidumbre que hoy en día nos rodea en todos los ámbitos.

Los cambios en la empresa, que en este contexto se ven además afectados por la incertidumbre sanitaria, social, política, económica…, suelen provocar tensiones que acaban derivando a estrés. Las organizaciones son cada vez más líquidas, es decir, que los roles están cada vez más intercalados, creando más confusión, originando la creación de órdenes contradictorias y generando caos en todos los estamentos de la empresa.

Antes de continuar, se me viene una duda que debiera haber planteado al comienzo. Estamos hablando del estrés, pero ¿tenemos claro qué es el estrés?


Podríamos decir de él que es un estado que nos produce malestar, que viene provocado por algo externo y que es un fenómeno que nos afecta biológica, psicológica y socialmente.

Más allá de esta obviedad, cabe decir que el estrés debe existir siempre en la especie humana, del mismo modo que en los demás animales. Pero debe existir en unos niveles de tolerancia asumibles, ya que se trata de un mecanismo biológico que está diseñado para la supervivencia. Por ello, aunque lo veamos con una connotación negativa, lo cierto es que su origen no lo es, sino que siempre ha existido para asegurarnos la capacidad de supervivencia y adaptación.

Sea cual sea el motivo que nos esté provocando estrés, la realidad es que existe un desequilibrio entre las demandas y nuestros recursos para afrontarlas. Por ello, para afrontar esta situación, tendremos que ser capaces de realizar un esfuerzo de adaptación, de cambio de conducta, de adquisición de una nueva habilidad, de aceptación, de renuncia… al hecho causante, que nos permita rebajar nuestro nivel de estrés.

En este esfuerzo, sin duda, aparecerán las emociones que ayudarán o interrumpirán el proceso de afrontamiento. Si ocurre que el proceso se prolonga en demasía, el malestar continuará provocando el estrés, mientras que si somos capaces de superar ese malestar con creces, éste quedará revertido y lo veremos como una motivación y un nuevo “chute” de energía con el que salimos reforzados de una situación a priori negativa.

Si nos vemos superados y decidimos acudir a la ayuda profesional para mitigar nuestro estado de estrés, el profesional va a poder ayudarnos a reorientar nuestra manera de pensar y actuar, va a ser nuestro coach en este proceso por el que le estamos consultando, pero no va a poder quitarnos el estrés como podría quitarnos una muela. Dependerá en gran medida, por no decir en toda, del cómo nosotros gestionemos las principales fuentes que nos causan el malestar originario del estrés, que en el entorno laboral podría ser: mucho o poco trabajo, poca consideración social del empleo, poco sueldo, inseguridad y precariedad, dificultad para conciliar la vida personal y profesional, etc…

Llegados a este punto y como conclusión, por no alargar más este tema que nos daría para mucho, debemos ser conscientes que tenemos el control de la situación en nuestras manos antes de que el malestar se eternice y dé lugar a estrés, ansiedad, depresión… Es posible cambiar la perspectiva y esto es una elección nuestra, sobre la que evidentemente podremos apoyarnos de otras personas y de profesionales, pero siempre partiendo de la base de que el cambio comienza en uno mismo.

viernes, 10 de septiembre de 2021

Trabajar en RRHH exige ser un buen malabarista

Hace unos días me preguntaban cuál era mi opinión de trabajar en recursos humanos y qué fue lo que me motivó a decidirme por esta profesión. 

Si cuando opté, hace ya unos cuántos años, dedicarme al mundo de recursos humanos hubiera sabido que no únicamente consistía en hablar con personas para, desde un punto de vista psicológico, decidir si cumplían el mínimo requerido para ocupar un puesto de trabajo determinado, sino que la profesión iba a tener implicaciones de otras muchas facetas, todavía con más entusiasmo hubiera decidido dedicar mi vida profesional a ello. Con esto, afirmo ya desde un principio que no me equivoqué y que me alegro de haber tomado aquella decisión.

Con el paso de los años, y con la rapidez con la que todo cambia, he podido constatar que para dedicarse a recursos humanos se requieren ciertas dotes de malabarismo. No únicamente las emociones (que ya es mucho) juegan un papel fundamental en cualquier relación que el profesional tenga con un candidato o con su cliente interno, sino que hay muchísimos otros factores ajenos al departamento de recursos humanos que afectan directamente a las decisiones que se tengan que tomar.

