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lunes, 26 de octubre de 2026

El estrés laboral no se elimina, se gestiona

Hay una idea que me parece especialmente importante cuando hablamos de estrés laboral y es la de que no podemos pretender que las personas trabajen en entornos exigentes y que nada de lo que ocurre a su alrededor les afecte. Los cambios, las urgencias, los problemas de organización o las dificultades para conciliar forman parte de nuestra realidad profesional. Y todo ello tiene un impacto en nosotros, nos guste o no.

Las organizaciones cambian cada vez más rápido, las responsabilidades se mezclan y las estructuras son más flexibles, aunque no siempre mejor organizadas. Esto puede generar confusión, órdenes contradictorias y una sensación constante de no saber exactamente qué se espera de nosotros. Y cuando no tenemos claro qué debemos hacer o con qué recursos contamos, aparece una de las principales fuentes de estrés laboral.

Y aunque tratemos de buscar la solución afanosa, pero vanamente, no todo el estrés se resuelve aprendiendo a respirar mejor, haciendo deporte o aprendiendo a gestionar nuestras emociones. A veces, lo que hay que cambiar es la forma en que estamos trabajando.

El estrés no es necesariamente negativo. Es un mecanismo biológico que nos permite reaccionar ante situaciones que requieren atención, esfuerzo o adaptación. Gracias a él, por ejemplo, los seres vivos somos capaces de salvar nuestra vida en muchas ocasiones. Por ejemplo, podemos reaccionar rápidamente si un coche se acerca a nosotros cuando cruzamos la calle.

El problema aparece cuando se prolonga demasiado o no tenemos suficientes oportunidades para recuperarnos. Pasamos de una urgencia a otra, acumulamos tareas y terminamos el día con la sensación de haber trabajado muchísimo sin haber avanzado lo suficiente. ¿Te suena?

A todo ello podemos añadir salarios insuficientes, inseguridad laboral, dificultades para conciliar, falta de oportunidades para desarrollar nuestro talento o herramientas inadecuadas. Incluso tener poco trabajo o sentir que nuestras capacidades no se aprovechan o no reciben la importancia y atención mínima que merecen.

El factor común es el desequilibrio entre lo que se nos exige y los recursos que tenemos para responder. Por eso, no se trata simplemente de reducir tareas, sino de encontrar un equilibrio razonable entre las demandas y los medios disponibles.

Desde la empresa, desde los departamentos de recursos humanos, deberíamos saber actuar sobre las causas. Si las cargas de trabajo son excesivas, habrá que revisar cómo se distribuyen las tareas. Si existen instrucciones contradictorias, tendremos que mejorar la coordinación. No tiene demasiado sentido invertir en cursos de gestión emocional mientras mantenemos intactas las condiciones que provocan el malestar.

También debemos trabajar en el liderazgo y la comunicación interna. Un buen responsable no es quien consigue que su equipo aguante cualquier situación, sino quien sabe identificar cuándo las exigencias son razonables y cuándo es necesario intervenir. Para ello necesita escuchar y permitir que las personas expresen sus dificultades sin miedo a que se cuestione su compromiso. Por supuesto, aprender a gestionar las emociones, saber establecer prioridades y descansar son recursos útiles, pero estas herramientas complementan la prevención, no la sustituyen. No podemos trasladar toda la responsabilidad al trabajador y esperar que aprenda a soportar mejor unas condiciones que quizá deberían cambiar.

La cosa se complica cuando este estrés existe en un equipo de trabajo con niveles diferentes y con varias maneras de afrontarlo. Imaginemos a varias personas ante una lista interminable de tareas. Una piensa que terminarlo todo será un milagro. Otra siente frustración. Una tercera lo interpreta como un reto y se concentra en lo prioritario. Y una cuarta decide qué debe atender, qué puede posponer y a qué tendrá que decir que no.

Seguramente, todas tengan razón. La situación es la misma, pero la forma de interpretarla puede cambiar. Esto no significa que todo dependa de la actitud, sino que podemos aprender a distinguir entre aquello que controlamos, aquello sobre lo que podemos influir y aquello que debemos aceptar.

Si el problema es una carga de trabajo inasumible, no basta con aprender a priorizar. Si existe un ambiente laboral hostil, no basta con practicar la relajación. La estabilidad interior es importante, pero no puede convertirse en una excusa para dejar de mejorar las condiciones de trabajo.

