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jueves, 19 de marzo de 2026

La IA no va de tecnología

La semana pasada asistí a un evento sobre Inteligencia Artificial aplicada a Recursos Humanos y salí con una idea bastante clara: estamos poniendo demasiado foco en la tecnología y poco en lo que realmente marca la diferencia.

Las herramientas están ahí. Cada vez son más accesibles, más potentes y más fáciles de usar. Pero eso, por sí solo, no transforma nada. Como mucho, acelera lo que ya existe.

Uno de los mensajes que más se repitió fue que la IA sin cambio cultural tiene un impacto limitado. Y creo que efectivamente, esa es una de las claves. Muchas organizaciones están incorporando IA sobre procesos que ya existían, sin cuestionarlos demasiado y eso tiene un recorrido corto. Volvemos a lo de siempre, implementamos esto "porque todos lo hacen, porque es la moda", sin plantearnos que este cambio no es una simple herramienta o algo que pase de moda, sino un nuevo paradigma que revoluciona y transforma lo existente.


El cambio real viene cuando te obligas a replantear cómo trabajas, cuando dejas de preguntarte “cómo encajo la IA” y empiezas a preguntarte “qué debería dejar de hacer como hasta ahora”. Y claro, es ahí donde aparece la dificultad.

No estamos hablando solo de procesos, sino de personas que deben adaptarse a un cambio cultural en todos los niveles. Estamos hablando de líderes que tienen que tomar decisiones en entornos nuevos sin haber sido preparados para ello. Estamos hablando de equipos que tienen que adaptarse mientras gestionan incertidumbre. Y estamos hablando de una organización que, en muchos casos, no ha terminado de explicar bien el “para qué” de todo esto.

Salir de la zona de confort y entrar en una zona de incertidumbre no es cómodo, y mucho menos cuando nos sacan prácticamente de manera obligada, como ya nos ocurrió con la pandemia del coronavirus. Como ya dije entonces, sigo creyendo que muchas resistencias no tienen que ver con lo nuevo (en este caso la IA), sino con la falta de claridad y de transparencia.

En el evento también se habló mucho de bienestar y de cómo la IA puede ayudarnos a anticipar problemas como el burnout o el absentismo. Y es cierto, el potencial es enorme. Pero aquí introduciría un matiz: no todo es predecible y la IA nos va a dar el dato, pero éste no sustituye la conversación. La IA nos va a ayudar a detectar patrones, pero no a entender completamente lo que le pasa a una persona, por ello la afirmación de que el factor humano sigue siendo imprescindible.

En definitiva, estaremos de acuerdo que en la parte más operativa, el impacto ya es evidente: procesos más ágiles, mejor acceso a la información, decisiones más rápidas. Pero adoptar no es lo mismo que transformar y el impacto real llegará cuando se cambien las decisiones, no mientras se implantan herramientas. Y esto implica lo que ya sabemos que no va a ser cómodo, y no es otra cosa que la de dejar de hacer ciertas cosas como se hacían antes.

La sensación que me queda es que la IA no va de tecnología. Va de cómo decidimos trabajar, liderar y relacionarnos a partir de ahora, porque la IA puede ayudarnos a hacer mejor muchas cosas, pero no va a sustituir el criterio, ni la confianza, ni la capacidad de entender a las personas. Y ahí, como casi siempre en Recursos Humanos, es donde realmente está la diferencia.


lunes, 8 de marzo de 2021

Autoliderazgo en tiempos de coronacrisis

Últimamente, hemos estado hablando en este blog del liderazgo. Hoy, concretamente, llevo este concepto al terreno individual y, por ello, quiero reflexionar sobre el autoliderazgo en estos momentos de crisis sanitaria, económica y, por supuesto, existencial.

Podemos bajar la cabeza y volvernos negativos ante la situación actual, pero también podemos interpretar esta pandemia como una gran oportunidad de aprendizaje y de crecimiento. Se trata de una situación global en la que hemos sido todos sacudidos y sacados de nuestra zona de confort sin que nadie nos haya consultado si era o no nuestro deseo, por lo que visto el plan, qué mejor que sacarle partido a esta situación sobrevenida e impuesta.

Toda nuestra vida es una experiencia constante de cambios y nos movemos de forma dinámica entre el confort, el miedo a salir de él, el aprendizaje una vez hemos salido y el crecimiento conseguido con ese aprendizaje ya consolidado a lo largo del tiempo. En definitiva, un camino de emociones que nos hacen ser mejores profesionales y mejores personas siempre y cuando seamos capaces aprovechar estos cambios y los vivamos como oportunidades.