Desde aquel 2004 que finalicé mis estudios universitarios y comencé a adentrarme en el apasionante mundo de los recursos humanos, la tecnología ha avanzado muchísimo (las entrevistas a distancia casi eran inexistentes y cuando se hacían era por Messenger o Skype. WhatsApp, por supuesto, no existía y sólo podíamos enviar SMS a los candidatos), las leyes y la jurisdicción laboral se han modificado continuamente, especialmente con cada cambio de gobierno (el registro de jornada no era obligatorio, la paternidad era de 4 días y no de 12 semanas como ahora,…), la sociedad también ha cambiado, los valores de las nuevas generaciones tan distintos a los de generaciones anteriores, la economía que ha sufrido por lo menos un par de crisis importantes, la pandemia que ha trastocado prácticamente todas nuestras rutinas, el cambio climático que también influye en las políticas y normativas empresariales… y podríamos continuar con un sinfín de circunstancias ajenas a ese momento de despacho en el que un entrevistador y una entrevistado dialogan tratando de llegar a un punto de entendimiento para lograr firmar un contrato de trabajo.

El departamento de recursos humanos debe saber lidiar con todas estas circunstancias ajenas y sus constantes cambios para intentar siempre mantener una estabilidad y comodidad de los empleados en su lugar de trabajo. Esto supone verdaderamente un gran reto cada día, pues cualquier cambio en estas áreas de la vida afectan directamente a la empresa y, por consiguiente, a las personas que en ellas trabajan. Un cambio tecnológico, que seguramente nos lleve a una mejora en eficiencia y eficacia, tiene que pasar por una gestión de quejas de algunos empleados que por falta de habilidades informáticas, miedos o simplemente desidia no van a poner el camino fácil. Lo mismo ocurrirá cuando exista un cambio en la ley, el cual probablemente provoque que haya empleados que pongan reticencias hasta lograr entender que las leyes y las normas están para atajarlas sin que puedan aplicarse a la carta. Una crisis económica seguramente haga que los beneficios se vean congelados temporalmente, del mismo modo que las revisiones salariales, hecho que también causará controversia entre la empresa y aquellos que no saben ver más allá de las cuatro paredes de su lugar de trabajo. Las normativas internas que las empresas deben seguir para resguardarse del Covid, para intentar no perjudicar tanto el medio ambiente, para adaptarse mejor a las demandas de los clientes,… también serán motivo de disconformidad para algún colectivo.

Estas reticencias, quejas, disconformidades… al final acaban afectando al estado emocional de la persona, a su motivación, al desempeño, contagiando fácilmente a quienes tiene al lado. Y esto, aunque parezca que no, es todo materia de recursos humanos, departamento donde suelen recaer todos estos problemas como jarro de agua fría para, a partir de ahí, poder ir gestionando las tensiones iniciales y reconvirtiéndolas en positivismo, a veces desde el propio departamento y, otras, con la ayuda de otros departamentos corporativos.

Al ser yo una persona activa, que no me gusta la rutina, creo que doy respuesta a esa pregunta que me hicieron hace unos días. Recursos Humanos es un mundo apasionante porque uno nunca llega a aburrirse, porque no existen rutinas estables y porque siempre va a haber novedades que trastoquen tus planificaciones. Si, además, esto casa con tu forma de ser, te verás gratamente compensando cuando eches la mirada atrás y compruebes que has sido capaz de calmar las aguas turbulentas y seguirás expectante por cuándo llegarán las siguientes, siempre con el objetivo último de cuidar a las personas que forman parte de la organización para la que trabajes.

miércoles, 28 de abril de 2021

La gestión emocional del tiempo

Vivimos en un mundo acelerado en el cual siempre vamos con prisas, impaciencias y exigencias externas y propias. El “aquí y ahora” no sólo es un dicho que sirva para definir un momento bien aprovechado en el presente, por ejemplo cuando estamos viajando, sino que también nos sirve para definir la exigencia a la que como sociedad nos estamos acostumbrando. Voy a comprar algo y lo quiero “aquí y ahora”, no puedo esperar a que me lo pidan y venir a recogerlo otro día, así que voy a otro lugar o decido comprarlo por Amazon que será más rápido; estoy esperando la respuesta a un email y la necesito “aquí y ahora”, si no tendré que descolgar el teléfono para solicitar la contestación directamente… y así, nos estamos habituando a vivir, en una sociedad altamente consumista que, además, nos consume a nosotros mismos.

Estar a un lado o al otro de esta exigencia hace que cada día se nos presente como una nueva carrera de fondo, en la que la velocidad juega un papel muy importante, porque así nos lo piden nuestros clientes, nuestros proveedores, nuestra familia, amigos e incluso nosotros mismos. Pero además de la velocidad, debemos ser capaces de tener una alta resistencia para poder soportar como mínimo las 12 horas de actividad que nos esperan por delante. Y, por supuesto, tenemos que acertar lo máximo posible e intentar que todo salga bien, evitando cualquier error que nos haga perder tiempo y gastar más energía, mermando tanto la velocidad como la resistencia con la que hemos empezado la jornada. Como vemos, esto se convierte normalmente en un ciclo en el que al final quienes salimos perdiendo somos nosotros mismos. El estrés por no llegar a todos lados, la frustración por no cumplir las expectativas, la falta de reconocimiento y recompensa por las tareas bien hechas… provocan insomnio, alteraciones emocionales, problemas psicosociales… de los que a veces nos damos cuenta demasiado tarde.

