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lunes, 26 de octubre de 2026

El estrés laboral no se elimina, se gestiona

Hay una idea que me parece especialmente importante cuando hablamos de estrés laboral y es la de que no podemos pretender que las personas trabajen en entornos exigentes y que nada de lo que ocurre a su alrededor les afecte. Los cambios, las urgencias, los problemas de organización o las dificultades para conciliar forman parte de nuestra realidad profesional. Y todo ello tiene un impacto en nosotros, nos guste o no.

Las organizaciones cambian cada vez más rápido, las responsabilidades se mezclan y las estructuras son más flexibles, aunque no siempre mejor organizadas. Esto puede generar confusión, órdenes contradictorias y una sensación constante de no saber exactamente qué se espera de nosotros. Y cuando no tenemos claro qué debemos hacer o con qué recursos contamos, aparece una de las principales fuentes de estrés laboral.

Y aunque tratemos de buscar la solución afanosa, pero vanamente, no todo el estrés se resuelve aprendiendo a respirar mejor, haciendo deporte o aprendiendo a gestionar nuestras emociones. A veces, lo que hay que cambiar es la forma en que estamos trabajando.

El estrés no es necesariamente negativo. Es un mecanismo biológico que nos permite reaccionar ante situaciones que requieren atención, esfuerzo o adaptación. Gracias a él, por ejemplo, los seres vivos somos capaces de salvar nuestra vida en muchas ocasiones. Por ejemplo, podemos reaccionar rápidamente si un coche se acerca a nosotros cuando cruzamos la calle.

El problema aparece cuando se prolonga demasiado o no tenemos suficientes oportunidades para recuperarnos. Pasamos de una urgencia a otra, acumulamos tareas y terminamos el día con la sensación de haber trabajado muchísimo sin haber avanzado lo suficiente. ¿Te suena?

A todo ello podemos añadir salarios insuficientes, inseguridad laboral, dificultades para conciliar, falta de oportunidades para desarrollar nuestro talento o herramientas inadecuadas. Incluso tener poco trabajo o sentir que nuestras capacidades no se aprovechan o no reciben la importancia y atención mínima que merecen.

El factor común es el desequilibrio entre lo que se nos exige y los recursos que tenemos para responder. Por eso, no se trata simplemente de reducir tareas, sino de encontrar un equilibrio razonable entre las demandas y los medios disponibles.

Desde la empresa, desde los departamentos de recursos humanos, deberíamos saber actuar sobre las causas. Si las cargas de trabajo son excesivas, habrá que revisar cómo se distribuyen las tareas. Si existen instrucciones contradictorias, tendremos que mejorar la coordinación. No tiene demasiado sentido invertir en cursos de gestión emocional mientras mantenemos intactas las condiciones que provocan el malestar.

También debemos trabajar en el liderazgo y la comunicación interna. Un buen responsable no es quien consigue que su equipo aguante cualquier situación, sino quien sabe identificar cuándo las exigencias son razonables y cuándo es necesario intervenir. Para ello necesita escuchar y permitir que las personas expresen sus dificultades sin miedo a que se cuestione su compromiso. Por supuesto, aprender a gestionar las emociones, saber establecer prioridades y descansar son recursos útiles, pero estas herramientas complementan la prevención, no la sustituyen. No podemos trasladar toda la responsabilidad al trabajador y esperar que aprenda a soportar mejor unas condiciones que quizá deberían cambiar.

La cosa se complica cuando este estrés existe en un equipo de trabajo con niveles diferentes y con varias maneras de afrontarlo. Imaginemos a varias personas ante una lista interminable de tareas. Una piensa que terminarlo todo será un milagro. Otra siente frustración. Una tercera lo interpreta como un reto y se concentra en lo prioritario. Y una cuarta decide qué debe atender, qué puede posponer y a qué tendrá que decir que no.

Seguramente, todas tengan razón. La situación es la misma, pero la forma de interpretarla puede cambiar. Esto no significa que todo dependa de la actitud, sino que podemos aprender a distinguir entre aquello que controlamos, aquello sobre lo que podemos influir y aquello que debemos aceptar.

Si el problema es una carga de trabajo inasumible, no basta con aprender a priorizar. Si existe un ambiente laboral hostil, no basta con practicar la relajación. La estabilidad interior es importante, pero no puede convertirse en una excusa para dejar de mejorar las condiciones de trabajo.

Una empresa saludable no es aquella en la que nunca hay estrés, conflictos o dificultades. Es aquella en la que las personas y la dirección trabajan conjuntamente para mejorar la salud y el bienestar, identificando los problemas y actuando sobre sus causas. Una organización necesita resultados, pero también personas que puedan conseguirlos sin poner en riesgo su bienestar.

La idea está en no infravalorar los pequeños cambios. Mejorar la comunicación, aclarar una prioridad, aprender a delegar o respetar media hora de desconexión puede parecer poca cosa. Pero, cuando esos cambios se repiten, pueden transformar nuestra manera de trabajar.

No vamos a construir una empresa saludable de un día para otro, ni lo conseguiremos esperando a que desaparezca el estrés. Lo haremos identificando qué lo provoca, cambiando lo que esté en nuestras manos y aprendiendo a gestionar mejor aquello que no podamos evitar.

jueves, 30 de julio de 2026

El salario emocional debe ir ligado a la cultura empresarial (incluye test)

El salario emocional se ha convertido en uno de esos conceptos que aparecen de forma recurrente en la gestión de personas. Se menciona en varios foros de recursos humanos como si su simple incorporación garantizara una mejor experiencia del empleado. Pero, como ocurre con otras muchas prácticas en RRHH, la pregunta importante no es el qué, sino el para qué se está utilizando.

