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jueves, 4 de junio de 2020

JUNIO: Lo que la Hormiga nos enseña al aplicar el Individualismo para autoprotegerse

Apenas hace un mes hablábamos de la importancia de lograr gestionar correctamente las salidas de nuestras zonas de confort que vamos construyendo a lo largo de nuestras vidas. Concretamente, conocíamos cómo era la vida del Salmón para poder explicar y entender la necesidad de esta gestión principalmente emocional. A principios de mayo empezábamos a conocer en España el plan de desescalada, referido a cómo salir del confinamiento al que durante el mes de abril y parte de marzo nos habíamos visto sometidos por la invasión de la pandemia del coronavirus. Hoy, principios de junio, España se encuentra, como muchos otros países, en plena desescalada, teniendo zonas en las que las libertades se empiezan a recuperar, aunque con bastantes cambios a como las conocíamos apenas 3 meses atrás.
Por ello, este mes, quiero centrarme en lo que quizás más nos está costando aceptar, incluso siendo conscientes que cualquier infracción o acto incívico puede volver a llevarnos a un rebrote del virus que nos vuelva a confinar en nuestras casas. Me refiero, a las “normas” que contiene este plan de desescalada vinculado a franjas horarias, edades y zonas, añadiendo a todo esto restricción de movimientos y de espacios (prohibición de viajar, de ir al gimnasio, a un espectáculo, a un restaurante con un grupo de amigos, de entrar en un comercio sin pensar en llevar mascarilla o ponerte gel antiséptico en las manos, sin poder disfrutar de la piscina o de la playa, sin poder ir a visitar a los abuelos a sus residencias, etc…). El plan de desescalada conlleva implícita la misma norma que tuvimos durante el confinamiento: apelar al individualismo lo máximo que se pueda para protegernos del contagio. Y para hablar de este concepto sociológico, el individualismo, voy a presentaros a un animal que bien podría haber cabido en un post relacionado con el trabajo en equipo, pero que lo incluyo aquí debido a una de sus facetas que nos viene como anillo al dedo para aprender sobre el tema que hoy nos ocupa. Este animal es la Hormiga.


Las hormigas son una familia de insectos con el nivel más alto de organización social que se da en determinados animales. Existen más de 150.000 especies conocidas y habitan en todos los continentes excepto en la Antártida y algunas grandes islas como Groenlandia e Islandia. Como el resto de insectos, las hormigas cuentan con exoesqueleto (esqueleto externo que recubre, protege y soporta el cuerpo del animal) y tienen una visión pobre o nula, orientándose con sus dos antenas que detectan sustancias químicas, corrientes de aire y vibraciones. Las hormigas tienen 6 patas y, en algunas especies, las reinas y machos tienen alas. La mayor parte son depredadoras, carroñeras o herbívoras. Viven en colonias, que pueden llegar a ser longevas, en las que la reina puede vivir hasta 30 años, mientras que las obreras viven entre 1 y 3 años. Los machos apenas viven unas semanas. Se comunican entre ellas por medio de feromonas (secreción de sustancias químicas), se defienden atacando mediante mordiscos o picando y son capaces de formar ejércitos para la lucha. Lo que más llama la atención de las hormigas es su capacidad de organización y su especialización en tareas que van encaminadas a alcanzar un mismo objetivo. Además, y vinculándolo al tema que nos concierne en esta ocasión, son capaces de autoaislarse cuando se enferman para no contagiar a las hormigas sanas, quienes evitan el contacto con ellas, pero a la vez las protegen manteniendo distanciamiento y reforzando la protección de la reina y de las “hormigas enfermeras”. Según un estudio publicado en la revista Proceedings of the RoyalSociety B, este comportamiento reduce la mortalidad de las hormigas enfermas de un 80% a un 10%.


Me quedo con estas últimas líneas descriptivas de la hormiga. En tiempos de coronavirus, como la hormiga, hemos sido más o menos capaces de organizarnos, especializarnos en determinadas tareas y encaminar muchos de nuestros actos hacia un mismo objetivo: vencer la pandemia. Pero además, decimos que las hormigas son capaces de autoaislarse y protegerse cuando existe un riesgo que las hace enfermar y podría acabar con la colonia. Éste es sin duda el aspecto clave al que ahora nos instan todos nuestros gobiernos y expertos en sanidad y epidemiología con el fin de vencer al virus y evitar cualquier rebrote que pueda devolvernos a las medidas estrictas de confinamiento y privación de libertades a las que hemos sido sometidos estas últimas semanas.