Para añadir un último ingrediente a todo este cóctel atómico, además… ¡queremos ser felices! Y como os podéis imaginar, un cóctel en el que se mezclan carrera de fondo, estrés, frustración, cambio emocional y la búsqueda constante de la felicidad, es prácticamente una combinación y una misión imposible.

Cuando esto ya ha llegado a un punto fuera de nuestro alcance, todo puede volverse frustrante y entramos en ese momento en el que se nos aparecen dos vocecitas, una junto a un oído que nos dice “Stop” y otra junto al otro oído que nos dice “Continúa, no les falles”. Ésta, la que quiere quedar bien con todo el mundo, y la otra, la que piensa más en nosotros mismos por encima de los demás. Y, en este caso, ni una ni otra tiene más o menos razón, ni una ni otra busca hacernos mal, sino todo lo contrario, ambas tratan de ayudarnos a su manera. Lo ideal, en estos casos, será hacer caso de ambas y ser capaces de buscar el equilibrio entre sus mensajes, evitando el consumo excesivo de energía y consiguiendo llegar a una posible solución de todo este caos: saber determinar qué tareas son prioritarias por encima de cuáles son urgentes será la clave, porque de urgentes seguramente van a ser la mayoría.

Abro un paréntesis para hacer una analogía con uno de mis hobbies en el ámbito deportivo que es correr. El running ha llegado a mi vida más tarde que pronto, porque antes yo era más acuático, pero al fin de cuentas, con cualquier deporte podríamos hacer un símil como el siguiente. He tenido la oportunidad, o mejor dicho la osadía, de correr algunas maratones, 42 kilómetros 195 metros desde que pisas la línea de salida hasta que consigues alcanzar la meta. En una maratón se necesita velocidad, aunque no es lo más importante a no ser que luches por ser parte de la élite, mucha resistencia y preparación, pero sobre todo mucha cabeza. Básicamente, porque llega un momento en esa carrera, concretamente entre los kilómetros 30 y 35, que para todos aquellos que os dedicáis a correr sabéis que se le llama “el muro”, en el que uno mismo construye una especie de muro mental al que muchos corredores no son capaces de vencer y deciden abandonar en ese punto la competición. Existe un motivo fisiológico que explica la existencia de este muro y se basa en que el cuerpo ha consumido durante la carrera toda la reserva de glucógeno y es más o menos el momento en el que empieza a buscar energía en la reserva de grasa, una reserva mucho menos eficaz para soportar un esfuerzo físico continuo. Este cambio del organismo coincide con un momento en el que mentalmente estás agotado y ambas cosas hacen que te vengas abajo, pero cuanto más preparado estés mentalmente para ese momento, cuanto más te hayas concienciado de que ese momento va a llegar, más fuerza mental vas a poner en marcha para sobrepasar ese tramo crítico y afrontar el resto de kilómetros con un nuevo chute de energía, llegando a culminar la carrera seguramente con una sonrisa.

Podemos ver cómo en esta realidad en la que vivimos tan parecida a una maratón diaria, debemos intentar priorizar lo realmente importante y tratar que las tareas no se conviertan siempre en urgencias y fuegos que apagar. Debemos aprender a ser asertivos y decir “no” y debemos aprender a perdonarnos si no conseguimos alcanzar algún objetivo. Es importante conseguir canalizar nuestra autoexigencia y dominarla, sin que ella consiga dominarnos a nosotros mismos, y sólo de esta manera seremos capaces de llegar a esa meta a la que antes llamaba felicidad, que al fin de cuentas es lo que todos más deseamos.

Muchas veces hemos escuchado que el exceso de análisis nos lleva a la parálisis y así es, algo totalmente extrapolable a una maratón y a un día cualquiera en los que nos vemos inmersos en una rutina de vértigo. Ya tenemos suficientes tareas como para añadir además la de analizar absolutamente todo, ¿no creéis?. Pensar demasiado en las situaciones en las que ya estamos inmersos, sólo nos va a llevar a una parálisis y a un desgaste de energía mental que va a repercutir en nuestra energía física, necesaria para continuar ejerciendo las tareas con garantías de éxito. Llegará un momento en el que el tiempo irá en nuestra contra y en el que una pelota de exigencias se irá convirtiendo poco a poco en una gran bola de prisas, urgencias, errores y frustraciones. Por ello, la importancia de planificar, de ser proactivos, de evitar analizar demasiado las cosas, perdiendo oportunidades y convirtiéndonos en personas tan perfeccionistas que acabemos errando constantemente. Es importante establecer plazos, tener clara cuál es la meta, pero no obsesionarse con ella, no pensar tanto en ese kilómetro 42, sino en pequeños logros como pueden ser los kilómetros 10, 21 y el salto del propio “muro”, tras el cual alcanzar con éxito la meta con una sonrisa ya será prácticamente un hecho.

martes, 20 de abril de 2021

Gente tóxica: saber convivir con ella tomando distancia

Hace un año se escuchaba que las personas estábamos cambiando, que nos habíamos vuelto más “humanos”, que el lado bueno de la gente había aflorado para quedarse,… y esto se explicaba como la gran noticia, en la que se difundía que, a partir de una pandemia, nos habíamos vuelto más solidarios, más empáticos y que habría más amor y más felicidad. 