En muchas ocasiones se sabe qué paquete de salario emocional se quiere ofrecer, pero no siempre existe claridad sobre qué experiencia se quiere construir.

El salario emocional suele entenderse como un conjunto de beneficios no monetarios: flexibilidad, formación, buen clima laboral, participación en decisiones, oportunidades de crecimiento… Medidas bien intencionadas que no siempre generan el impacto esperado cuando se tratan como una lista de elementos independientes. La cuestión es que el salario emocional no debe ser un catálogo, sino una consecuencia.

Lo que es realmente el salario emocional es un conjunto de factores no económicos que influyen en cómo una persona vive su relación con la empresa y que condicionan su nivel de compromiso, motivación y permanencia. Pero faltaría añadir algo más a esta definición: la clave no depende tanto de lo que la empresa ofrece, sino de lo que el empleado percibe.

Esa diferencia lo cambia todo. Dos organizaciones pueden tener las mismas políticas en papel y generar experiencias completamente distintas. La variable no está en la herramienta, sino en la cultura que la sostiene.

Veamos cómo serían algunos ejemplos bajo esta definición avanzada de lo que realmente es el salario emocional:

  • Crecimiento profesional. No como promesa genérica, sino como percepción real de futuro dentro de la organización.
  • Desarrollo y aprendizaje. No basta con formación; importa la posibilidad de aplicar, equivocarse y evolucionar.
  • Ambiente laboral. No es algo que se declara, sino el resultado de cómo se lidera y se gestionan las relaciones.
  • Cultura y valores. Probablemente el punto más crítico. Cuando existe incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace, el salario emocional se debilita rápidamente.
  • Conciliación. No es solo flexibilidad formal, sino la confianza real para utilizarla sin penalización implícita.
  • Participación. No todas las organizaciones están preparadas para escuchar de forma real. Y esa diferencia entre escuchar y decidir con lo que se escucha es clave.

El problema de fondo muchas veces es que el salario emocional se intenta implantar como si fuera una herramienta, cuando en realidad depende de factores mucho menos tangibles: liderazgo, confianza, coherencia y calidad de las conversaciones internas. Y estos elementos no se activan de hoy para mañana con un plan de beneficios, sino que se construyen en el día a día, con el tiempo,… o no se construyen.

Te invito a que realices el siguiente mini test de autodiagnóstico, para que valores rápidamente en qué punto se encuentra la empresa para la que estás trabajando.

Puntúa cada afirmación del 1 al 5:

1 = Totalmente en desacuerdo | 5 = Totalmente de acuerdo

  1. Existe coherencia entre lo que la empresa dice y lo que hace.
  2. Tengo oportunidades reales de crecimiento.
  3. Puedo expresar mi opinión sin miedo.
  4. Mi responsable favorece mi desarrollo.
  5. El ambiente de trabajo es saludable.
  6. La conciliación se respeta de forma real.
  7. Mi opinión se tiene en cuenta en decisiones.
  8. Existe reconocimiento por el trabajo bien hecho.
  9. Me siento motivado de forma sostenida.
  10. Tendría dudas si surgiera una oferta similar.

Interpretación

10–20 puntos
El salario emocional es prácticamente inexistente. La relación con la empresa es puramente instrumental.

21–30 puntos
Existen iniciativas aisladas, pero sin coherencia global.

31–40 puntos
Base aceptable, aunque depende demasiado de factores individuales.

41–45 puntos
Buen nivel de coherencia entre cultura y experiencia.

46–50 puntos
Alta consistencia. El salario emocional es una realidad, no un discurso.

Ahora ya conoces un poco más sobre el salario emocional y sobre cómo es en tu empresa. Recuerda que éste no se diseña en un documento ni se activa con una política concreta, sino que aparece cuando la cultura, el liderazgo y las decisiones diarias son coherentes entre sí y desaparece con la misma facilidad cuando esa coherencia no existe.

viernes, 19 de junio de 2026

Lo que se dice, lo que no se dice y lo que realmente ocurre

El pasado 6 de mayo tuve la oportunidad de asistir a Talent Day 26, el evento organizado por Equipos & Talento en el Museo Reina Sofía de Madrid, considerado uno de los principales puntos de encuentro para profesionales de Recursos Humanos y gestión de personas en España. Bajo el lema "Transformation, Anticipation, Influence & Vision", la jornada reunió a cientos de directivos y expertos para reflexionar sobre liderazgo, cultura, inteligencia artificial, engagement y transformación organizativa.

Durante el evento participé en una entrevista realizada por Alba Dueñas, periodista de Antena 3 Noticias, actualmente en la sección de deportes de la cadena. Desde Atresmedia Formación Empresas, la división de formación corporativa del grupo español propietario de medios como Antena 3, laSexta, Onda Cero o Europa FM, se me dio la oportunidad de participar en esta conversación que giró en torno a un tema preocupante en muchas organizaciones: la comunicación.

Una de las preguntas que me planteó Alba fue qué pesa más dentro de una organización: lo que se dice o lo que no se dice.