Una empresa saludable no es aquella en la que nunca hay estrés, conflictos o dificultades. Es aquella en la que las personas y la dirección trabajan conjuntamente para mejorar la salud y el bienestar, identificando los problemas y actuando sobre sus causas. Una organización necesita resultados, pero también personas que puedan conseguirlos sin poner en riesgo su bienestar.

La idea está en no infravalorar los pequeños cambios. Mejorar la comunicación, aclarar una prioridad, aprender a delegar o respetar media hora de desconexión puede parecer poca cosa. Pero, cuando esos cambios se repiten, pueden transformar nuestra manera de trabajar.

No vamos a construir una empresa saludable de un día para otro, ni lo conseguiremos esperando a que desaparezca el estrés. Lo haremos identificando qué lo provoca, cambiando lo que esté en nuestras manos y aprendiendo a gestionar mejor aquello que no podamos evitar.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Lo primero sigue siendo lo primero (pero no todos lo entienden)

Antes de comenzar, quiero compartir algo que ya hice en 2022 cuando nació mi primera hija: decidí entonces pausar temporalmente mis publicaciones y respetar el momento antes de compartirlo. Esta vez, con el nacimiento de mi segunda hija, ha sido la segunda vez que he tomado la misma decisión. Por eso, mi pausa temporal en publicar en el blog, porque como dije entonces, y repito hoy: lo primero sigue siendo lo primero.

Han pasado ya bastantes meses desde que escribí la entrada ‘Lo primero es lo primero’ en la que hablaba del nacimiento de mi primera hija, de la falta de tiempo, de la necesidad de poner prioridades claras y de cómo la vida, en un momento dado, te coloca frente a un espejo y te recuerda lo verdaderamente importante. Desde entonces, muchas cosas han cambiado, entre ellas que hace apenas unos días he vuelto a ser padre. Y una vez más, todo se recoloca. La familia sigue ahí, en lo más alto de la lista. Y uno mismo también. Pero esta vez, además de vivirlo en lo personal, me he visto reflexionando aún más desde lo profesional, sobre cómo las empresas, y quienes estamos dentro de ellas, seguimos teniendo una tarea pendiente: entender que las personas somos personas antes que empleados.

A veces parece que hay que recordarlo como si fuera una novedad: nadie trabaja por el placer de asistir a reuniones o enviar informes. Trabajamos por lo que hay fuera del trabajo. Por nuestras familias, por nuestros hijos, por nuestros mayores, por nuestras pasiones, por tener un futuro más tranquilo. Y sin embargo, se sigue premiando lo contrario: quien más horas echa, quien se queda hasta el final, quien sacrifica más de su vida personal. Como si eso fuera sinónimo de compromiso. Como si dejarte la piel fuera un fin en sí mismo, y no algo que uno hace cuando siente que está en un lugar donde merece la pena hacerlo.

Cada vez oigo más hablar de conciliación. Es una palabra que se está desgastando de tanto usarla mal. Porque no es conciliación dejarte salir media hora antes un día puntual y pensar que con eso ya está pagada la deuda. Tampoco lo es trabajar desde casa si eso implica estar más disponible que nunca. Y mucho menos lo es cuando después hay miradas, comentarios o silencios incómodos si alguien decide priorizar su vida personal. Eso no es conciliación. Es poner una tirita a una herida que necesita puntos de sutura.

Conciliar de verdad implica respeto. Respeto por el tiempo de las personas, por sus ciclos vitales, por sus necesidades emocionales, por su salud mental. Conciliar no es hacer favores, es crear un entorno donde nadie tenga que pedir permiso para vivir. Hay empresas que lo están entendiendo, que empiezan a hacer cambios reales, que confían, que permiten flexibilidad sin letra pequeña, que entienden que una reunión puede esperar pero un momento con tu familia, no. Pero aún quedan muchas empresas que siguen confundiendo control con gestión, exigencia con productividad, y obediencia con compromiso.

Cuando un empleado se siente cuidado, respetado y valorado también en su esfera personal, es cuando de verdad empieza a comprometerse. Y lo hace de una forma genuina, porque no somos compartimentos estancos que podamos separar fácilmente. Lo que pasa en casa se viene al trabajo, y lo que pasa en el trabajo se va a casa. Por eso, cuando alguien tiene un buen día en lo laboral, eso también repercute en su vida personal, y al revés.

