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viernes, 28 de abril de 2023

"La vaca, el pajarito y el gato": una fábula con triple moraleja

Soy de esos que cuando no tiene sueño y se acuesta en la cama esperando a que la ovejita empiece a balar, voy navegando por las redes sociales y pasando de una publicación que te lleva a otra y así sucesivamente, hasta que siento que el móvil está a punto de estamparse contra mi cara; ¡¡momento de dormir!!

Anoche, siguiendo esta dinámica, pude leer una graciosa fábula que me lleva a escribir la reflexión de hoy. En realidad, esta fábula no tiene detrás solamente una, sino hasta 3 moralejas diferentes y me sentí identificado por lo vivido y por lo visto en los más de 20 años de experiencia profesional que acarreo ya a mis espaladas.

La fábula decía así:

"Un pajarito estaba volando hacia el sur para huir del invierno. Pero hacía tanto frío que se congeló y cayó en medio de un prado. Mientras estaba tendido en la hierba llegó una vaca que se le cagó encima. El pajarito se quedó hundido en la mierda de la vaca, pero pronto se dio cuenta de que era muy cálida. ¡Lo estaba calentando! Se quedó allí dentro, tumbado y feliz, y empezó a silbar de felicidad. Un gato que pasaba por allí lo oyó y se acercó a investigar. Siguiendo los silbidos, encontró al pajarito enterrado, lo sacó de allí dentro y se lo comió"

Tenemos la mala costumbre de creernos lo que otros nos cuentan sobre un tercero sin darle la oportunidad de conocerle. Confiamos muy rápido en unos sin apenas conocerles y, a la vez, desconfiamos mucho de otros cuando hemos escuchado críticas sobre ellos. Nos encanta prejuzgar por lo que dicen, hacen o nos cuentan de los demás… Y está demostrado que la mayoría de las veces metemos la pata hasta el fondo, porque de quien confiamos (el gato), nos acabamos llevando la gran sorpresa; de quien fuimos críticos y pensamos que fueron malas personas (la vaca), nos acabamos dando cuenta que tampoco lo fueron tanto y lo hicieron por nuestro bien o como mínimo sin toda la maldad que presupusimos; y porque no sopesamos las consecuencias de nuestros propios actos (el silbido del pajarito) y en vez de pensar dos veces lo que tenemos que decir, la impulsividad nos puede y acabamos perdiendo, por no haber sido lo suficientemente proactivos y habernos adelantado a lo que se nos podría venir encima, en vez de pensar sólo en el aquí y el ahora.


Esta fábula viene a resumir de manera simpática, a la vez que escatológica, estas realidades de las que muchas veces hemos sido parte involucrada y de las que muchas otras hemos sido meros observadores.

Antes de exponer las tres moralejas que se desprenden, trato de dar 3 consejos:

  • Intenta valorar las críticas que te hagan siempre de manera constructiva y no ponerte directamente a la defensiva. A veces sólo hay que hacer un pequeño esfuerzo de empatía y escucha activa para darse cuenta de que lo que otros te dicen es para ayudarte y no para atacarte ni hundirte. Ni el malo es tan malo...
  • Trata de conocer a la persona antes de prejuzgar y dejarte contaminar por comentarios que sobre ella puedas escuchar. Después, ya serás tú mismo quien valore si merece la pena seguir la relación o si, por el contrario, lo que te dijeron era totalmente cierto. Acuérdate que de gente tóxica y de la que mal meten contra otros están las empresas llenas y, a veces, nos fiamos más de estos que son quienes nos acaban dando la patada. ...ni el bueno tan bueno.


  • Procura poner en práctica técnicas como la meditación para calmarte y tratar de no ser impulsivo y visceral, pues muchas veces se pierde la razón por la boca y una situación que podría haber quedado en anecdótica o algo delicada, se convierte en un desastre difícil de reparar después. Quien mucho habla, mucho yerra.

