miércoles, 23 de junio de 2021

"El dolor es inevitable, el sufrimiento opcional"

Muchas veces confundimos el dolor con el sufrimiento. Como decía Buddha, sentir dolor es inevitable mientras que sufrir es una opción. 

Con esta contundente afirmación inicio hoy esta reflexión sobre el cómo justificar la diferencia existente entre la manera que tenemos de influir sobre ambos conceptos y cómo, desde un punto de vista psicológico, podemos influir nosotros para que el sufrimiento acapare el menor tiempo posible de nuestras vidas. 

Dolor y sufrimiento son parte de la vida, aunque en ocasiones sufrimos innecesariamente. A veces los usamos como sinónimos, pero la principal diferencia radica en que mientras el dolor es necesario para el aprendizaje, el sufrimiento simplemente es una elección y, en muchas ocasiones, incluso una forma de vida.

Hay personas que utilizan el sufrimiento como barrera para no asumir el dolor, para no responsabilizarse del dolor o para hacerse la víctima y acaparar así la atención de los otros, supliendo de esta forma carencias de su propia baja autoestima.

Para poder dar cuerpo a la afirmación de Buddha, pondré un ejemplo que ayude a esclarecer lo inevitable del dolor y lo más evitable que puede ser el sufrimiento en determinadas ocasiones. 

Cuando acabo de correr un maratón mis piernas están sintiendo un dolor inevitable derivado del estrés repetitivo que han sufrido tras esa larga distancia. Pero, sin embargo, no experimento sufrimiento, sino que éste probablemente decido sustituirlo por felicidad y satisfacción por haber alcanzado la meta que me había propuesto. 

En cambio, si tengo la mala suerte de caerme tras un resbalón y romperme una pierna, el dolor seguirá siendo inevitable, pero el sufrimiento aparecerá también como emoción en cuestión de minutos u horas, cuando llegue a casa con la pierna escayolada y el pensamiento de que me queda un largo tiempo para poder caminar de nuevo. Ese sufrimiento se verá retroalimentado por la sensación de dolor prolongado en el tiempo de inmovilidad y en el de rehabilitación. Pero este sufrimiento llega un punto en el que podré controlarlo, básicamente luchando contra él con pensamiento positivo, que podré localizar en la motivación por ver los avances conseguidos tras días de recuperación, por sentir el apoyo de quienes me rodean o por comenzar a hacer planes a medio plazo.

Esta situación no es únicamente posible experimentarla con un dolor físico, sino que se aplica idénticamente ante un dolor emocional, como puede ser la pérdida de un ser querido. 

Ante esa trágica situación, por la que prácticamente todos pasamos alguna vez en nuestra vida, el dolor es de nuevo inevitable, un dolor que arranca en el momento de la noticia y que nos acompañará como mínimo durante las primeras fases del proceso de duelo. A partir de cierto momento, cuando la fase de aceptación se está culminando, comienza a tomar presencia el sufrimiento, que será el que podremos controlar y tratar de que desaparezca cuanto antes mejor. Para ello, deberemos de nuevo hacer un importante trabajo emocional, que poco a poco diluya el sufrimiento, llenando nuestro estado anímico de emociones más positivas. El problema surge cuando el sufrimiento se eterniza y la persona cae en un estado depresivo difícil de dejar atrás. 

En psicología, las terapias para evitar que el sufrimiento nos acompañe prolongadamente dando lugar a otros problemas emocionales se basan en la aceptación del dolor desde un principio, evitando que este dolor causado por alguna situación traumática derive hacia una etapa de sufrimiento que comenzaría con la irrupción de pensamientos negativos. Normalizar el sentir emociones negativas ante el dolor, siendo capaz de abandonarlas y sustituirlas por emociones positivas son la base principal de estas terapias.

martes, 8 de junio de 2021

Las expectativas, un arma de doble filo para nuestra felicidad

No es la primera vez que hablo en este espacio sobre la Felicidad como meta. Las personas, de manera prácticamente mecánica e inconsciente, tendemos a ponernos objetivos en nuestra vida que nos permitan ser más felices una vez alcanzados, sin darnos cuenta que muchas veces los objetivos no son suficientemente realistas o, más concretamente, sin cerciorarnos que aun alcanzándolos quizás la felicidad no sea la recompensa que obtengamos.