Como dije entonces, todos tenemos las mismas 168 horas a la semana. La diferencia está en cómo lo usamos y qué lugar damos a cada cosa. Lo primero sigue siendo lo primero. Y por mucho que duela escucharlo a veces desde las direcciones o propiedades de las compañías, lo primero casi nunca es el trabajo. Es tu hija o hijo, tu pareja, tu salud, tu paz mental. Y quien no entienda eso, probablemente está condenando a su equipo a vivir con el freno de mano puesto. Trabajar bien no es solo cumplir objetivos. Trabajar bien es hacerlo desde un lugar donde uno se sienta cómodo, valorado y, sobre todo, humano.


martes, 17 de diciembre de 2024

La Navidad: luces y sombras en el ciclo de la vida

La Navidad, que lleva implícitos mensajes de unión, amor y esperanza, es una época que despierta emociones, a menudo, contradictorias. Para muchos, es un tiempo de celebración, de reencuentros y de risas. Pero, inevitablemente, también es una temporada que nos enfrenta con la ausencia al ir viendo cada vez más sillas vacías cuando nos juntamos en las reuniones familiares.  

A medida que pasan los años, la Navidad puede transformarse en un espejo de nuestras pérdidas. Aquellos que amamos y que solían formar parte de nuestras celebraciones quizás ya no están físicamente con nosotros, dejando un vacío que parece imposible de llenar. Estas ausencias nos invitan a reflexionar sobre el tiempo, sobre los momentos que compartimos, sobre el dolor de continuar sin ellos y sobre la obviedad de que algún día seremos nosotros quienes también dejaremos nuestras sillas vacías.

Es natural sentir tristeza o melancolía al recordar las risas, las historias y los abrazos que ya no podemos repetir. Esos sentimientos son normales y son parte del duelo, un proceso que nunca desaparece del todo, pero que aprendemos a integrar en nuestras vidas. Y es que la ausencia no borra el amor; más bien lo transforma.

Sin embargo, la Navidad también trae consigo nuevas oportunidades para iluminar la oscuridad. La llegada de nuevos miembros a la familia, ya sea a través de nacimientos, relaciones o amistades, nos recuerda que la vida sigue abriéndose camino. Estos nuevos integrantes tienen derecho a disfrutar de la magia de la Navidad, y nuestra responsabilidad es transmitirles ese espíritu, como algún día hicieron con nosotros.

Cuando los niños corren por la casa, cuando las risas reemplazan momentáneamente las lágrimas, nos damos cuenta de que estamos participando en algo más grande que nosotros mismos. Somos parte de un ciclo que ha existido en todas las familias, en todas las culturas y en todas las Navidades de la historia.

La Navidad nos obliga a sostener dos verdades al mismo tiempo: el dolor de lo que hemos perdido y la alegría de lo que hemos ganado. Y, en ocasiones, la pérdida y la ganancia ocurren en un espacio muy corto de tiempo, lo cual perturba aún más nuestro estado emocional. ¿Cómo podemos entonces encontrar equilibrio en este vaivén de emociones? La clave está en permitirnos sentir, en no reprimir ni la tristeza ni la alegría. Recordar a los que ya no están con cariño, y al mismo tiempo, abrazar a los que están presentes. Decorar el árbol, cantar villancicos, compartir la mesa: estos rituales son actos de resistencia ante la oscuridad.

En conclusión, la Navidad no se trata de borrar la tristeza, sino de integrar la luz y la sombra en un todo significativo, del mismo modo que hacemos el resto del año y durante toda nuestra vida.

Que esta Navidad, con sus momentos agridulces, sea un recordatorio de que la vida sigue girando y de que, a pesar de las pérdidas, siempre hay razones para celebrar. 

¡Felices Fiestas! 🎄


jueves, 31 de octubre de 2024

Los fantasmas del pasado: una reflexión sobre el perdón

Hoy, 31 de octubre, noche de Halloween, es una buena ocasión para hablar de esos otros “fantasmas” del pasado que a veces vuelven, no para asustarnos, sino para mostrarnos cuánto hemos cambiado.

Esta semana he vuelto a encontrarme con una persona que, en su momento, fue una gran fuente de dolor. Alguien a quien deseé no volver a ver, que representaba para mí una serie de heridas que parecían imposibles de superar. Durante los primeros años, algunos mensajes esporádicos y conversaciones breves y casi banales reabrían en mí emociones profundas: un cúmulo de rabia, rencor, tal vez incluso odio, que creía imposible de disipar. Aunque ya hace mucho tiempo que sabía que todo esto ya estaba sanado, no ha sido hasta este reencuentro presencial cuando esto se ha confirmado.