Algunos cambios son provocados por factores propios de la persona o endógenos; otros, en cambio, por factores exógenos o propios del entorno. En este caso, la Covid es un factor exógeno, extraordinario y sin precedentes en la era moderna, que ha conseguido desequilibrar a todo un planeta y, sin aviso y “sin pedir permiso”, ha entrado de golpe en nuestras vidas. Hace un año estábamos habituados a lo conocido, a lo rutinario propio de nuestra zona de confort, donde la toma de decisiones para salir de ella la podíamos hacer de una forma pausada, meditada y confortable. Con la llegada de la pandemia, los estados de alarma, los confinamientos y las restricciones, los cambios fueron impuestos, sin apenas poderlos digerir, y pasamos de una zona de confort a una zona de miedo, para pasar después a una zona de aprendizaje, en la que nos encontramos ahora, y en la que debemos ser capaces de aprovechar todas las lecciones que se nos brinden para que ese aprendizaje nos sirva como crecimiento: personal, profesional, social, científico, tecnológico…

Pero para saber aprovechar este aprendizaje se requiere autoliderazgo, gracias al cual vamos a poder reconocer y aceptar que hay una nueva realidad de la que van a sobrevivir (entendiendo este “sobrevivir” como salir ganando) quienes sean capaces de adaptarse y reinventarse con agilidad, perseverancia y resiliencia. Este autoliderazgo implica aceptar también que somos vulnerables y frágiles, sobre todo con factores exógenos, que por muy minúsculos e imperceptibles que sean a simple vista, pueden trastocar nuestros planes y obligarnos a escoger entre desistir, conformarnos o luchar.

El autoliderazgo, aunque debe nacer desde la propia persona, no tiene por qué ser estrictamente individual y solitario, ya que probablemente a nuestro alrededor tengamos colegas, amigos, familiares e incluso desconocidos que también estén en un momento de gestión del autoliderazgo. Por lo tanto, podríamos apoyarnos y crear redes entre nosotros para conseguir que esa necesaria reinvención sea más enriquecida y firme. Para conseguir autoliderarse hay que ser reflexivos y realistas y llegar a hacernos muchas preguntas, algunas de las cuales a veces nos será difícil contestar, pero que gracias a otras personas y al compartir esas emociones con ellos, vamos a saber darles probablemente una respuesta, por ello, cobra importancia esta experiencia de autoliderazgo compartido.

Deberíamos preguntarnos acerca del entorno, de qué nos gusta y qué no de esta nueva realidad. ¿Hay algo que podamos hacer para contribuir de forma positiva a nuestro aprendizaje y crecimiento? ¿Qué podemos hacer para valorar los pequeños detalles de este presente que estamos viviendo? También tenemos que reflexionar sobre nosotros, sobre cuáles son nuestras fortalezas y nuestras debilidades que probablemente habremos descubierto con esta situación. ¿Cómo podemos ofrecer nuestras fortalezas a otros y cómo podemos ayudarnos de otros en nuestras debilidades? ¿Qué energía tenemos y cómo podemos hacer para que esa energía se mantenga o mejore? ¿Qué es lo peor que podría pasarnos y cómo podemos prepararnos para ello? Y, finalmente, tenemos que reflexionar también sobre las demás personas, siendo empáticos y utilizando habilidades de la inteligencia emocional. ¿Cómo queremos que los demás nos vean? ¿Cómo queremos que los demás nos recuerden? ¿Cómo podemos mejorar nuestra actitud hacia otros?

Creo que son momentos de aprendizaje para llegar a culminar esa fase de crecimiento. El miedo debería haberse convertido ya en respeto hacia un virus que todavía no lo tenemos controlado, pero que se ha comprobado que es capaz de llegar a paralizarnos. El miedo se tiene que saber gestionar y debemos aprovechar esta situación para salir más reforzados, para seguir creciendo y para estar más fuertes en futuras controversias que nos pueda deparar la vida. Como decía Víctor Frankl “Cuando la situación es buena disfrútala. Cuando la situación es mala, transfórmala. Cuando la situación no puede ser transformada, entonces transfórmate tú”. Como podemos ver, es una cuestión de decisión, es una cuestión de actitud, es una cuestión que debe nacer desde nuestro interior, es una cuestión que requiere de autoliderazgo.

jueves, 21 de enero de 2021

El miedo a la novedad

Hace ya unas décadas que la sociedad exige cambios, en ocasiones sobrevenidos y de manera precipitada como ha ocurrido con esta crisis sanitaria, que nos ha obligado a cambiar nuestros procesos, nuestra manera de trabajar, de relacionarnos, de vivir… Y, en otras ocasiones, de manera más previsible, pero no por ello menos rápida, como son los cambios constantes al que el auge tecnológico nos arrastra desde hace ya algunas décadas.