Mi respuesta fue bastante clara.

“Creo que pesa más lo que no se dice”. Y no porque la comunicación formal no sea importante. Lo es. El problema aparece cuando existe una distancia entre los mensajes que la organización transmite y la realidad que las personas perciben en su día a día.

En muchas empresas se invierten recursos en planes de comunicación interna, presentaciones corporativas o mensajes estratégicos que buscan alinear a los equipos. Sin embargo, los empleados no construyen su percepción únicamente a partir de esos mensajes. También interpretan silencios, observan comportamientos y generan conclusiones a partir de aquello que no se explica. Es ahí donde aparecen los rumores, las interpretaciones y la incertidumbre.

Además, existe cierta tendencia en algunas organizaciones a comunicar objetivos, cambios o iniciativas con la mejor de las intenciones. El problema aparece cuando la ejecución no acompaña. Por eso siempre he pensado que es preferible comprometerse con pocas cosas y cumplirlas, que construir grandes expectativas que después no se materializan.

La credibilidad organizativa se construye exactamente igual que la confianza entre personas: a través de la coherencia. Y una vez se pierde, resulta muy difícil recuperarla.

Otra de las cuestiones que surgió durante la entrevista fue dónde invertirías si quisiera mejorar la comunicación interna.

Mi respuesta tampoco estuvo relacionada con herramientas, plataformas o canales, sino que fue algo mucho más básico y sencillo: “Empezaría escuchando”. Escuchando qué necesitan las personas, qué información echan de menos y qué esperan realmente de la organización.

Y, a partir de ahí, sí que la inversión iría orientada a algo que considero crítico en cualquier estructura organizativa, que es la capacitación a los managers para comunicar mejor.

Como miembro de diferentes comités directivos a lo largo de mi trayectoria profesional, he sido testigo en numerosas ocasiones de que entre lo que se decide en el comité y lo que finalmente llega a los equipos suele existir una distancia considerable.

Muchas estrategias fracasan no porque sean malas, sino porque se interpretan de forma diferente en cada nivel de la organización. Cuando eso ocurre, el mensaje original termina perdiéndose por el camino.

Con frecuencia hablamos de la comunicación como si fuera una función aislada.

Pero, como ya he comentado en varias de mis publicaciones en este blog, estoy más convencido de que la comunicación interna no es más que una consecuencia de la cultura empresarial. Las organizaciones con culturas sólidas suelen comunicar mejor porque existe confianza, coherencia y claridad sobre lo que se espera de cada uno. Las que no tienen esos elementos pueden disponer de los mejores canales y herramientas del mercado, pero seguirán encontrando dificultades para generar credibilidad.

Al final, las personas no recuerdan tanto lo que una empresa dijo, sino que recuerdan si aquello que dijo terminó ocurriendo.

El lema no sería otro que el de que los hechos hablen el mismo idioma que las palabras.



viernes, 24 de abril de 2026

Tecnología visible, personas imprescindibles

Apenas hace unas semanas, la misión Artemis II volvió a marcar un hito en la historia de la humanidad. Durante algo más de nueve días, una nave recorrió más de un millón de kilómetros en un viaje que, a simple vista, parecía resumirse en una única imagen: un cohete atravesando el cielo y cuatro nombres propios orbitando la Luna. Tecnología punta, precisión milimétrica, ingeniería llevada al límite. Eso es lo que se ve y lo que se recordará.

Pero lo que se ve no siempre es lo que sostiene la historia y, es ahí, donde quiero hacer una metáfora trayendo esta realidad al mundo de los recursos humanos.

Detrás de ese lanzamiento perfecto hay miles de decisiones invisibles, años de pruebas, errores corregidos, debates técnicos y humanos que no aparecen en la retransmisión. Hay ingenieros que dudan, equipos que discuten, líderes que tienen que elegir entre avanzar o detenerse. Y, sobre todo, hay un equipo de personas que hacen posible que esa tecnología punta y costosa realmente funcione y logre su cometido. 

En las organizaciones ocurre algo parecido. Nos pasamos el día hablando con naturalidad de herramientas, de plataformas, de sistemas de gestión. Nos pasamos el día recibiendo llamadas y mensajes de proveedores que quieren vendérnoslas y hacernos sentir la necesidad de que las necesitamos, valga la redundancia. Y, sin embargo, igual que en Artemis II, son solo la parte más fácil de señalar.

Lo verdaderamente complejo, lo que no se puede enseñar en una demo ni resumir en una llamada, es el trabajo humano que hay detrás. Los “astronautas” de cualquier organización no son solo quienes aparecen en primera línea, sino todos aquellos que hacen que la misión tenga sentido: equipos motivados, preparados, coordinados, capaces de tomar decisiones cuando el manual no alcanza. Y ahí es donde RRHH deja de ser un área de soporte para convertirse en algo mucho más cercano al control de la misión.

RRHH no construye el cohete, cierto, pero decide quién sube a bordo, cómo se prepara, cómo se gestiona la presión y qué ocurre cuando algo no sale como estaba previsto. Define culturas, alinea expectativas, sostiene el compromiso... y hace posible que la tecnología no sea un fin en sí mismo, sino una herramienta al servicio de un equipo que sabe utilizarla.