Puede ser, y no lo niego, que en parte fuese verdad. Incluso lo hemos visto en televisión, en la calle, en los vecindarios y en los hospitales… pero esto es algo puntual y efímero, común a todas las catástrofes. Después de un ataque terrorista o de una catástrofe natural, por ejemplo, las personas hemos respondido y nos hemos vuelto realmente más sensibles, con emociones a flor de piel y con gestos realmente altruistas y empáticos. La gran diferencia con respecto a la situación actual es que estas catástrofes tienen un inicio y un fin más o menos corto en el tiempo y afectan a un lugar o a un colectivo muy concreto, mientras que la pandemia, además de ser mucho más mediática, afecta a todo un planeta y tiene una duración muchísimo más larga, por lo que estos gestos empáticos, altruistas y llenos de emociones que nos unen se ven multiplicados y son mucho más duraderos.

Con esta introducción que está a la orden del día, quiero hablar esta vez de un tema que se aborda en muchos seminarios y en muchos libros que es el de la Gente Tóxica. No nos engañemos, la gente tóxica siempre ha existido y seguirá haciéndolo por muchas pandemias o catástrofes que ocurran. Es inherente a la especie humana y, principalmente, es debido a que somos distintos unos de otros y no existen dos personalidades idénticas.

Una persona tóxica, según la definición más extremista, es una persona que no ha madurado emocionalmente, insegura, quizás egoísta, que necesita estar al lado de alguien (su víctima) para entablar una relación absorbente, la cual le va a permitir descargar esas frustraciones, convirtiendo a esa víctima en una especie de terapia particular y gratuita.

Quitando un poco de crueldad y diabolismo a esta definición, yo prefiero quedarme con que, en mayor o menor grado, todos llegamos a ser tóxicos para alguien, desde el momento en que consideramos a la gente tóxica como aquella con la que, después de haber estado cierto tiempo, nos llegamos a sentir estresados, nerviosos, frustrados, tristes… Para nosotros, esas personas tienen cierta toxicidad que nos hacen sentir así.

Si habéis leído libros o artículos que traten sobre la toxicidad de las personas, seguramente hayáis encontrado diferentes tipologías de personas tóxicas e incluso habréis sido capaces de ponerles nombre y apellido; razón por la cual es fácil entender que todos tenemos a nuestro alrededor personas tóxicas con las que convivimos en el día a día. A modo de resumen, los tipos más definidos son:

  • Gente autoritaria: que normalmente en la empresa coincide con la figura del jefe. Suelen ser personas inseguras y por eso incitan el miedo hacia los subordinados, jugando con sus necesidades para que no hagan locuras que puedan ir en su contra y poder así seguir conservando su puesto de trabajo.
  • Gente envidiosa: aquella que no es feliz porque siempre quieren lo que los demás tienen.
  • Gente pesimista: que siempre ven todo de manera negativa. Son a los que se les llama (y me encanta esta metáfora) “vampiros emocionales”, porque tienen esa habilidad de absorber todo el color que tienen quienes les rodean, transformando la realidad en un cuadro en blanco y negro.
  • Gente descalificadora: que disfruta menospreciando y desestabilizando emocionalmente a los demás. Primeramente son amigos o parecen serlo, pero después van a utilizar toda la información que tengan para desvalorizarte en el momento que ellos lo necesiten.
  • Gente neurótica: que suelen ser personas inseguras, muy perfeccionistas egoístas… y que acaban absorbiendo tu energía.
  • Gente manipuladora: que normalmente es más difícil de detectar porque parecen ser personas complacientes. Si les decimos las cosas sinceramente se pueden sentir atacadas y van a acabar dando la vuelta a la tortilla, de manera que te sientas tú culpable y acabes pidiéndoles perdón.
  • Gente sociopsicópata: es la personalidad tóxica más peligrosa, porque son personas impulsivas que no sienten remordimientos cuando hacen daño a los demás. Buscan alcanzar un objetivo sin importar a quien se lleven por el camino.