Debemos ser conscientes de que el cambio es algo inherente a la persona y, por ende, a la sociedad. Cambiamos constantemente porque la vida en sí misma es un ciclo de cambio. Sin embargo, también es cierto que no nos gusta demasiado el cambio y acostumbramos a ser bastante reticentes, sobre todo cuando lo vemos como algo ajeno a nosotros mismos y como algo que nos imponen.

Esa resistencia nace del miedo a lo nuevo, sobre la que suele aflorar un sentimiento catastrofista. Por eso, es importante que, desde la empresa, pero también desde la propia persona, sepamos reconocer que los cambios no son siempre malos y que debemos darles una oportunidad, admitiendo en primer lugar que quedarse anclado a la larga no nos ayudará.

Como decía, las nuevas tecnologías, la globalización, y ahora una pandemia, han introducido modificaciones significativas sobre las bases en que se desarrollaba la actividad empresarial, lo que obliga a establecer procesos de adaptación en la producción, en los sistemas, en los puestos de trabajo y, por consecuencia, en la mente de las personas. Estos procesos no pueden quedar a medio camino, sino que deben desarrollarse para poder después sacar conclusiones, valoraciones y nuevas decisiones que permitan establecerlos como definitivos, modificarlos o bien retroceder al estado inicial si la implementación resultase fallida. Pero como digo, es necesario darles una oportunidad y un tiempo antes de sacar conclusiones negativas desde el inicio.

Por lo que respecta a las personas, a los empleados, cualquier cambio interno comporta cambios mentales, pues cambian los roles, las funciones, las relaciones, la manera de dirigir y liderar,… y aquí es donde se hace evidente la importancia que tiene no sólo poner el foco en el cambio corporativo, sino también en el cambio paralelo que ocurre en las percepciones de las personas, para evitar bloqueos actitudinales que conviertan a un equipo en un simple conjunto de personas desmotivadas, siendo perjudicial tanto para la empresa como para ellas mismas.

Por este motivo, volviendo a la empresa, concretamente al liderazgo de los mandos, una nueva cualidad necesaria en los líderes de hoy es la de saber gestionar conflictos y la de saber hacer de psicólogo y coach con las personas que gestiona. Estas nuevas cualidades son las que van a permitir diferenciar al jefe (entendido como gestor de personas basado en el mando y control), figura más relacionada con las culturas del siglo pasado, del líder (entendido como orientador y gestor del cambio), figura que resulta imprescindible en las empresas que quieran estar en el pódium de su sector y en las empresas referentes del mercado en las que cualquier persona quisiera poder entrar a trabajar.


lunes, 4 de mayo de 2020

MAYO: Lo que el Salmón nos instruye sobre la salida de la Zona de Confort

¿Quién me ha robado el mes de abril? es el título de una de las canciones más conocidas de Joaquín Sabina que lanzó a finales de los años 80 y que cobra todo el sentido en este mes que acabamos de dejar atrás.

Abril ha sido un mes en el que ese ser microscópico llamado coronavirus, que empezó a trastocar a medio mundo durante los meses de febrero y marzo, ha llegado a conquistar prácticamente la totalidad del planeta, obligando a la humanidad a romper con todo, a salir de su rutina en todos y cada unos de los ámbitos: el personal, el familiar, el laboral… absolutamente todos. Por esto, durante el mes de mayo, cuando la mayoría de países están ya iniciando la desescalada del desconfinamiento por tramos y franjas que permitirán caminar hacia la “nueva normalidad” (como la han bautizado los gobiernos), quiero dedicar este espacio a hablar sobre la zona de confort.

Pero, una vez más antes de empezar a reflexionar sobre la temática, os quiero presentar a un nuevo animal que nos demuestra que salir de la zona de confort no siempre es negativo, incluso en ocasiones se convierte en algo necesario como es su caso. Este mes vamos a hablar del Salmón.


El salmón es un pez marino y de agua dulce que, además de ser uno de los peces más cotizados por su valor alimenticio y sus huevas con las que se hace el sucedáneo de caviar, forma parte del grupo de peces diádromos, es decir, peces migratorios que viajan entre el agua dulce y el agua salada. De hecho, el salmón nace en aguas dulces, viaja hasta aguas saladas y vuelve al lugar donde nació para reproducirse. El salmón tiene cuerpo alargado, mandíbulas grandes y color azul grisáceo. Su cola es alargada y flexible, lo que le permite alcanzar velocidades de 50km/h y recorrer unos 20.000km en los océanos. En su etapa inicial se le conoce como alevín y se alimenta básicamente de insectos terrestres y acuáticos. En su etapa adulta, se alimenta de otros peces y suele alcanzar los 9kg, aunque dependiendo del hábitat en el que se encuentre podría llegar hasta los 45kg. Pero lo que más caracteriza al salmón frente a otros peces es su proceso de reproducción durante los entre 3 y 8 años que suele durar su ciclo de vida. Después de recorrer miles de km a lo largo de su vida hacia el mar, vuelve a las aguas dulces del lugar donde nació, nadando en sentido ascendente de los ríos y sorteando todo tipo de obstáculos. Una vez allí suele hacer una serie de nidos, en cada uno de los cuales desovará entre 500 y 1000 huevos, realizando unas 7 puestas en total, que tratará de incubar durante aproximadamente dos meses hasta que llega el momento de su muerte.