Si en la hormiga es innata esta cualidad de autoprotección, a nosotros nos la tienen que recomendar, repetir e incluso obligar mediante el uso de la Ley. Quizás deberíamos ser conscientes que la hormiga no lo hace por capricho, sino por necesidad de protección para asegurar la supervivencia. Nada lejos del propósito que nosotros deberíamos perseguir, el de evitar más muertes, proteger a nuestros más vulnerables (principalmente, los ancianos) y mantener para ello el distanciamiento social que nos asegure una disminución importante del riesgo de contagio. Desgraciadamente, en los últimos días vemos pequeños colectivos que para nada tienen claro estos riesgos y actúan incívicamente poniendo en riesgo la salud de todo el mundo. Es cierto que son una minoría, pero lo suficiente como para propagar un virus prácticamente desconocido y sobre el que por ahora no tenemos una vacuna.

Durante estos meses, el personal sanitario, entre otros profesionales, ha estado formado por las hormigas enfermeras que han estado velando por las víctimas de este virus. Ahora, nos toca a nosotros ser responsables y mantener el distanciamiento y el individualismo necesario para conseguir el objetivo único de vencer la pandemia y volver a nuestra añorada normalidad.

Para finalizar, sólo añadir que, si bien es cierto que en muchas ocasiones se habla de los efectos negativos del individualismo, que va en contra de la propia naturaleza humana que nos caracteriza por ser seres sociales que necesitamos relacionarnos con los demás para sentirnos queridos e integrados en un grupo, ahora, en estos tiempos que corren, tenemos que intentar restar importancia a esos aspectos negativos del individualismo y hacer un esfuerzo de potenciación del mismo para poder salvarnos y llegar a ser una sociedad altamente efectiva como éramos antes de esta pandemia. Para ello, las alternativas a la no socialización las podemos encontrar a través de la tecnología, de la que últimamente estamos haciendo un uso claramente exponencial, pero también en el respeto de todas las medidas que se están implementando para facilitarnos la ardua tarea de distanciarnos de los demás por un tiempo.

EL INDIVIDUALISMO NO ES TANTO UN FIN COMO UN CAMINO, NO EL MEJOR, SINO EL ÚNICO (Friedrich Hebbel)

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lunes, 4 de mayo de 2020

MAYO: Lo que el Salmón nos instruye sobre la salida de la Zona de Confort

¿Quién me ha robado el mes de abril? es el título de una de las canciones más conocidas de Joaquín Sabina que lanzó a finales de los años 80 y que cobra todo el sentido en este mes que acabamos de dejar atrás.

Abril ha sido un mes en el que ese ser microscópico llamado coronavirus, que empezó a trastocar a medio mundo durante los meses de febrero y marzo, ha llegado a conquistar prácticamente la totalidad del planeta, obligando a la humanidad a romper con todo, a salir de su rutina en todos y cada unos de los ámbitos: el personal, el familiar, el laboral… absolutamente todos. Por esto, durante el mes de mayo, cuando la mayoría de países están ya iniciando la desescalada del desconfinamiento por tramos y franjas que permitirán caminar hacia la “nueva normalidad” (como la han bautizado los gobiernos), quiero dedicar este espacio a hablar sobre la zona de confort.

Pero, una vez más antes de empezar a reflexionar sobre la temática, os quiero presentar a un nuevo animal que nos demuestra que salir de la zona de confort no siempre es negativo, incluso en ocasiones se convierte en algo necesario como es su caso. Este mes vamos a hablar del Salmón.


El salmón es un pez marino y de agua dulce que, además de ser uno de los peces más cotizados por su valor alimenticio y sus huevas con las que se hace el sucedáneo de caviar, forma parte del grupo de peces diádromos, es decir, peces migratorios que viajan entre el agua dulce y el agua salada. De hecho, el salmón nace en aguas dulces, viaja hasta aguas saladas y vuelve al lugar donde nació para reproducirse. El salmón tiene cuerpo alargado, mandíbulas grandes y color azul grisáceo. Su cola es alargada y flexible, lo que le permite alcanzar velocidades de 50km/h y recorrer unos 20.000km en los océanos. En su etapa inicial se le conoce como alevín y se alimenta básicamente de insectos terrestres y acuáticos. En su etapa adulta, se alimenta de otros peces y suele alcanzar los 9kg, aunque dependiendo del hábitat en el que se encuentre podría llegar hasta los 45kg. Pero lo que más caracteriza al salmón frente a otros peces es su proceso de reproducción durante los entre 3 y 8 años que suele durar su ciclo de vida. Después de recorrer miles de km a lo largo de su vida hacia el mar, vuelve a las aguas dulces del lugar donde nació, nadando en sentido ascendente de los ríos y sorteando todo tipo de obstáculos. Una vez allí suele hacer una serie de nidos, en cada uno de los cuales desovará entre 500 y 1000 huevos, realizando unas 7 puestas en total, que tratará de incubar durante aproximadamente dos meses hasta que llega el momento de su muerte.