Pero también podríamos encontrar gente chantajista, narcisista, dependiente…

Y, sobre todo, nunca olvidemos, que cualquiera de nosotros podemos estar incluidos en uno o varios de estos tipos de personas tóxicas, dependiendo a quién preguntásemos.

¿Cuál o cuáles son nuestras armas para hacer frente a una persona tóxica?

Tenemos diferentes opciones, aunque la mejor sería la de huir, es decir, no mantener ningún tipo de relación con esa persona y apartarla de nuestro camino. Pero esto no siempre es posible, porque la persona tóxica puede estar en nuestra familia o puede ser un compañero de trabajo. En estos casos tenemos que intentar utilizar nuestra caja de herramientas de la inteligencia emocional. Lo más importante de todo y primero es tener claro quiénes son y en qué me afecta el tenerles a mi lado. A partir de ahí tenemos que hacer uso de la herramienta que mejor se adapte a esa situación y persona, por ejemplo la asertividad para no acceder a todas sus peticiones, pero sin ser contundentes en la negativa y acabar hiriéndoles, cosa que podría repercutir negativamente hacia nosotros tras verse atacados. Otra opción sería la de utilizar nuestra fuerza interior, partiendo de la base de que es mucho más fuerte de aquella fuerza que nos quiera imponer el elemento tóxico, por ejemplo, ante una persona pesimista, siempre podremos darle mucho más valor a nuestro positivismo, el cual neutralizará la negatividad que nos llega. Como se dice, 'cada maestrillo tiene su librillo', y al fin de cuentas lo importante es saber encontrar la mejor fórmula de entre nuestras posibilidades con el fin de alejarnos lo máximo posible de la toxicidad. Es de señalar en este punto que, independientemente de qué herramienta utilicemos, ante cualquier situación límite que nos podamos encontrar es necesario siempre denunciar.

Como decía antes, nosotros también podemos ser gente tóxica para otros sin saberlo. Cuando a una persona no la estamos haciendo sentir cómoda por la razón que sea, para esa persona somos gente tóxica y, con ello, quiero quitarle un poco de maldad a la persona tóxica por la razón de que a veces de manera inconsciente uno es tóxico sin saberlo. Mirándolo desde el punto de vista más pragmático, todos tenemos un poco de pesimismo, un poco de dependencia hacia otros, algo de narcisismo… y no pasa nada, lo problemático comienza cuando sobrepasamos ciertos límites.

En definitiva, que no nos vendan la película de que la gente se va a volver más buena, solidaria, altruista, empática y menos tóxica. Todos guardamos en nuestro interior estas cualidades (algunos más en el interior que otros) y todos somos capaces de sacar nuestro lado más amable y más humano ante situaciones que realmente lo requieren, pero esto no quiere decir que de la noche al día vamos a vivir en un mundo mejor.

martes, 30 de marzo de 2021

Cuando la felicidad está en ti y no eres capaz de verla

Recién estrenada la primavera quisiera dedicar este artículo a una de las emociones que más solemos relacionar con esta estación del año: la felicidad.

En realidad, la felicidad no es una emoción en sí, sino un estado compuesto por varias emociones, pero desatinadamente tendemos a hacer un efecto halo y generalizamos toda una secuencia de emociones, primando aquella o aquellas más positivas, razón por la cual solemos decir que una persona es o está feliz. Pero realmente una persona feliz también tiene emociones no tan positivas a lo largo del día y, aunque puedan ser efímeras, pueden llegar a invadirle puntualmente de tristeza, por ejemplo, al escuchar una noticia en televisión, de miedo, al no recibir respuesta a una llamada telefónica que realiza a su hijo, de rabia, al darse cuenta que se ha olvidado de felicitar por el cumpleaños a un amigo, etc… Las emociones, desde la más positiva hasta la más negativa, siguen existiendo prácticamente a diario en nuestro interior por muy predominante que pueda ser sólo una de ellas.

Lo mismo que ocurre con la salud, con la satisfacción y con el bienestar, la felicidad debería ser el estado natural del ser humano, porque lo antinatural realmente es la enfermedad, la insatisfacción, el malestar, la tristeza y el sufrimiento. Por ello, creo que es justo partir de la base de que todo el mundo es feliz y de que es la percepción que cada uno hace de esa felicidad la que realmente determina su estado emocional. Estas percepciones, muy diferentes entre personas, son las que a veces nos juegan malas pasadas, porque tendemos a darle mucha más importancia a todo lo negativo y acabamos eclipsando esa felicidad de la que podríamos estar gozando de manera más natural, sin perseguir constantemente la perfección.

Aunque debo reconocer que esto no es fácil y requiere de trabajo consciente, soy de los que opinan que siempre podemos ver el vaso medio lleno. El hecho de decidir si el vaso está medio lleno o está medio vacío es una opción, una decisión, y no una simple realidad.