Y ahora sí, sobre estos tres consejos, las 3 moralejas de la fábula:

1.    No todo aquel que te tira mierda encima es tu enemigo.

2.    No todo aquel que te saca de la mierda es tu amigo.

3.    Y si estás de mierda hasta el cuello, mantén el pico cerrado.



lunes, 3 de agosto de 2020

AGOSTO: Lo que el Capibara nos hace reflexionar con su ejemplo de Tolerancia en el reino animal

Por desgracia siempre ha estado entre nosotros, y en pleno s.XXI, a pesar de las catástrofes que nos vienen por todos lados (naturales y climáticas, sanitarias, económicas, bélicas…), el ser humano sigue siendo incapaz de erradicar el verdadero dardo envenedado de la intolerancia. Y, aunque sobre ella voy a debatir y reflexionar durante este mes de agosto que estamos iniciando, no lo voy a hacer desde la connotación negativa; por ello, la temática del mes será la de la tolerancia.

Para seguir con la analogía animal que durante este año dedico en este blog a cada tema, para hablar de la tolerancia quiero que aprendamos hoy del que se dice es el ser más tolerante del reino animal: el Capibara.


El capibara, que recibe otros nombres según el país donde habita, es el roedor de mayor tamaño que existe en nuestro planeta. Vive en los bosques y sabanas tropicales hasta casi los 2.000 metros sobre el nivel del mar. Tiene una cabeza pequeña en comparación con su cuerpo macizo y pesado, que puede llegar a los 65kg. Su pelaje es cobrizo y sus patas cortas, con cuatro dedos las anteriores y tres las posteriores. Habita normalmente en Sudamérica, en las cuencas del río Orinoco, del Amazonas y del Río de la Plata, desde el este de Venezuela y la Guayana hasta Uruguay, Paraguay y el norte de Argentina. Los capibaras son animales prácticamente crepusculares, que pasan la mayor parte del calor del día en agujeros en el barro o dentro de las aguas, pudiendo estar sumergidos hasta 5 minutos. Viven en grupos, constituidos por la pareja y las crías, aunque también pueden convivir con otros adultos y formar grupos de entre 6 y 20 ejemplares, liderados por un macho dominante que suele ocupar esta posición durante varios años. Se alimentan principalmente de hierbas y plantas acuáticas, y como otros roedores practican la coprofagia o ingestión ocasional de sus propios excrementos, de los que obtienen nutrientes. Las hembras suelen reproducirse una vez al año y tienden a tener entre 2 y 8 crías. Su esperanza de vida ronda los 8-10 años. Sus principales depredadores son los pumas, jaguares, anacondas y caimanes. El hombre los caza por su piel y su carne y, en algunos casos, pueden ser cazados para domesticarlos y utilizarlos como animales de compañía.

Ciertamente, no existe ningún estudio científico que corrobore que los capibaras se lleven bien con todos los animales; de hecho es muy probable que ante sus depredadores naturales prefieran no probar suerte en términos de amistad. Pero sí es cierto que en internet y en las redes sociales, estos animales han adquirido la fama de ser los animales más sociables y los que mejor se llevan con otras especies. Podemos encontrar numerosas fotos que así lo demuestran.


Lo importante no es discutir si son o no los más sociables, sino que el quid de la cuestión, y en lo que se centra la temática de este post, es reflexionar sobre la tolerancia. Las personas podemos ser y somos muy diferentes en cualquier aspecto sobre el que paremos nuestra atención y, ahí está la magia de la diversidad, de los valores humanos, del respeto, de la capacidad de convivencia más allá de las creencias, razas, orientaciones sexuales, clases sociales… Una magia que, desgraciadamente, aún no ha aflorado como debiera en gran parte de nuestra sociedad. Durante los últimos años, el mundo ha sido testigo de terribles ataques terroristas motivados por ideologías políticas y religiosas que chocan entre sí; apenas hace dos meses, en mayo, en plena pandemia del Covid-19, el mundo se echaba a la calle para protestar por el asesinato racista por parte de un policía de George Floyd en Mineápolis; hace una semana la prensa se hacía eco de un caso de homofobia en un hospital de Buenos Aires, en el que se rechazaba la sangre de un donante por ser homosexual; y estos son sólo algunos ejemplos de la falta de tolerancia que habita como uno más entre nosotros. Una verdadera pandemia a la que se podía poner remedio con la unidad y con el foco en una solución global, pero a la que los países, los gobiernos y, en definitiva, a muchas personas no parece importarnos demasiado mientras no nos toque de cerca.