La vida del salmón es un claro ejemplo de entradas y salidas constantes de las zonas de confort en las que habita. Una primera zona de aguas dulces donde nace, una segunda zona de aguas saladas donde crece y, de nuevo, una tercera zona de las aguas dulces donde empezó su vida. Todo ello le supone una serie de adaptaciones progresivas durante esos viajes, que tiene que poder asimilar y afrontar si desea llegar a cumplir sus objetivos de vida. 


¿Qué entendemos por zona de confort?. Ésta la podemos definir como aquel espacio físico y/o mental en el que no arriesgamos, donde nos sentimos cómodos, sin miedos ni ansiedades, pero también en el que no crecemos. 

Permanecer mucho tiempo en la zona de confort lleva a la apatía, a la desmotivación, al sinsentido y a la negación ante cualquier nueva idea o necesidad de asumir riesgos.

Durante estas últimas semanas se está dando un fenómeno un tanto curioso y es que, a diferencia de lo que suele ser habitual, millones de personas nos hemos visto sacadas a la fuerza de nuestra zona de confort sin que en ningún caso haya sido por decisión propia. Aunque salir de la zona de confort puede estar motivado por decisión propia o por decisión ajena, suele ocurrir de manera individualizada o en determinados grupos o comunidades, pero no a gran escala mundial como está ocurriendo.

Además, se da otra curiosidad y es que, después de tantas semanas de confinamiento, la mayoría de nosotros hemos creado una nueva zona de confort en nuestras casas, en nuestros nuevos espacios limitados, en los que hemos construido nuestra oficina de trabajo, la escuela de los niños, nuestros rincones de bricolaje y cocina e incluso nuestros gimnasios. Nos sentimos incómodos al salir a los espacios públicos, solitarios, con mil y una medidas de protección, con distanciamiento social impuesto, vigilados más que nunca por los cuerpos de seguridad… y, en definitiva, deseando volver a nuestras casas, donde ahora se halla nuestra nueva zona de confort. 

Pero además, sabiendo que en breve, con la desescalada del desconfinamiento, vamos a volver a recuperar poco a poco la zona de confort que nos arrebataron, siendo conscientes además de que ya no será como la conocíamos.

Para afrontar todo este cóctel mental tenemos que estar haciendo una gestión emocional extremadamente activa y constante y más si antes, en algún momento del pasado, no la habíamos empezado a trabajar, porque de lo contrario en un corto o medio plazo podría acarrearnos serios problemas y miedos que trastocarían nuestro día a día.

Por todo ello, remarco la importancia que tiene experimentar salidas de la zona de confort durante nuestras vidas. Algunas razones son:
  1. Ayuda a prepararte para tiempos difíciles, principalmente para aquellos en los que abandonar la zona de confort no es decisión propia.
  2. Elaboras y pones en práctica nuevas herramientas y recursos.
  3. También te vuelves más creativo y productivo, porque te desenvuelves con nuevos estímulos, nuevos aprendizajes y en nuevos contextos en los que experimentas un alto deseo de realizar las cosas bien.
  4. Te permite ganar autoconfianza y crecimiento personal.

Debemos, por lo tanto, sentirnos ahora partícipes de un ciclo de entradas y salidas constantes de diferentes zonas de confort en las que nuestra visión va a tener que ser lo más positiva, realista y transformadora posible. Donde debemos entender que van a existir debilidades y amenazas (vulnerabilidad al contagio, amenaza de perder nuestro trabajo, nuestra comodidad…), pero también fortalezas y oportunidades (nuevos escenarios, nuevos aprendizajes, fortalecimiento de nuestra resiliencia e inteligencia emocional…). Debemos entender que de la crisis sanitaria y económica en la que nos encontramos, cabe espacio para salir fortalecidos y aprovechando nuevas oportunidades que se nos van a abrir y en las que debemos tratar de convertir cualquier emoción negativa en algo positivo: el miedo en valentía, la ira en creación, la tristeza en compañía…

Es importante un buen manejo de nuestras emociones en un momento en el que estamos saltando de agua dulce a agua salada para volver a un agua dulce que habrá cambiado a como la conocíamos, al menos durante los primeros meses.

EL AUTÉNTICO AUTODESCUBRIMIENTO COMIENZA DONDE TERMINA TU ZONA DE CONFORT (Adam Braun)

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