La vida del salmón es un claro ejemplo de entradas y salidas constantes de las zonas de confort en las que habita. Una primera zona de aguas dulces donde nace, una segunda zona de aguas saladas donde crece y, de nuevo, una tercera zona de las aguas dulces donde empezó su vida. Todo ello le supone una serie de adaptaciones progresivas durante esos viajes, que tiene que poder asimilar y afrontar si desea llegar a cumplir sus objetivos de vida. 


¿Qué entendemos por zona de confort?. Ésta la podemos definir como aquel espacio físico y/o mental en el que no arriesgamos, donde nos sentimos cómodos, sin miedos ni ansiedades, pero también en el que no crecemos. 

Permanecer mucho tiempo en la zona de confort lleva a la apatía, a la desmotivación, al sinsentido y a la negación ante cualquier nueva idea o necesidad de asumir riesgos.

Durante estas últimas semanas se está dando un fenómeno un tanto curioso y es que, a diferencia de lo que suele ser habitual, millones de personas nos hemos visto sacadas a la fuerza de nuestra zona de confort sin que en ningún caso haya sido por decisión propia. Aunque salir de la zona de confort puede estar motivado por decisión propia o por decisión ajena, suele ocurrir de manera individualizada o en determinados grupos o comunidades, pero no a gran escala mundial como está ocurriendo.

Además, se da otra curiosidad y es que, después de tantas semanas de confinamiento, la mayoría de nosotros hemos creado una nueva zona de confort en nuestras casas, en nuestros nuevos espacios limitados, en los que hemos construido nuestra oficina de trabajo, la escuela de los niños, nuestros rincones de bricolaje y cocina e incluso nuestros gimnasios. Nos sentimos incómodos al salir a los espacios públicos, solitarios, con mil y una medidas de protección, con distanciamiento social impuesto, vigilados más que nunca por los cuerpos de seguridad… y, en definitiva, deseando volver a nuestras casas, donde ahora se halla nuestra nueva zona de confort. 

Pero además, sabiendo que en breve, con la desescalada del desconfinamiento, vamos a volver a recuperar poco a poco la zona de confort que nos arrebataron, siendo conscientes además de que ya no será como la conocíamos.

Para afrontar todo este cóctel mental tenemos que estar haciendo una gestión emocional extremadamente activa y constante y más si antes, en algún momento del pasado, no la habíamos empezado a trabajar, porque de lo contrario en un corto o medio plazo podría acarrearnos serios problemas y miedos que trastocarían nuestro día a día.

Por todo ello, remarco la importancia que tiene experimentar salidas de la zona de confort durante nuestras vidas. Algunas razones son:
  1. Ayuda a prepararte para tiempos difíciles, principalmente para aquellos en los que abandonar la zona de confort no es decisión propia.
  2. Elaboras y pones en práctica nuevas herramientas y recursos.
  3. También te vuelves más creativo y productivo, porque te desenvuelves con nuevos estímulos, nuevos aprendizajes y en nuevos contextos en los que experimentas un alto deseo de realizar las cosas bien.
  4. Te permite ganar autoconfianza y crecimiento personal.

Debemos, por lo tanto, sentirnos ahora partícipes de un ciclo de entradas y salidas constantes de diferentes zonas de confort en las que nuestra visión va a tener que ser lo más positiva, realista y transformadora posible. Donde debemos entender que van a existir debilidades y amenazas (vulnerabilidad al contagio, amenaza de perder nuestro trabajo, nuestra comodidad…), pero también fortalezas y oportunidades (nuevos escenarios, nuevos aprendizajes, fortalecimiento de nuestra resiliencia e inteligencia emocional…). Debemos entender que de la crisis sanitaria y económica en la que nos encontramos, cabe espacio para salir fortalecidos y aprovechando nuevas oportunidades que se nos van a abrir y en las que debemos tratar de convertir cualquier emoción negativa en algo positivo: el miedo en valentía, la ira en creación, la tristeza en compañía…

Es importante un buen manejo de nuestras emociones en un momento en el que estamos saltando de agua dulce a agua salada para volver a un agua dulce que habrá cambiado a como la conocíamos, al menos durante los primeros meses.

EL AUTÉNTICO AUTODESCUBRIMIENTO COMIENZA DONDE TERMINA TU ZONA DE CONFORT (Adam Braun)

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