En este reencuentro, más de una década después, algo ha sido diferente. Un sentimiento casi superficial, casi como si esa persona fuera alguien con quien no hace tanto que me vi, como aquel compañero de un trabajo anterior o un antiguo colega de universidad con quien mantuviera buena relación, la cual se enfrió y con quien después de mucho tiempo me volvía a reencontrar. Este encuentro lo definiría como cordial y sincero, pero sin mover ni remover mi mundo como lo hacía antes.

Al reflexionar sobre esto, he entendido algo importante que me gustaría compartir, porque todos, en algún momento, enfrentamos nuestros “fantasmas” del pasado. Ya sea una expareja, un amigo que nos traicionó, un familiar con quien tuvimos roces dolorosos. Son relaciones que, en su momento, nos marcaron profundamente y que al final nos exigen enfrentarnos a lo que nos duele, para no cargar toda la vida con ese peso. He aprendido, con esta experiencia, que el verdadero "soltar" no implica perdonar a esa persona en términos absolutos, sino liberar nuestra energía de un pasado que ya no nos define.

La psicología ha investigado mucho sobre cómo y por qué nuestras emociones hacia personas que nos hicieron daño cambian con el tiempo. Lo que he descubierto es que, con la distancia y el tiempo, nuestras percepciones de ese “fantasma” se transforman. No es que la persona cambie, sino que somos nosotros quienes maduramos emocionalmente.

Para mí, este cambio en mis emociones fue algo gradual. Al recordar cómo me sentía hace años, noto que ahora el dolor se ha desvanecido. Esto, en la neurociencia, se explica a través de la desactivación que el cerebro hace de ciertas respuestas emocionales intensas cuando deja de percibir una amenaza. En otras palabras, cuando nos damos cuenta de que esa persona ya no tiene el poder de herirnos, el dolor simplemente pierde su fuerza.

Si ahora sientes que estás en ese proceso, confía en que lo que hoy duele intensamente se irá disipando. Quizás el perdón total no sea necesario para que puedas seguir adelante; a veces basta con que la intensidad de ese dolor disminuya hasta convertirse en un simple recuerdo que no perturba.

Durante mucho tiempo, e incluso ahora, he sido incapaz de pensar en lograr un perdón total y real, excusando cada error de esa persona para finalmente liberarme de la rabia. Pero, de nuevo entrando en mi rama, la psicología, he logrado experimentar en mi propia persona lo que se denomina el “perdón adaptativo”. Un tipo de perdón que no necesita una reconciliación profunda ni requiere que justifiquemos y perdonemos todo lo que nos hicieron; en lugar de eso, implica aceptar lo ocurrido sin permitir que el pasado siga definiendo nuestro presente. Esto es “soltar”, lo cual no significa olvidar lo que pasó ni justificar el daño; significa simplemente aprender a no aferrarnos a las heridas.

Este encuentro, además, me ha permitido evidenciar algo que es lógico y coherente y no es más que he cambiado, y también, muy probablemente, esa persona lo haya hecho. Nuestras vidas ahora son diferentes. Si esa persona está leyendo esto, quizás también haya experimentado algo similar. Tal vez haya percibido esa especie de perdón que, sin demasiadas palabras, le he brindado, lo cual le ha abierto la mente hacia una reflexión más sensata, aceptando errores de los que antes era incapaz de responsabilizarse. Esta evolución, este desbloqueo que ahora siento en la situación, dejando de lado orgullos y rencores, me permite imaginar un futuro distinto. Puede que pase otra década antes de volver a cruzarnos o quizás nunca haya otro encuentro, pero, al menos, aquel sinuoso camino de dolor y resentimiento se ha convertido en lo que todavía nos pueda unir, aunque solo sea el pasado, en una senda más ligera y confortable para ambos.

Si estás pasando por una situación similar, si te encuentras con un “fantasma” del pasado que te removió el alma en su momento, recuerda que lo importante no es buscar un perdón perfecto ni reconciliarte del todo. Lo esencial es que reconozcas tu propio cambio y observes cómo ese dolor se va transformando en algo cada vez más ligero. Quizás llegue un día en el que, como yo, puedas estar frente a esa persona y sentir que las aguas ya han vuelto a su cauce, sabiendo que, en caso de que pueda seguir existiendo contacto, este ya sería mucho más sincero, sin necesidad de medir cada palabra o cada acto, e incluso sin llegar a perturbaciones al tratar temas que en el pasado fueron muy delicados.

miércoles, 26 de enero de 2022

Cuando el estrés debe empezarnos a preocupar

¿No tienes la sensación de que los “eneros” siempre son estresantes después de unos días de descanso de Navidad? ¿No tienes la sensación de que la llamada “cuesta de enero” se ve endurecida por una situación de cambio de ritmo continuo en muchos ámbitos? ¿Y no tienes la sensación de que a todo esto se le añade la incertidumbre prácticamente diaria que nos está ocasionando esta pandemia?