Cuando pensamos en la felicidad o cuando hablamos de ella, la mayoría de las veces lo hacemos en futuro, como si nunca la hubiéramos experimentado con plenitud o como si alguna vez se nos escapó y tuvimos que empezar nuestra persecución tras ella para volver a tenerla. En otras ocasiones, se habla de ella en pasado, como algo que tuvimos tiempo atrás, pero que algún acontecimiento hizo que se quedase inmóvil y anclada en un punto mientras que nosotros avanzábamos hacia el presente sin ella, por lo que en estos casos todavía se hace más difícil, por no decir imposible, considerar que podremos retroceder en el tiempo a por ella.

Estemos en un sentimiento de expectativas enfocadas en un futuro o lo estemos en un estado de apatía y tristeza por ver cómo la felicidad se nos fue de la manos quedando en un tiempo pasado, debemos hacer un trabajo consciente para entender que la felicidad ni se quedó anclada tiempo atrás ni nos está esperando en el yo del futuro. La felicidad es mucho más que eso, es algo abstracto, difuso y pasivo que siempre está ahí esperando a que alguien la agarre y la haga suya.

La felicidad está presente en el aquí y en el ahora y sólo depende de nosotros el querer verla, apreciarla y disfrutarla. Si pensamos en ella como una meta o como algo que tenemos que alcanzar, difícilmente conseguiremos disfrutarla nunca, porque será muy difícil que lleguemos algún día a estar plenamente conformes con lo que tenemos. Si el pobre cree que la felicidad la alcanzará cuando sea rico y algún día fuese agraciado con un gran premio, esa felicidad sería efímera y pronto se daría cuenta que de nuevo necesitaría otra cosa para ser feliz. Si el trabajador cree que la felicidad la alcanzará cuando se jubile, probablemente llegará ese día y observará que la felicidad no estaba ahí esperándole como había imaginado. Si otra persona considera que la felicidad la va a conseguir cuando cree una familia, llegado el momento, también se dará cuenta que la felicidad todavía sigue estando por delante de él. Porque la persona rica, la trabajadora y la soltera, cuando hayan conseguido su objetivo desearán ser más jóvenes, desearán tener cerca a alguien que perdieron o desearán gozar de una salud que ya no tienen… y así seguirán sin ser felices.

La persona que quería ser rica, la que quería jubilarse y la que quería hacer una familia, eran personas que ya tenían la felicidad a su lado cuando comenzaron a plantearse esos objetivos, pero que simplemente no supieron verla. Tras haber alcanzado sus objetivos, en la mayoría de casos además objetivos materiales, la felicidad puede asomar durante un corto tiempo, pero pronto verán como vuelve a desvanecerse y tendrán nuevos objetivos a alcanzar para poder volver a experimentarla. Y es así como muchísimas personas malgastan sus años de vida siguiendo la estela de la felicidad sin llegar nunca a vivir junto a ella.

La felicidad hay que disfrutarla y hay que verla de otra forma. Hay que saber que está en todo momento a nuestro alrededor, a veces en mayor presencia, otras veces de una manera menos evidente, pero hay que saber encontrarla. Sin duda, las expectativas que nos generamos son las que juegan un papel fundamental cuando hablamos de la felicidad. El hecho de tener expectativas muy ambiciosas puede destruir nuestra posibilidad de experimentar felicidad, por la complejidad de alcanzarlas.

La felicidad suele ser proporcional a nuestro nivel de aceptación e inversamente proporcional a nuestras expectativas, es decir, cuando nuestras expectativas son poco realistas o no tienen en cuenta contratiempos que puedan acontecer, podemos recibir un inesperado jarro de agua fría y alejarnos de la tan ansiada felicidad debido a la frustración experimentada.