La historia empresarial está llena de ejemplos donde la tecnología era impecable sobre el papel, pero el factor humano marcó la diferencia entre avanzar o quedarse en tierra. De igual manera, pongo mi mano en el fuego de que en el proyecto Artemis II tuvieron que realizarse ajustes, tomar decisiones de última hora y lidiar con la incertidumbre y posibles escenarios que podrían darse. Y todo eso no se resolvió solo con la tecnología, sino con criterio humano.

Quizá por eso resulta engañoso y totalmente erróneo poner el foco únicamente en lo visible. El cohete impresiona, el software de RRHH también. Pero lo que realmente determina el resultado es lo que no se ve hasta que no se explica o se piensa.

Al final, tanto en una misión lunar como en una empresa, la tecnología es el vehículo, pero las personas son la misión. Y sin una tripulación preparada, alineada y motivada, cualquier cohete, por avanzado que sea, no deja de ser una promesa que nunca termina de despegar.

martes, 22 de julio de 2025

El uso de la psicología inversa en el entorno laboral

La psicología inversa suena a truco barato, a manipulación, pero en determinadas circunstancias y contextos organizacionales, sobre todo cuando hay cierta resistencia al cambio, al compromiso o a la colaboración, puede convertirse en una herramienta poderosa.

Se trata de una técnica de persuasión que consiste en sugerir lo contrario de lo que realmente se desea, para que la otra persona, al sentirse libre o desafiada, haga lo que en realidad querías que hiciera.

No se trata de ir por la oficina diciendo a las personas que “mejor no hagan bien su trabajo” para ver si así lo hacen mejor. Es algo más complejo y sutil que eso. La psicología inversa se basa en el principio de la reactancia, esa necesidad que sentimos de proteger nuestra libertad cuando percibimos que alguien nos la está arrebatando. Este concepto psicológico podría tener sinónimos más coloquiales como son la oposición o rebeldía emocional, la necesidad de autonomía, el rechazo a la imposición o la actitud desafiante.

¿Te acuerdas de cuando eras niño y te decían que no podías tocar algo… y lo primero que hacías era tocarlo? Pues eso. Nuestro deseo de libertad nos impulsa a actuar justo en la dirección opuesta a lo que se nos impone. Y esa lógica, bien aplicada, puede jugar a favor en algunas dinámicas laborales.

Lo primero que hay que decir es que no todas las personas reaccionan igual ante una restricción. Hay quienes son más desafiantes por naturaleza y hay quienes necesitan sentir que eligen libremente antes de tomar una decisión. Identificar estos perfiles dentro del equipo es clave para saber si usar o no la psicología inversa.

Por poner un par de ejemplos, si le dices a un perfil joven con ambición: “No estoy seguro de que este proyecto esté a tu nivel todavía”, puedes despertar una respuesta de autosuperación y estarías usando la psicología inversa. O si sustituyes órdenes de entrega por retos implícitos como “No sé si serás capaz de entregar ese informe antes del viernes...”, puedes despertar ese deseo de demostrar capacidad y también estarías usando la psicología inversa.

Esta técnica no debe ser nunca la primera opción ni la estrategia dominante en la gestión de personas, pero sí puede ser útil en momentos puntuales, cuando hay bloqueos o resistencias, y queremos generar reflexión o motivación sin forzar. Una cultura de comunicación transparente, asertiva y respetuosa es siempre más sostenible a largo plazo.

Por eso, hay que saber a quién, cuándo y cómo aplicarla. No funciona con todo el mundo, y con personas con baja autoestima puede ser incluso contraproducente. Si no creen en sí mismas, pueden tomarse nuestras palabras al pie de la letra y reforzar su inseguridad.

El truco no está en engañar, sino en entender cómo funciona la mente humana y acompañar los procesos desde el respeto. En Recursos Humanos, como en la vida, la clave está en encontrar el equilibrio entre dirección y autonomía. Y, de vez en cuando, un poco de psicología inversa bien utilizada puede ayudar a inclinar la balanza hacia donde necesitamos ir.

lunes, 26 de mayo de 2025

Regañar vs Corregir, la diferencia que cualquier líder debería entender

Antes de entrar en la reflexión principal, me gustaría volver a subrayar una distinción fundamental entre ser jefe/a o ser líder. El primero es un cargo que otorga la organización; el segundo, un rol que concede el propio equipo. Mientras que el puesto de jefe puede ser asignado de forma formal y jerárquica, el liderazgo auténtico surge de la confianza, la admiración y el respeto que una persona genera en los demás, independientemente de si la empresa lo ha reconocido o no de manera oficial.

Y dicho esto, ahora sí, uno de los momentos más reveladores para detectar si estamos ante un líder verdadero es observar cómo gestiona los errores de su equipo. Porque no es lo mismo regañar que corregir. Aunque ambas acciones puedan parecer similares y tener como objetivo la mejora del desempeño, sus consecuencias y el modo en que impactan en las personas son profundamente diferentes.

REGAÑAR suele ser la respuesta impulsiva que nace del enfado, la frustración o el estrés. Se centra en el error cometido, en señalar la culpa y, muchas veces, en buscar un desahogo más que una solución. Es una acción que paraliza, genera miedo, desmotiva y rompe la confianza entre líder y colaborador, porque se convierte en una herramienta de control, no de desarrollo. Y, lo más importante, cuando un líder regaña constantemente, pierde su autoridad moral. Deja de ser referente y se convierte en alguien a quien se le obedece por obligación, no por respeto.