La tolerancia, definida como la “actitud de quien respeta las opiniones, ideas o actitudes de las demás personas aunque no coincidan con las propias” debería ser la asignatura más importante durante toda la educación escolar en cualquier lugar del mundo. Es cierto que muchas familias educan a sus hijos bajo el valor de la tolerancia, lo veo, se ve, se palpa en generaciones más jóvenes, pero no es suficiente. La tolerancia debiera ser cosa de todos: de la escuela, de la familia, de los políticos, de los líderes religiosos, de los influencers… sólo así, unidos, encontraríamos la vacuna para minimizar los efectos de una pandemia que lleva generación tras generación contagiándonos y a la que mínimos esfuerzos se le ha dedicado.

La tolerancia debiera empezar por reforzar muchos otros aspectos de la inteligencia emocional, como son la escucha activa, la empatía, la humildad… porque sólo así, escuchando y entendiendo el porqué de los demás (de los que en un principio parecen nuestros rivales, nuestros enemigos, "los diferentes"), poniéndonos después en el lugar de ellos para quizás lograr comprenderles, siendo capaces de ver que el poder nos corrompe y nos hace infelices y que la vida es mucho más que todo eso, mucho más fácil de lo que nosotros la hacemos… sólo así, lograremos ser más tolerantes y lograremos ser más fuertes para afrontar otros temas de importancia vital que escapan de nuestras manos, como son esas crisis naturales y sanitarias a las que al principio hacía referencia.

EN LA PRÁCTICA DE LA TOLERANCIA, NUESTRO ENEMIGO ES NUESTRO MEJOR MAESTRO (Dalai Lama)

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lunes, 3 de febrero de 2020

FEBRERO: Lo que el Tiburón Ballena nos permite reflexionar sobre los Prejuicios

Inconscientemente, los seres humanos tenemos la mala costumbre de prejuiciar sin conocer previamente aquello sobre lo que estamos opinando. Se trata de un defecto de fábrica que traemos las personas, pero no por ello dejaremos que esta avería actúe a sus anchas y destroce muchos momentos o situaciones que podrían ser muy positivas. Este mes, como cabe esperar, vamos hablar de los prejuicios y vamos a aprender con el tiburón ballena.

El Tiburón ballena es el pez de mayor tamaño que existe (recordemos que la ballena no es un pez, sino un mamífero). Puede medir 12 metros y pesar hasta 20 toneladas. Su boca, de aproximadamente un metro y medio de diámetro, deja ver más de 300 filas con unos 27.000 dientes aproximadamente. Se caracteriza por tener un patrón formado por puntos y rayas blancas sobre un fondo gris oscuro, aunque su vientre es totalmente blanco. Los tiburones ballena son animales ovovivíparos, que alcanzan la madurez hacia los 30 años y pueden vivir hasta 100. Habitan normalmente en aguas tropicales del Atlántico, Pacífico e Índico y pueden nadar hasta 20.000km al año a 1.800m de profundidad. Se alimentan de plancton y peces pequeños, sin representar ninguna amenaza para los humanos. De hecho son peces amistosos junto a los cuales buceadores y submarinistas pueden bucear sin mayor problema. 


He querido poner esta vez el ejemplo del tiburón ballena, pues simplemente con el hecho de escuchar su nombre, nuestro cerebro e instinto de supervivencia empieza a activar el miedo. Imaginemos que en vez de escuchar su nombre, nos los cruzásemos mientras paseamos con una pequeña embarcación junto a playas filipinas o, imaginemos un poco más, si nos lo cruzásemos mientras buceamos tranquilamente durante una excursión en una isla hondureña. Sin duda, nuestros prejuicios hacia el tiburón ballena, primero por su nombre, segundo por su tamaño y tercero, quizás, por su enorme mandíbula, son de entrada negativos como si de la peor fiera se tratase. Sin embargo, como hemos leído, estos grandes peces suelen ser cariñosos y juguetones con los buzos, sin nada que ver con el peligro que podrían suponer animales más pequeños como algunas especies de pulpos, erizos o incluso estrellas de mar, cuyo veneno podría ser mortal.


Un prejuicio es la formación de un concepto o juicio negativo sobre una cosa o persona de forma anticipada y, generalmente, sin estar basado en la experiencia, que acaba provocando rechazo y discriminación hacia esas cosas o personas. Los prejuicios inconscientes condicionan nuestras conductas y decisiones. Son esa avería que nos viene impuesta de fábrica, pero que como cualquier avería podremos arreglar o, al menos, parchear. Para ello, necesitamos romper el esquema de nuestras creencias utilizando diferentes fuentes de información y, en muchos casos, afrontando el prejuicio y comprobando la auténtica realidad, seguramente muy alejada de la realidad imaginada.