Erróneamente, solemos creer que seremos felices cuando las cosas nos vayan bien, pero tampoco sabemos cuándo eso va a ser así y ni siquiera somos capaces de poner una fecha y una hora a la que las cosas nos vayan a ir bien. Y, aunque fuéramos capaces de ello, seríamos incapaces de saber si entre el momento actual y esa hora y esa fecha en la que nos hemos marcado, pudiera haber algún imprevisto que nos estropeara cualquier plan. Por eso es importante aprovechar cada momento presente y pensar que, si ahora estoy feliz, es el instante de disfrutarlo. Nuestro sistema de creencias tiene una gran errata que es la de pensar que la felicidad depende de circunstancias y de factores externos, los cuales ya por definición son difíciles o casi imposibles de poder predecir y controlar. En cambio, los factores internos, los que dependen solamente de nosotros, sí podemos moldearlos y acercarlos más a nuestros intereses. De ahí, vuelvo a lo que me estaba refiriendo más arriba, que pensamos que la felicidad llegará cuando las cosas empiecen a ir bien, pero en realidad deberíamos vivir en el pensamiento de que las cosas van a ir bien cuando aprendamos a ser felices por nosotros mismos y, para ello, es necesario un alto nivel de autoconocimiento y de desarrollo personal.

Para hacerlo un poco más gráfico, vamos a pensar que tenemos dos escenarios: un escenario de humo, de preocupación constante, en el que nos estamos preocupando constantemente de todo aquello que no depende directamente de nosotros, es decir, de factores externos; y un escenario de cemento, firme y estable, donde podemos pisar fuerte sin miedo, es decir, donde podremos decidir sobre todo aquello que tenemos a nuestro alcance, por ejemplo, cómo nos vemos a nosotros mismos, qué es lo que nos gusta, qué prioridad le damos a las cosas… Y es justamente en este escenario en el que nos tenemos que mover, porque este escenario es un escenario donde podremos hacer un uso de nuestra mente voluntario y consciente, que nos va a permitir gestionar nuestras propias emociones sin depender de lo que los otros o las circunstancias decidan.

Como decía Mahatma Gandhi, “Cuida tus pensamientos, porque se volverán palabras. Cuida tus palabras, porque se transformarán en acciones. Cuida tus acciones, porque se convertirán en hábitos. Cuida tus hábitos, porque forjarán tu carácter. Cuida tu carácter, porque determinará tu destino y tu destino será tu vida”, es decir, cuidemos nuestros pensamientos, porque en función de cómo los cuidemos vamos a vivir de una manera o vamos a vivir de otra. En definitiva, si de verdad queremos cambiar el mundo para que parezca y sea más feliz, empecemos por nosotros mismos.

jueves, 3 de diciembre de 2020

DICIEMBRE: Lo que el Chimpancé nos transmite con su Altruismo

Ya se palpa la Navidad, en las tiendas, en la tele, en las luces… pero ¿y en las casas?, ¿y en las empresas?, ¿y en la gente? Este año ha sido un año gris en todo el planeta y todos lo estamos pasando mal; por la cantidad de libertades que hemos perdido, por el miedo a perder nuestra salud y la de nuestros seres queridos, por la pérdida de alguien a quien queríamos, por el impacto económico que el Covid está teniendo en los negocios, por ver cómo las relaciones sociales se han ido mermando poco a poco… pero, aun así, donde sí sigue habiendo espíritu navideño es en las ganas de ayudar a los demás. Todos los años llegan estas fechas cargadas de acciones de caridad hacia los más necesitados, que por desgracia este año han aumentado en número. Muchas personas han perdido sus puestos de trabajo y, como consecuencia, ha aumentado el empobrecimiento social por todo el planeta a una velocidad casi en paralelo con la pandemia.

Nos toca dedicar este mes a esas personas que de manera anónima o no, pero que sí con una gran honestidad, ayudan a quienes lo necesitan. Hablamos del altruismo y lo animalizamos en un gran amigo del hombre que siempre tiene una sonrisa que ofrecer: el Chimpancé.