Quizás estamos en uno de los momentos más oportunos del año, y probablemente también de la última década, para hablar del estrés. Un estado que nos sobrepasa y sobre el que tenemos que actuar a tiempo para que no se convierta en un mal peor e irreversible.

En este blog hablo de personas, pero también de personas en el mundo laboral. Es por ello, que me centraré especialmente en el estrés laboral, aunque totalmente se puede aplicar a cualquier tipología de estrés en cualquier otro contexto de nuestras vidas.

Las empresas, entendiendo a estas como el conjunto de empleados y empleadas, desde la Dirección hasta los operarios, debemos buscar soluciones a la gestión del estrés para asegurar el trabajo en un entorno sano y saludable. Como decía antes, además de ser un mes oportuno para tratar este tópico, nos encontramos en un momento ideal para poder hacer esta gestión del estrés, ya que estamos todavía en un tiempo de pandemia que puede alargarse mucho más allá de lo esperado y ya que estamos ante un estrés extra debido a toda la incertidumbre que hoy en día nos rodea en todos los ámbitos.

Los cambios en la empresa, que en este contexto se ven además afectados por la incertidumbre sanitaria, social, política, económica…, suelen provocar tensiones que acaban derivando a estrés. Las organizaciones son cada vez más líquidas, es decir, que los roles están cada vez más intercalados, creando más confusión, originando la creación de órdenes contradictorias y generando caos en todos los estamentos de la empresa.

Antes de continuar, se me viene una duda que debiera haber planteado al comienzo. Estamos hablando del estrés, pero ¿tenemos claro qué es el estrés?


Podríamos decir de él que es un estado que nos produce malestar, que viene provocado por algo externo y que es un fenómeno que nos afecta biológica, psicológica y socialmente.

Más allá de esta obviedad, cabe decir que el estrés debe existir siempre en la especie humana, del mismo modo que en los demás animales. Pero debe existir en unos niveles de tolerancia asumibles, ya que se trata de un mecanismo biológico que está diseñado para la supervivencia. Por ello, aunque lo veamos con una connotación negativa, lo cierto es que su origen no lo es, sino que siempre ha existido para asegurarnos la capacidad de supervivencia y adaptación.

Sea cual sea el motivo que nos esté provocando estrés, la realidad es que existe un desequilibrio entre las demandas y nuestros recursos para afrontarlas. Por ello, para afrontar esta situación, tendremos que ser capaces de realizar un esfuerzo de adaptación, de cambio de conducta, de adquisición de una nueva habilidad, de aceptación, de renuncia… al hecho causante, que nos permita rebajar nuestro nivel de estrés.

En este esfuerzo, sin duda, aparecerán las emociones que ayudarán o interrumpirán el proceso de afrontamiento. Si ocurre que el proceso se prolonga en demasía, el malestar continuará provocando el estrés, mientras que si somos capaces de superar ese malestar con creces, éste quedará revertido y lo veremos como una motivación y un nuevo “chute” de energía con el que salimos reforzados de una situación a priori negativa.

Si nos vemos superados y decidimos acudir a la ayuda profesional para mitigar nuestro estado de estrés, el profesional va a poder ayudarnos a reorientar nuestra manera de pensar y actuar, va a ser nuestro coach en este proceso por el que le estamos consultando, pero no va a poder quitarnos el estrés como podría quitarnos una muela. Dependerá en gran medida, por no decir en toda, del cómo nosotros gestionemos las principales fuentes que nos causan el malestar originario del estrés, que en el entorno laboral podría ser: mucho o poco trabajo, poca consideración social del empleo, poco sueldo, inseguridad y precariedad, dificultad para conciliar la vida personal y profesional, etc…

Llegados a este punto y como conclusión, por no alargar más este tema que nos daría para mucho, debemos ser conscientes que tenemos el control de la situación en nuestras manos antes de que el malestar se eternice y dé lugar a estrés, ansiedad, depresión… Es posible cambiar la perspectiva y esto es una elección nuestra, sobre la que evidentemente podremos apoyarnos de otras personas y de profesionales, pero siempre partiendo de la base de que el cambio comienza en uno mismo.

El estrés laboral no se elimina, se gestiona

Hay una idea que me parece especialmente importante cuando hablamos de estrés laboral y es la de que no podemos pretender que las personas t...