Es probable, que si finalmente nos decidiéramos a aventurarnos en una de esas inmersiones marinas para bucear junto a los tiburones ballena, después, al volver a nuestras casas sería el mejor recuerdo de todo el viaje. Explicaríamos a nuestras familias y amigos qué fantástica aventura el haber conocido de cerca el temido pez, que muy probablemente se habrá acabado convirtiendo ipso facto en uno de nuestros animales favoritos, cuando antes ni siquiera lo habíamos tenido en consideración.

Lo mismo, con lugares, personas y situaciones. Estamos hartos de prejuzgar, me atrevo a decir diariamente, a las personas por el cómo visten, por una frase que hayan podido decir, por el cómo piensan o por el dónde viven. Del mismo modo, prejuzgamos lugares por noticias que vemos de manera aislada en televisión, por películas contextualizadas en esos lugares, por acontecimientos que hayan podido ocurrir allí o, simplemente, por encontrarse en las zonas calificadas como subdesarrolladas.

¡TRISTE ÉPOCA LA NUESTRA! ES MÁS FÁCIL DESINTEGRAR UN ÁTOMO QUE UN PREJUICIO (Albert Einstein)

Hacer un esfuerzo, insisto, en extraer más información (escucha u observación activa, por ejemplo), tantear nuestros prejuicios (acercándonos y verificando si estamos en lo cierto o no), o incluso aventurándonos a explorar esos lugares y esas personas, es la manera más eficaz de romper esos esquemas cognitivos preestablecidos de manera casi inconsciente, que no nos permiten dar oportunidades y, por consiguiente, nos llevan a perdernos experiencias que podrían ser muy positivas en nuestras vidas.

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lunes, 5 de noviembre de 2018

NOVIEMBRE: La tolerancia vista en el caso de Christiania, un barrio independiente en el corazón de Dinamarca


Si nos ponemos a pensar en países que suelen estar en el top 10 de la mayoría de tópicos positivos como son la situación economía, la felicidad y el bienestar de los ciudadanos, el sistema educativo y sanitario, los buenos hábitos de vida saludable, los menores índices de corrupción… siempre nos encontramos con que Dinamarca está entre ellos. País que acabo de visitar por primera vez apenas hace unos días y que constituye el marco donde reflexionaré sobre el tema de este mes: la tolerancia.
Antes, conozcamos un poco del país que en su tiempo tuvo el poder de toda Escandinavia. El Reino de Dinamarca es el país más meridional de los países nórdicos con una superficie de 43.094km2 y una población que no alcanza los 6 millones de habitantes, siendo su capital, Copenhague, la ciudad más poblada. Aunque se piensa que estuvo habitada hace unos 120.000 años, los restos arqueológicos más antiguos que se han encontrado datan del 12.500 a.C. Hasta la llegada del cristianismo, Dinamarca estuvo ocupada por los vikingos (siglos VIII-XI), periodo en el que tuvo un gran poder llegando a conquistar incluso Inglaterra. Durante los siglos siguientes, las relaciones entre los reyes y la Iglesia fueron conflictivas, hasta que en el s.XIV la reina Margarita I contrajo matrimonio con Haakon VI de Noruega en un intento de unir los dos reinos y Suecia. Durante el reinado de la monarca, las actuales Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia, Islandia, Groenlandia y las Islas Feroes estuvieron unidas en lo que se conocía como la Unión de Kalmar, que estuvo vigente hasta el siglo XVI. A partir de ahí, numerosas derrotas danesas, principalmente durante la época napoleónica, fueron quitando el ostentoso poder territorial de Dinamarca, convirtiéndola en la actualidad en el más pequeño de los países nórdicos.

En este reciente viaje a Dinamarca he visitado algunas poblaciones de la isla de Selandia como son Helsingør, Hillerød y la propia Copenhague. Por todos es sabido que la famosa estatua de la Sirenita de Copenhague es la atracción más famosa y visitada de la ciudad, pero personalmente lo que más me llamó la atención fue la segunda atracción más visitada y quizás menos conocida hasta que investigas un poco más a fondo. Se trata de llamada ciudad libre de Christiania. 