CORREGIR, en cambio, implica asumir una posición madura y responsable. Es un acto consciente y respetuoso que busca el crecimiento del colaborador sin dañar su autoestima. No se trata de evitar la confrontación, sino de canalizarla de manera inteligente, enfocándose en la solución y no en la culpa, basándose en la escucha, el diálogo y motivando al cambio desde el reconocimiento y no desde la humillación.

¿Cómo corregir de forma efectiva?

Corregir bien es una habilidad clave en cualquier liderazgo auténtico. Aquí algunos principios que pueden marcar la diferencia:

  1. Mantén la calma y el profesionalismo. Si estás muy molesto, espera. No tomes decisiones ni des retroalimentación desde la emoción.
  2. Habla en privado. La corrección no debe ser espectáculo público.
  3. Describe el problema con objetividad. Habla de hechos, no de interpretaciones ni suposiciones.
  4. Escucha su versión. Mostrar apertura fortalece la confianza.
  5. Enfócate en la solución. ¿Qué puede hacer distinto la próxima vez?. Ejemplifica para ayudarle a entender mejor.
  6. Motiva y refuerza lo positivo. El equilibrio entre exigencia y reconocimiento es clave.
  7. Haz seguimiento. Corregir no es un acto aislado, es parte de un proceso de acompañamiento.

Como he mencionado en otras ocasiones en este mismo blog, el verdadero liderazgo no se impone, se gana. Y en este contexto, corregir de manera justa y constructiva es una de las herramientas más poderosas para ganarse el respeto del equipo. Porque un líder no solo gestiona tareas, sino que también cuida personas. No solo mira resultados, sino que también acompaña procesos.

El liderazgo que nace del grupo, que se ejerce con humildad y cercanía, es el que más impacto tiene. No se trata de evitar los conflictos, sino de saber gestionarlos desde una posición de humanidad y no de superioridad. En definitiva, se trata de tratar a los demás como personas, no como errores.


martes, 25 de marzo de 2025

El iceberg de la cultura tóxica

En la mayoría de las empresas, el iceberg de la cultura tóxica está a la vista solo parcialmente. Lo que generalmente se observa son los síntomas: renuncia silenciosa, alta rotación y empleados desmotivados. Sin embargo, debajo de la superficie de este iceberg se esconden las causas subyacentes, que pueden ser mucho más perjudiciales para la salud organizacional: rumorología, expectativas poco realistas, falta de oportunidades de crecimiento, sobrecarga de trabajo, cultura de culpabilización, managers incompetentes, estancamiento salarial, mala comunicación, sentirse poco valorado, falta de flexibilidad y cultura de burnout son solo algunos de los elementos invisibles que contribuyen a un ambiente laboral tóxico.

Los departamentos de RRHH tenemos la responsabilidad no solo de abordar los síntomas visibles, sino también de trabajar activamente para erradicar las raíces profundas de esta cultura. Esto requiere un enfoque integral que combine políticas claras y estructuradas con un liderazgo capacitado que supervise su cumplimiento.

En esta línea, se hace evidente la importancia de tener políticas de RRHH bien definidas y la figura de un/a “director/a de orquesta” que, además de gestionar esas políticas, desarrolle a los mandos intermedios y directivos para prevenir que las "sorpresas" relacionadas con el absentismo y el mal clima laboral continúen ocurriendo.

El primer paso, por lo tanto, para evitar que una cultura tóxica se enraíce en una organización es establecer políticas claras y definidas en todas las áreas relacionadas con el bienestar y el desarrollo de los empleados. Estas políticas deben estar alineadas con la visión y misión de la empresa, asegurando que todas las prácticas dentro del entorno laboral sean coherentes y estén orientadas a crear un ambiente inclusivo, justo y motivador. Algunas de estas políticas son:

  • Comunicación interna, que erradique la falta de comunicación, uno de los principales factores que contribuye a la rumorología y al malestar.
  • Desarrollo y formación, pues el estancamiento salarial y la falta de oportunidades de crecimiento son fuentes comunes de desmotivación.
  • Bienestar laboral, que se alinee con el bienestar físico y mental de los empleados. Las políticas de salud ocupacional, flexibilidad laboral y prevención del burnout son esenciales para proteger el equilibrio entre la vida personal y profesional.
  • Reconocimiento y recompensas, basada en el rendimiento y la contribución al equipo, necesarias para mantener la motivación alta y prevenir el sentimiento de sentirse poco valorado.
  • Gestión del desempeño, que asegure de manera justa, transparente y constructiva que los empleados están alineados con los objetivos organizacionales.

Las políticas de RRHH son esenciales, pero de nada sirven si no se implementan correctamente o si no están respaldadas por un liderazgo adecuado. La dirección general de la empresa debería respaldar a la de recursos humanos en que se asegure el cumplimiento de las políticas y éste debería respaldar a su vez a los mandos y demás directivos, desarrollándoles para que comprendan la importancia de la cultura organizacional y su rol en la gestión de la misma.