Existen numerosas expectativas poco realistas que solemos utilizar constantemente y prácticamente sin darnos cuenta:

“La vida debería ser justa”. Hay que aceptar que la vida no lo es. Hay personas que tienen buena suerte y personas que no la tienen y, por lo tanto, de nosotros dependerá dónde fijamos ese nivel de aceptación para que nuestras expectativas no sean inalcanzables y no sigamos esperando que “la justicia” juegue a nuestro favor.

“Todo saldrá bien”. Nos lo decimos a menudo y es una forma de motivarnos, pero no debemos creernos al 100% esta frase. No podemos confundirnos, porque si algo no sale bien, de nuevo, volveremos a frustrarnos.

“La gente debería entenderme y comportarse bien conmigo”. Otra de las cosas que tenemos que aceptar en esta vida es que no podemos caer bien a todo el mundo. Habrá personas a las que caigamos bien y personas a las que no les caigamos bien. Aceptando esto, seremos mucho más felices.

Y como estas podríamos poner diferentes ejemplos de expectativas a las que solemos dar especial importancia. La clave para poder ser felices está en el ajuste que hagamos sobre nuestras expectativas y para ello debemos saber controlarlas, aceptar más la incertidumbre e intentar vivir las situaciones en el presente sin anticipar el resultado del futuro, el cual podría ser muy diferente al esperado.

También debemos ser conscientes de que hay expectativas más realistas y otras que no lo son tanto, porque en función del grado de posibilidad de que las circunstancias estén a la altura de nuestras expectativas, nuestro nivel de aceptación de lo malo que pueda ir ocurriendo, nos ayudará a caer más o menos en picado en ese abismo de la frustración.

Puede ser también bueno comunicar y compartir las expectativas con los demás, porque también pueden ser una ayuda que nos permitan muchas veces bajar los pies a tierra y darnos cuenta de que lo que estamos esperando puede ser demasiado utópico.

Finalmente, va a ser muy importante tener un plan B que también nos resulte válido. Como hemos comentado, puede haber contratiempos que nos desvíen bastante de la meta que queremos conseguir y un plan alternativo puede ser beneficioso para sentirnos realizados y con los objetivos cumplidos.

Está claro que trabajar más en el “yo”, en la autoreflexión y en la inteligencia emocional, que incluye habilidades como la tolerancia a la frustración, por ejemplo, trae considerables ventajas, entre ellas, y para mí la más importante, la de disfrutar más del momento presente, llegando a ser felices desde ya.

viernes, 28 de mayo de 2021

La conciliación, un 'must' en las ofertas de trabajo

Hace ya bastantes años que la “conciliación” es uno de los conceptos clave en las ofertas de empleo más atractivas, además de uno de los más valorados por los candidatos y las candidatas que buscan empleo. Aunque hoy en día la conciliación debería estar accesible para cualquier persona, independientemente del género, edad y posición jerárquica dentro de una empresa, todavía existen grandes carencias en el ofrecimiento y el acceso a este “casi derecho” que deberíamos tener todas las personas. Sin excluir a otras, ha sido en gran parte gracias a las nuevas generaciones y a sus principales prioridades de vida, que la búsqueda de la conciliación como principio y valor en las organizaciones se ha ido imponiendo poco a poco en el entramado laboral de las sociedades modernas.

Pero conciliar, no significa la posibilidad de entrar media hora antes o después al puesto de trabajo para recuperarla en la salida; conciliar significa mucho más. Es establecer estructuras y sistemas de apoyo adecuados que permitan compatibilizar los diferentes roles que las personas han decidido asumir en su entorno laboral, personal, familiar, social, etc.