Aquí todavía en la Unión Europea y en Dinamarca,
a punto de cruzar la puerta de acceso a Christiania
Este barrio, en pleno centro de Copenhague, ocupa un antiguo terreno militar de 34 hectáreas. Con total impunidad, pero de manera ordenada, este barrio “independiente” tiene sus propias leyes desde 1971. Actualmente, viven ahí unas 1000 personas que se autogobiernan, se autoabastecen y no pagan impuestos. No se consideran daneses y ni siquiera miembros de la Unión Europea. En Christiania todo lo que comen lo cultivan ellos, tienen su propia cerveza, se generan su propia energía y la venta y consumo de drogas blandas está a la orden del día y a la vista del turista que pasea por sus calles y cuya única norma de acceso es no sacar la cámara de fotos (excepto en los lugares donde se indique lo contrario).


Izquierda arriba: una de las calles de Christiania.
Izquierda abajo: cartel de salida de Christiania, donde indica que vuelves a entrar de nuevo a la Unión Europea
Derecha: una de las fachadas de los barracones de Christiania

Y la pregunta que todos nos hacemos, ¿cómo un país tan ejemplar como Dinamarca consiente tener en pleno corazón de su capital una ciudad sin ley?. Pues gustará más o menos al gobierno danés, pero aquí tenemos un claro ejemplo de la tolerancia, un valor que se define como la consideración o respeto hacia las opiniones o prácticas de los demás, aunque sean diferentes a las nuestras, obviamente siempre que no causen un perjuicio al bienestar personal. En este caso, es evidente que los daneses no deben ver muy perjudicial la existencia de Christiania, si ésta ya va camino de cumplir los 50 años.

La tolerancia es un valor que tanto en el mundo personal como en el ámbito profesional tenemos que trabajar para evitar, primero, malestar interno y personal y para potenciar, después, el buen clima con aquellos que nos rodean y con los que compartimos momentos y proyectos.

Igual con la familia o los vecinos, los compañeros de trabajo no se eligen (a no ser que seas el Director General de la compañía). Simplemente, te ha tocado compartir con ellos tu espacio, tu tiempo y muchas situaciones en las que la unión del grupo/equipo va a ser necesaria y determinante para afrontar problemas y retos. ¿Qué mejor manera que la de hacerlo bajo el paraguas de este gran valor al que se le llama tolerancia?

Sólo trabajando internamente este valor e inculcándolo a quienes nos tienen como referente, conseguiremos una sociedad más íntegra y fácil, un trabajo más colaborativo, coordinado, productivo y con unos proyectos elaborados de la manera más eficiente. En definitiva, un mundo mejor, más colorido, donde todos los colores, formas y estilos puedan tener cabida.
Uno de los pocos espacios donde está permitido sacar la cámara de fotos

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viernes, 11 de mayo de 2018

MAYO: Colombia me demuestra que los prejuicios distorsionan la realidad



El mes pasado hice un viaje de esos que podemos decir se organizan de manera casi improvisada y a un destino que, seguramente, no hubiese escogido como primera opción. Lo de la improvisación es lo de menos para esta entrada que enmarcará este mes de Mayo en “Nosotros: las personas”. En cambio, lo de “seguramente no hubiera sido la primera opción” tiene más importancia si os digo que esta vez quiero hablaros de los prejuicios.

Pero antes, os doy cuatro pinceladas de Colombia, una república situada en América del Sur y cuya capital es Bogotá. Con una superficie superior al millón de km2 y una población alrededor de los 49 millones de habitantes, Colombia se ha caracterizado durante el siglo pasado y hasta no hace mucho por su inestabilidad política, que le ha llevado a tener varias guerras civiles. Desde la década de 1960 el conflicto interno entre el Estado contra diversos actores armados (guerrillas, paramilitares, narcotraficantes y crimen organizado), así como la economía ilegal dedicada al tráfico de drogas convirtieron al país en uno de los más peligrosos de Sudamérica y del mundo. En 2016, el Gobierno desarrolló un proceso de paz con la guerrilla con el objetivo de encontrar una salida política al conflicto. Actualmente, aunque la situación no es de estabilidad plena, Colombia trata de combatir esta lacra que ha arrastrado durante décadas para poder alcanzar una situación de progreso y transformación continuada.