El chimpancé es un primate homínido con el que el ser humano comparte el 98% del genoma, dato que deriva de la evidencia científica de que tanto el chimpancé, el hombre y también el gorila compartieron hace millones de años un ancestro común. Posee una dieta principalmente vegetariana, aunque también se alimenta de insectos y pequeños vertebrados. Los machos llegan a pesar unos 80kg en cautiverio y a medir hasta 1.70m, mientras que las hembras apenas llegan a los 70kg. Se caracteriza por la envergadura de sus brazos, aproximadamente 1.5 veces su estatura, que le permiten balancearse pasando de rama en rama. Su cuerpo está cubierto por un pelaje de color marrón oscuro, con excepción del rostro, dedos, palmas de las manos y plantas de los pies. El periodo de gestación de los chimpancés es de 8 meses y las crías son destetadas aproximadamente a los 3 años, aunque son más los años que siguen manteniendo vínculo con su madre. La pubertad la alcanzan entorno a los 8-10 años y su esperanza de vida es de unos 50 años en cautiverio. En libertad, podemos encontrar chimpancés en las selvas tropicales y sabanas húmedas de África central y occidental, aunque debido a la desforestación se encuentran en peligro de extinción. El chimpancé vive en comunidades que oscilan entre los 20 y más de 150 miembros y donde el apareamiento es promiscuo. Desempeñan estrategias de caza que requieren de cooperación, siendo conscientes de su estatus social en todo momento. Son manipuladores, capaces de engañar y capaces de entender aspectos del lenguaje humano, incluso números, además de planear espontáneamente el futuro cercano. Aunque los investigadores todavía no han llegado a un mismo punto de opinión, diversos estudios concluyen que los chimpancés llegan a ser animales altruistas que realizan un sacrificio solidario por el bien del colectivo.

Independientemente del resultado de los estudios llevados a cabo con diferentes comunidades de chimpancés, ocurre algo que también ocurre en nuestra especie y es lo que se denomina contagio emocional. Las emociones son más poderosas de lo que podemos llegar a imaginar y son capaces de contagiarnos negativa y positivamente unos a otros de manera prácticamente inconsciente. Existen unas neuronas, llamadas espejo, que son las responsables de este contagio, pero esto sería otro tema sobre el que hablar y al que bien podríamos dedicar un artículo entero.

Este contagio emocional es el que permite que afloren ciertas conductas entre las personas cuando, a partir de un impulsor que inicia cierta acción, comienzan a unirse a la causa los diferentes observadores. Llevando esta afirmación al terreno que hoy nos ocupa, vemos cómo ciertas acciones que pueden pasarnos desapercibidas a lo largo del año, a pesar de que existen, se multiplican durante estas fechas por el simple hecho de ser conocedores de ellas, por ejemplo, bancos de alimentos, donaciones a fundaciones sin ánimo de lucro, recaudación en programas televisivos, colaboración en la entrega de regalos en hospitales infantiles, etc…

El altruismo existe, lo tenemos en nuestro ADN, pero en ocasiones se mantiene latente debido principalmente a la falta de visión global, a ese no acabar de abrir los ojos o hacerlo mirando mucho nuestro propio ombligo. Tenemos la suficiente inteligencia para abrir nuestro campo de visión, para darnos cuenta que alrededor nuestro hay personas que no tienen la misma suerte que podemos tener nosotros y que más allá de este alrededor, la historia se repite una y otra vez.

Para muchos la Navidad es compras, es reunión familiar, es viajar, son luces, son vacaciones,… para otros es hipocresía, tristeza, gasto innecesario… pero lo que sí está claro es que durante esta época algo pasa, algo hace encender la llama de la bondad en las personas, convirtiendo, aunque sea durante apenas un mes, este mundo en un mundo mejor.

NOS GANAMOS LA VIDA CON LO QUE RECIBIMOS, PERO HACEMOS LA VIDA CON LO QUE DAMOS (John Maxwell)

Por eso, volviendo a las preguntas con las que comenzaba este artículo, aunque este año no todos estemos para pensar mucho en Fiestas, sí que la situación que estamos viviendo nos ayuda a reflexionar un poco más acerca de la suerte que todos tenemos de estar todavía hoy aquí y, que por muy mal que hayamos pasado algunos momentos de este 2020, la vida continúa y no queda otra que seguir con nuestra mejor cara, con nuestra mejor sonrisa, con todo el positivismo y energía que podamos desprender y que van a hacer que esa neuronas espejo de las que no he querido hablar demasiado comiencen a hacer su función a gran velocidad y a gran escala.

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lunes, 3 de agosto de 2020

AGOSTO: Lo que el Capibara nos hace reflexionar con su ejemplo de Tolerancia en el reino animal

Por desgracia siempre ha estado entre nosotros, y en pleno s.XXI, a pesar de las catástrofes que nos vienen por todos lados (naturales y climáticas, sanitarias, económicas, bélicas…), el ser humano sigue siendo incapaz de erradicar el verdadero dardo envenedado de la intolerancia. Y, aunque sobre ella voy a debatir y reflexionar durante este mes de agosto que estamos iniciando, no lo voy a hacer desde la connotación negativa; por ello, la temática del mes será la de la tolerancia.

Para seguir con la analogía animal que durante este año dedico en este blog a cada tema, para hablar de la tolerancia quiero que aprendamos hoy del que se dice es el ser más tolerante del reino animal: el Capibara.