Cuando las políticas de RRHH no se implementan correctamente o los líderes no están capacitados para gestionarlas, la consecuencia es clara: el absentismo aumenta, la rotación de personal es elevada y el clima laboral se deteriora. Estos factores no solo impactan en la productividad, sino que también incrementan los costos asociados con la selección, la contratación y la formación de nuevos empleados.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Cuando el poder sube más que el liderazgo: reflexiones desde la experiencia

A lo largo de mi trayectoria profesional he sido testigo de cómo en muchas empresas a ciertos empleados se les otorga el rol de jefe y, con ello, una sensación de poder que a veces se les sube a la cabeza. Es triste y preocupante ver cómo se confunde el título de jefe con el rol de líder, olvidando que un verdadero líder no necesita de jerarquías para ganarse el respeto y el compromiso de su equipo. Son personas que sufren de titulitis.

Recientemente, he sido de nuevo testigo de situaciones en las que el ascenso a una posición de poder transforma radicalmente a compañeros y compañeras de trabajo, personas que hasta entonces habían sido cordiales y cercanas. Al recibir el título, sin embargo, comienzan a asumir actitudes autoritarias, prepotentes y arrogantes, basadas en la imposición más que en la inspiración. Aunque esta situación es difícil de controlar de manera anticipada durante el proceso de decisión del nombramiento, lo más preocupante, cuando ya es evidente este cambio de rol o de actitud, es que la dirección no sea capaz de detectarlos o bien, aun habiéndolos detectado, no intervenga, muy probablemente porque no quiere hacer evidente el error cometido. Esto, sin duda, crea un ambiente tóxico en el equipo, que no tarda en ver disminuido su rendimiento y en afectar los objetivos de la empresa.

La realidad es que no todo jefe es automáticamente un líder. Para que alguien asuma una posición de liderazgo, es crucial realizar un análisis exhaustivo de su potencial en términos no solo de habilidades técnicas o experticia en la empresa, sino también de aquellas habilidades directivas y sociales que serán indispensables para gestionar un equipo. Sin este trabajo previo, el riesgo de generar un mal clima laboral es altísimo.

Aquí es donde entra en juego el papel fundamental de las áreas de recursos humanos. En varias ocasiones, he observado cómo las decisiones de asignación de cargos de mandos se toman exclusivamente desde la dirección general, bajo la premisa de que, por estar en la cima del organigrama, cuentan con la capacidad de tomar las mejores decisiones. Sin embargo, como decía anteriormente, el liderazgo no siempre se correlaciona con la jerarquía, y una mala elección en estas posiciones puede llegar a sacudir la estructura de la organización en su conjunto.

Dejar en manos de RRHH esta tarea es vital, o como mínimo creo necesaria su participación en la toma de decisiones, porque son los profesionales que mejor pueden analizar no solo las competencias técnicas, sino también el potencial humano de los candidatos a mando. Esto implica una labor minuciosa de selección, de evaluación de habilidades blandas, de liderazgo y de inteligencia emocional, factores que son críticos para desempeñar el rol de jefe con éxito y construir equipos motivados y eficientes.

Desde esta perspectiva, agradezco cada experiencia que he vivido en entornos donde estos errores se han cometido, pues me sirven para fortalecer mi visión profesional y mi compromiso en la construcción de un entorno laboral sano y productivo. Simplemente, el truco está en aprovechar estas malas praxis directivas para aprender de los errores observados y no cometerlos a lo largo de mi trayectoria profesional. 

Hace ya unos meses, junto a mis colegas Luis David Tobón y Blanca Correa, recogimos este tipo de vivencias y aprendizajes en el libro "Sofía, entre espejos y espejismoscorporativos", un proyecto que refleja el esfuerzo por transformar las malas praxis en buenas prácticas y que, a mi parecer, es un recurso valioso para cualquier organización que quiera potenciar un liderazgo auténtico y genuino.

Como directivos, como gestores de personas que somos, debemos ser conscientes que elegir a un jefe no es suficiente, sino que debemos aspirar a elegir y formar líderes que inspiren y que sepan conectar con sus equipos.

sábado, 27 de enero de 2024

Cuando el río deja de sonar: una metáfora empresarial

La empresa es como un río que nace en las montañas y va recogiendo agua de las lluvias, del deshielo y de los afluentes con los que se va cruzando en su largo camino hacia la desembocadura en el mar. Cada gota de lluvia y cada gota de nieve derretida son las actitudes, las habilidades, las motivaciones, la experiencia de cada uno de los empleados de la compañía. Los afluentes, la fuerza de los equipos que se suman a la corriente del río para recorrer con bravura el camino hacia la meta: el mar.

Para que este río fluya y no se acabe secando se requiere una unión estrecha de sus aguas ya desde la cúspide de aquella montaña donde se encuentra su nacimiento. Sin embargo, en muchas ocasiones, este viaje se convierte en toda una odisea durante el cual se va perdiendo fuerza como consecuencia de las fugas de comunicación y de las contradicciones que se originan durante el camino.

El afluente que entregó sus aguas al río fluía con fuerza, llevando consigo ideas frescas y propuestas para mejorar la productividad y la calidad de sus aguas, haciendo fuerte al río a la vez que limpio, y beneficiando a toda una serie de ecosistemas interconectados y de biodiversidad que se iba encontrando a lo largo del recorrido. Biodiversidad que puede estar formada por clientes, proveedores, nuevos empleados, talento, organizaciones, comunidades de vecinos, medios de comunicación, medioambiente…

Lo que nunca se pensó es que a lo largo del camino iban a existir obstáculos que provocarían desvíos del caudal y pérdida de la fuerza principal, además de un perjuicio sobre la calidad de sus aguas, como consecuencia de vertidos tóxicos, algunos accidentales y muchos otros provocados, y de una ralentización de la velocidad de carrera debida a que todos esos afluentes comenzaban a sentirse confusos, perdidos o intoxicados por culpa de esos vertimientos de sustancias tóxicas.