Ha llegado el momento de ir más allá de la pura definición del término conciliación. Se ha ido haciendo bastante evidente, y hasta cierto punto se ha entrado en bucle, el asumir que en las últimas décadas las mujeres se han incorporado de forma masiva al mercado de trabajo y que los roles tradicionales de género han ido cambiando. En ocasiones, cuando hablamos de conciliación, parece que ésta se aplique exclusivamente a la mujer, como "un favor" que las empresas le están haciendo para poder llegar las otras tareas familiares. Sin embargo, gracias a la lucha continua en defensa de la igualdad, poco a poco se va asumiendo que la conciliación debe ir orientada por igual a mujeres y hombres, quienes de manera natural deben asumir el rol de padre/madre o amo/a de casa en el entorno familiar, al igual que el de jefe/a o director/a en el entorno laboral.

Conciliar, como todo, conlleva para las empresas ventajas e inconvenientes, pero a diferencia de lo que se pueda pensar globalmente, las ventajas superan y eclipsan con creces cualquier inconveniente que podamos plantearnos.

Las principales ventajas para una empresa que ofrece conciliación son la atracción y retención del talento, competitividad en el mercado laboral, mejora del clima laboral y reducción del absentismo, así como repercusión positiva en términos de productividad e imagen corporativa.

Los inconvenientes que podríamos pensar para una empresa que apueste por ella, podrían ser los derivados de la implantación, de los costes de cumplimiento de la legislación y de los costes de tiempo para poner en marcha políticas de conciliación.

Pero como decíamos, las políticas de conciliación no siempre suponen un coste añadido. No hay que olvidar que aquellas medidas que a priori sí suponen una inversión económica para la organización, también suponen un retorno de la inversión en un medio y largo plazo al hablar de claros beneficios en la motivación de los empleados y empleadas que van a mejorar su rendimiento y, con ello, la productividad.

Las empresas de hoy en día deben tener cierta actitud sensible hacia esta cuestión, porque también las empresas forman parte de la gran red social, e igual que la escuela tiene que educar a los niños y niñas en cuestión de igualdad, también lo deben hacer las empresas.

La falta de corresponsabilidad y la existencia de trabas para conciliar la vida personal, familiar y laboral, contribuyen a una discriminación laboral, muchas veces de manera inconsciente, que hace que existan, por ejemplo, esas diferencias salariales entre mujeres y hombres que han llevado a los Gobiernos a establecer leyes para erradicarlas. Es por ello, que uno de los valores fundamentales en cualquier organización de hoy en día debería ser la igualdad entre sus empleados y empleadas, orientada a ofrecer las mismas posibilidades salariales, de promoción, de conciliación, de flexibilidad horaria, etc.

Ha quedado totalmente obsoleto el pensamiento de que la vida personal y familiar de los empleados pertenece al ámbito privado y que las organizaciones no tienen que hacer nada con ello. La evolución de las políticas de igualdad, la incorporación de la mujer al mundo laboral y el talento existente obviamente en cualquiera de los dos géneros, hace abrir la mente y por eso cada vez hay más organizaciones preocupadas por la vida personal de sus plantillas. Cualquier persona dentro de la organización, incluida la Dirección, debería sentir la necesidad de equilibrar su vida profesional con la personal. De no ser así, y pensar únicamente en las cifras de negocio, estaríamos ante un grave problema, ya que se estaría descuidando una de las partes más importantes de la vida que es la personal, en la que se incluye la familia y el disfrute del tiempo libre, por poner sólo un par de ejemplos. No olvidemos nunca que, ante todo, somos personas.

martes, 18 de mayo de 2021

La acumulación de roles en una misma persona: tips para no quemarse

Una misma persona puede tener varios roles y llegar a realizar diversas actividades a lo largo del día: ser cabeza de familia, hacerse responsable de las tareas del hogar, ser quien eduque a los hijos, llevar la vida en pareja, trabajar fuera de casa, disfrutar de la vida social…

El estrés generado por querer llegar a todo puede dar lugar a la aparición de problemas psicológicos tales como la ansiedad, el insomnio o cambios en la autoestima, pero también orgánicos como las migrañas, gastritis, cefaleas, colon irritado, etc.