El capibara, que recibe otros nombres según el país donde habita, es el roedor de mayor tamaño que existe en nuestro planeta. Vive en los bosques y sabanas tropicales hasta casi los 2.000 metros sobre el nivel del mar. Tiene una cabeza pequeña en comparación con su cuerpo macizo y pesado, que puede llegar a los 65kg. Su pelaje es cobrizo y sus patas cortas, con cuatro dedos las anteriores y tres las posteriores. Habita normalmente en Sudamérica, en las cuencas del río Orinoco, del Amazonas y del Río de la Plata, desde el este de Venezuela y la Guayana hasta Uruguay, Paraguay y el norte de Argentina. Los capibaras son animales prácticamente crepusculares, que pasan la mayor parte del calor del día en agujeros en el barro o dentro de las aguas, pudiendo estar sumergidos hasta 5 minutos. Viven en grupos, constituidos por la pareja y las crías, aunque también pueden convivir con otros adultos y formar grupos de entre 6 y 20 ejemplares, liderados por un macho dominante que suele ocupar esta posición durante varios años. Se alimentan principalmente de hierbas y plantas acuáticas, y como otros roedores practican la coprofagia o ingestión ocasional de sus propios excrementos, de los que obtienen nutrientes. Las hembras suelen reproducirse una vez al año y tienden a tener entre 2 y 8 crías. Su esperanza de vida ronda los 8-10 años. Sus principales depredadores son los pumas, jaguares, anacondas y caimanes. El hombre los caza por su piel y su carne y, en algunos casos, pueden ser cazados para domesticarlos y utilizarlos como animales de compañía.

Ciertamente, no existe ningún estudio científico que corrobore que los capibaras se lleven bien con todos los animales; de hecho es muy probable que ante sus depredadores naturales prefieran no probar suerte en términos de amistad. Pero sí es cierto que en internet y en las redes sociales, estos animales han adquirido la fama de ser los animales más sociables y los que mejor se llevan con otras especies. Podemos encontrar numerosas fotos que así lo demuestran.


Lo importante no es discutir si son o no los más sociables, sino que el quid de la cuestión, y en lo que se centra la temática de este post, es reflexionar sobre la tolerancia. Las personas podemos ser y somos muy diferentes en cualquier aspecto sobre el que paremos nuestra atención y, ahí está la magia de la diversidad, de los valores humanos, del respeto, de la capacidad de convivencia más allá de las creencias, razas, orientaciones sexuales, clases sociales… Una magia que, desgraciadamente, aún no ha aflorado como debiera en gran parte de nuestra sociedad. Durante los últimos años, el mundo ha sido testigo de terribles ataques terroristas motivados por ideologías políticas y religiosas que chocan entre sí; apenas hace dos meses, en mayo, en plena pandemia del Covid-19, el mundo se echaba a la calle para protestar por el asesinato racista por parte de un policía de George Floyd en Mineápolis; hace una semana la prensa se hacía eco de un caso de homofobia en un hospital de Buenos Aires, en el que se rechazaba la sangre de un donante por ser homosexual; y estos son sólo algunos ejemplos de la falta de tolerancia que habita como uno más entre nosotros. Una verdadera pandemia a la que se podía poner remedio con la unidad y con el foco en una solución global, pero a la que los países, los gobiernos y, en definitiva, a muchas personas no parece importarnos demasiado mientras no nos toque de cerca.

La tolerancia, definida como la “actitud de quien respeta las opiniones, ideas o actitudes de las demás personas aunque no coincidan con las propias” debería ser la asignatura más importante durante toda la educación escolar en cualquier lugar del mundo. Es cierto que muchas familias educan a sus hijos bajo el valor de la tolerancia, lo veo, se ve, se palpa en generaciones más jóvenes, pero no es suficiente. La tolerancia debiera ser cosa de todos: de la escuela, de la familia, de los políticos, de los líderes religiosos, de los influencers… sólo así, unidos, encontraríamos la vacuna para minimizar los efectos de una pandemia que lleva generación tras generación contagiándonos y a la que mínimos esfuerzos se le ha dedicado.

La tolerancia debiera empezar por reforzar muchos otros aspectos de la inteligencia emocional, como son la escucha activa, la empatía, la humildad… porque sólo así, escuchando y entendiendo el porqué de los demás (de los que en un principio parecen nuestros rivales, nuestros enemigos, "los diferentes"), poniéndonos después en el lugar de ellos para quizás lograr comprenderles, siendo capaces de ver que el poder nos corrompe y nos hace infelices y que la vida es mucho más que todo eso, mucho más fácil de lo que nosotros la hacemos… sólo así, lograremos ser más tolerantes y lograremos ser más fuertes para afrontar otros temas de importancia vital que escapan de nuestras manos, como son esas crisis naturales y sanitarias a las que al principio hacía referencia.

EN LA PRÁCTICA DE LA TOLERANCIA, NUESTRO ENEMIGO ES NUESTRO MEJOR MAESTRO (Dalai Lama)

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