La disminución de la fuerza del agua y la mala calidad provoca que la biodiversidad tenga que huir a buscar otras aguas más limpias, dejando al río en un estado de desolación y desgaste que le dificultará alcanzar con éxito el objetivo propuesto en un inicio (llegar al mar con bravura, fuerza y aguas cristalinas).

Mezclando metáfora y realidad, las contradicciones que emanan desde los órganos directivos, así como la falta de comunicación y los choques territoriales entre afluentes (equipos de trabajo) que comparten un mismo propósito, dan como resultado la aparición de remolinos (rumorología) que confunden y desorientan al río (empresa) en su camino.

Teniendo en cuenta que esta es una realidad en muchas organizaciones, en la mayoría de ellas, a pesar de que la corriente siga perdiendo fuerza, los departamentos persisten en su misión de llegar al mar con resiliencia y perseverancia frente a las adversidades. Y con esto se conforman muchos directivos, sin tener en consideración que las frustraciones y sus tolerancias, las desmotivaciones y los mecanismos de defensa para superarlas o las faltas de comunicación interna y las conversaciones de pasillo que las suplen, son temas prioritarios para abordar desde sus orígenes.

Las empresas deben trabajar en fortalecer los afluentes, no solamente en el origen de estos, sino en su confluencia con el caudal principal del río y durante todo su camino hacia el mar, retroalimentando las fortalezas y subsanando las áreas de mejora que se detecten, fomentando una cultura de comunicación clara, unas acciones que no incurran en contradicciones y teniendo en cuenta las opiniones de quienes lideran departamentos y equipos, que al fin de cuentas son los oídos y los ojos de lo que ocurre a diario en el entorno organizacional.

viernes, 22 de septiembre de 2023

Sofía: transformando las malas prácticas en liderazgo

Recientemente, se ha publicado el eBook "Sofía: entre espejismos y espejos corporativos". Este libro, escrito en colaboración con mis grandes amigos Luis David Tobón y Blanca Correa, nos sumerge en una historia profundamente reflexiva sobre el crecimiento personal y profesional de una mujer que se convierte en una líder ejemplar al aprender de las malas prácticas de sus superiores y colegas. A través de la narrativa de Sofía, se ofrece una lección valiosa sobre la importancia de transformar las adversidades y errores en oportunidades de crecimiento y liderazgo.

La historia de Sofía es una historia que cualquiera de nosotros podríamos protagonizar en algún momento de nuestras vidas. Comienza como una empleada en una empresa donde las malas prácticas y la falta de ética son la norma. En lugar de conformarse con este entorno tóxico, Sofía decide aprovechar la oportunidad para aprender de los errores ajenos y los suyos propios y es, a través de este proceso de introspección y autocrítica constructiva, cuando se da cuenta de que no quiere repetir los mismos errores que ha presenciado en sus jefes y compañeros de trabajo.

La capacidad de Sofía para convertir la mala praxis en un motor de crecimiento y transformación es inspiradora. En lugar de sucumbir al cinismo o la resignación, utiliza cada desafío como una oportunidad para mejorar y evolucionar. Esta actitud es una lección valiosa para todos nosotros: en lugar de lamentarnos por las malas experiencias laborales, podemos utilizarlas como trampolines para alcanzar nuestro potencial.

Como decía, uno de los aspectos más destacados del libro es la forma en que Sofía logra mantener una visión crítica y constructiva de sus vivencias. En lugar de caer en la negatividad o la crítica destructiva, analiza las situaciones desde una perspectiva objetiva y busca soluciones. Esta habilidad es esencial para convertirse en un líder eficaz, ya que permite abordar los problemas con empatía y resolución en lugar de culpar a los demás.

La transformación de Sofía en una líder ejemplar es un recordatorio de que el aprendizaje constante es esencial en el mundo laboral y en la vida en general. Pero en este ebook el lector no únicamente tendrá la oportunidad de conocer la historia de Sofía, sino que conocerá a otros personajes que, en algunas páginas, se convierten también en protagonistas y sobre los que seguramente uno será capaz de pensar con nombre y apellidos en personas que han formado parte de sus vivencias personales y profesionales.

En conclusión, "Sofía: entre espejismos y espejos corporativos" nos invita a reflexionar sobre la importancia de aprender de las malas prácticas y errores en el mundo laboral. Nos muestra que la autocrítica y la autorreflexión son herramientas poderosas para el desarrollo personal y profesional.

Os invito a que adquiráis este ebook a través de la plataforma Amazon Kindle por un precio simbólico, pues tanto Luis David, como Blanca como yo mismo no hemos escrito este libro con ánimo de obtener un beneficio económico, sino que hemos dedicado nuestro tiempo, la distancia que nos separa (ellos viven en Colombia, yo en España) y nuestra creatividad con el fin de acercarnos al lector particular y al lector profesional, abriendo la posibilidad de ampliar cualquiera de los aspectos que aparecen en cada uno de los capítulos a través de webinars y capacitaciones hechas a medida, donde os garantizamos que nuestra experiencia en el ámbito y en la docencia, ayudará a quien así lo quiera a mejorar en sus habilidades personales/profesionales, de gestión de equipos y, por supuesto, en las directivas. Para ello, no dudes en ponerte en contacto y solicitar más información a través del formulario de contacto que encontrarás en la parte derecha de esta misma página.