Y ahora sí, confieso que yo he sido uno de los primeros en tener prejuicios sobre Colombia y, a pesar de tener muy claro e intentar siempre de no fomentar y alimentar los juicios de valor sesgados que todos nos hacemos, esta vez he vuelto a comprobar que cuando te encuentras con la realidad, ésta te da un buen bofetón y te hace ver que tu idea era sólo eso, una idea bastante lejana a la vida misma.

Estamos inmersos en un mundo de generalizaciones en el que tendemos a pensar que porque alguien sea de una determinada manera, todos aquellos que guardan relación con algún aspecto de este alguien tienen que ser o comportarse también de esa forma. Lo más difícil, pero necesario es luchar contra estas generalizaciones y, a veces, no hay más remedio que afrontar la realidad y darse cuenta que la película que uno se había montado dista mucho de lo que realmente ocurre. Y es que los prejuicios se forman de manera inconsciente en las personas y distorsionan la percepción que puedan tener de las cosas.

La pobreza, la inseguridad y las drogas son quizás los tres prejuicios estrella cuando semanas atrás comentaba con mis allegados que me iba a pasar unos días a Colombia. No se puede negar que las tres concurran en determinadas zonas del país, pero ¿en qué país no las tenemos también?.

Cierto es que aún queda mucho por hacer en Colombia, pero tan cierto es que se lleva mucho tiempo haciendo cosas y que éstas no son vox populi como lo siguen siendo las negativas del pasado. Utilizar la serie de “Narcos” como la realidad colombiana en 2018 es un error garrafal que hace que el avance que intentan hacer los ciudadanos de este país se vea tremendamente ralentizado en el tiempo.

Durante los 10 días que estuve en Colombia y visitando tres de sus ciudades más importantes: Cartagena de Indias, Medellín y Bogotá, pude comprobar que uno puede caminar tranquilo por la calle (siempre atento a lo que sucede alrededor, pero como hacemos en cualquier lugar y sobre todo si es uno que visitamos por primera vez). Pude comprobar que haciéndose de noche, uno puede continuar en la calle, que la gente es amable a la vez que curiosa cuando ven que los turistas se interesan por su país. También puedo afirmar que la propaganda que se hace del “visit colombia” es brutal: la gente te agradece la visita, te pide que recomiendes los lugares o sus servicios a aquellos que tengan intención de ir a Colombia, los guías turísticos saben sacar todo lo que hace a Colombia y a los colombianos dignos de ser visitados… en fin, ni vi pistolas, ni me ofrecieron droga, ni me secuestraron, ni me robaron y ni siquiera tuve la sensación de inseguridad que tanto miedo nos generan nuestros prejuicios.

Aunque lo poquito que visité me pareció estupendo, quiero remarcar aquel lugar que más me conmovió y que forma parte de Medellín. Concretamente, el barrio de San Javier o comuna nº13, considerada durante años el barrio más peligroso del mundo. Prostitución, asesinatos, drogas,… eran el pan de cada día en las calles de esta zona en la que viven más de 130.000 personas. Hoy, después de que en el año 2002 se iniciara la conocida “Operación Orión” que consistió en un Estado de Excepción para acabar con la guerrilla de las FARC y otros comandos armados en el barrio de San Javier, la comuna 13 es un barrio por el que se realizan tours y los turistas pueden pasear libremente realizando fotografías a los maravillosos graffitis que adornan las paredes de sus calles. La comuna 13 es un barrio en transformación que ha cambiado las armas por pinceles y donde la esperanza es el mensaje que se pretende contagiar a otros suburbios de la ciudad de Medellín.

Os dejo aquí una selección de fotografías de este barrio antioqueño de Medellín que recomiendo encarecidamente visitar como parte del tour que deberíais realizar por este país tan rico en cultura, naturaleza y espíritu innovador.


Desde el metrocable que nace en San Javier  podéis tener una vista impresionante y 
panorámica de la ciudad de Medellín.
En San Javier o comuna 13, vas a quedarte impresionado de la cultura, de los graffitis, de los niños y  
su vida en la calle, bailando, jugando y saludando a cualquier "gringo" que ven por allí.





Allí vas a encontrarte decenas de graffitis. Éste deja evidente el mensaje de "Esperanza"





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