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jueves, 17 de agosto de 2023

Felicidad laboral: 5 claves para un entorno de trabajo gratificante

No es la primera vez que escribo sobre qué es aquello que nos hace felices en el trabajo. Partiendo de las premisas de que cada persona es un mundo, y, por lo tanto, sus motivaciones son diferentes, de que cada momento de la vida nos marca unos objetivos a alcanzar y, en consecuencia, lo que hoy considero que me pueda hacer feliz quizás no sea lo que piense en un futuro, y de que el nivel de felicidad ante un mismo estímulo es totalmente diferente entre personas, por lo que la teoría de “café para todos” no tiene sentido, voy a tratar de estandarizar las claves que pueden servir para conseguir un mayor porcentaje de gente feliz en el conglomerado empresarial.

La búsqueda de la felicidad en el trabajo es una aspiración universal que ha cobrado mayor relevancia en la actualidad. A medida que las empresas evolucionan, se han dado cuenta de que la felicidad de sus empleados no solo influye en su productividad, sino que también crea un ambiente propicio para la innovación y el crecimiento. En esta línea, presento 5 aspectos clave, que bien podrían ocupar un artículo cada uno de ellos, que contribuyen a la felicidad en el trabajo:

1. Reconocimiento al trabajo: la importancia de sentirse valorado

Los empleados anhelan sentir que su trabajo es apreciado y reconocido por sus superiores y compañeros. Un simple agradecimiento, un reconocimiento público o incluso recompensas tangibles pueden tener un impacto duradero en la motivación y el compromiso de un empleado. El reconocimiento no solo refuerza la autoestima, sino que también fomenta un sentido de pertenencia y compromiso con la empresa.

2. Aprendizaje continuo: crecimiento profesional y personal

Siendo un defensor empedernido de la formación, no puedo dejar de mencionar este aspecto clave que apuesta por el desarrollo profesional y personal de cualquier trabajador. La formación permite a los empleados mejorar sus habilidades, enfrentar nuevos desafíos y mantenerse motivados. Además, contribuyen una oportunidad para mejorar otras muchas habilidades de manera indirecta como son la comunicación y el trabajo en equipo, entre otras.

3. Reparto del poder y del liderazgo: cultivando una cultura participativa

Un entorno laboral en el que el poder y el liderazgo se comparten de manera equitativa genera una sensación de pertenencia y valor entre los empleados. No me refiero en este punto a delegar la jefatura, ni mucho menos el liderazgo, que por definición es más intangible, sino a la asignación de la dirección de proyectos puntuales a diferentes personas del equipo de trabajo para fomentar una cultura participativa, donde las voces de todos sean escuchadas y donde las decisiones se tomen de manera colaborativa, promoviendo la transparencia y reduciendo las jerarquías rígidas. Esto no solo mejora la satisfacción laboral, sino que también puede dar lugar a soluciones más innovadoras y eficaces, a la vez que permite detectar potencial escondido entre los empleados, el cual puede contribuir a una proyección futura dentro de la organización.

4. Interés genuino por las personas: crear conexiones significativas

La felicidad en el trabajo no solo se trata de tareas y responsabilidades, sino también de relaciones humanas. Las organizaciones que promueven un ambiente en el que se valora a las personas por encima de los roles que desempeñan, fomentan la empatía. Establecer conexiones entre compañeros y superiores no solo mejora el ambiente laboral, sino que también contribuye a un sentido de propósito compartido.

5. Equilibrio entre valores, misión y visión: unidad en la diversidad

Cuando los valores, la misión y la visión de la empresa se alinean con los valores personales y metas de los empleados, se crea un terreno fértil para la satisfacción laboral. Sentirse parte de un propósito más grande y saber que se contribuye a algo significativo puede aumentar la sensación de realización. Las empresas que comunican claramente su propósito y demuestran cómo cada empleado contribuye a él, fortalecen el sentido de identidad y felicidad en el trabajo. Si los valores, la misión, la visión y, en definitiva, la cultura empresarial está claramente expuesta, se va a lograr fortalecer las alianzas con quienes se sienten en armonía, a la vez que se va a permitir a los demás el buscar una salida profesional diferente hacia un entorno donde la alineación entre los valores personales y los de la empresa sea más completa. Esto, aunque en ocasiones nos lleve a pensar que es una puerta abierta para la salida del talento, se debe ver como una manera natural de rotación que beneficiará personalmente al empleado y que beneficiará a la empresa, pues de nada sirve mantener personas que no compartan la estrategia empresarial por la que se ha apostado.

En conclusión, aunque la felicidad dependerá de las premisas que comentaba en el primer párrafo de este artículo, al adoptar estos aspectos clave, las organizaciones pueden ayudar a transformar la manera en que sus empleados experimentan el trabajo y, en última instancia, impulsar el éxito colectivo.

El estrés laboral no se elimina, se gestiona

Hay una idea que me parece especialmente importante cuando hablamos de estrés laboral y es la de que no podemos pretender que las personas t...