Existen varias razones por las que pueden ocurrir estos síntomas que se engloban bajo el nombre del síndrome del Burnout o síndrome de estar quemado en el trabajo. Un estado de agotamiento físico, emocional y mental vinculado con el ámbito laboral y el estilo de vida del empleado más allá incluso de las cuatro paredes de la empresa.

Aunque el síndrome se vincula normalmente al ámbito laboral, no debemos olvidar que al fin de cuentas somos personas y que todos nuestros problemas, por mucho que los queramos dejar en casa o en el trabajo, los llevamos siempre cargando en una mochila. Por este motivo, el “estar quemado” en el mundo laboral, como se traduce al Burnout, a veces no únicamente conlleva causas laborales, sino que se trata de un cúmulo de circunstancias laborales y personales que nos llevan a sufrirlo.

Problemas con la familia, con la pareja, con la salud propia y la de otros, con los amigos, económicos, con el jefe, con los compañeros de trabajo, con la actividad profesional en sí misma… pueden ser suficientes para que todos los roles y actividades que realizamos a lo largo de nuestra jornada puedan verse afectados, llegando a colapsarnos emocional y físicamente. Algunas de las razones que nos llevan a sufrir las consecuencias de este síndrome pueden ser:

  • A la jornada laboral se le tienen que sumar otras tareas domésticas, como por ejemplo las horas que dedicamos a la pareja, a los amigos, a los hijos y a otras personas dependientes, además del tiempo de ocio o aquel dedicado a otras actividades.
  • Es verdad que después de que comenzase la pandemia, la flexibilidad laboral, gracias al teletrabajo ha aumentado en un porcentaje bastante significativo y de una manera muy rápida en comparación con años previos, pero aun así el mercado y las estructuras laborales siguen teniendo horarios poco flexibles.
  • En muchas ocasiones, las instituciones no ayudan en recursos sociales o económicos que permitan la conciliación de la vida familiar y la vida laboral, ni a las empresas ni a los propios empleados.
  • En otras ocasiones, sin entrar en el farragoso tema del feminismo o del machismo, sigue existiendo una creencia importante de que el peso familiar debe caer sobre un único individuo de la pareja.
  • Las jornadas laborales partidas hacen que sea más difícil la conciliación de la vida familiar, al estar muchas horas fuera de casa.

A todo esto podríamos añadir muchos otros motivos, pero es hora de no pensar tanto en los qué sino en el cómo podemos actuar o cuáles son aquellos consejos que nos pueden ayudar para mejorar nuestra salud mental y física o fisiológica. Por ejemplo:

  • Atender más a nuestra persona: dedicarnos más tiempo al propio cuidado y bienestar, sin dejar de practicar las aficiones que nos gustan, y buscar un momento para hacer ejercicio y tiempo para relajarnos y descansar.
  • Aprovechar las nuevas tecnologías: por ejemplo, para agilizar en las tareas domésticas, usándolas para hacer la compra online o para agrupar tareas que nos hagan ganar tiempo, como solicitar citas previas en algún organismo, pagos y transferencias bancarias…
  • Disfrutar de la vida en pareja o familiar: deberíamos programar salidas con nuestra pareja y también con nuestra familia para disfrutar del tiempo libre. Además, sería necesario lograr repartir las tareas domésticas y las responsabilidades con todos los convivientes ya desde un principio.
  • No olvidar la vida social: mantengamos el contacto con los amigos, apuntémonos a cursos y actividades que nos permitan relacionarnos y conocer nuevas amistades y, en el ámbito laboral y profesional, procuremos en la medida de lo posible no llevarnos el trabajo a casa, optemos por trabajar jornadas intensivas con horarios flexibles o con teletrabajo, siempre y cuando sea posible y, sobre todo, aprendamos a delegar, aprendamos también a priorizar qué es lo importante y qué es lo urgente para no agobiarnos continuamente.

Otros tips para disfrutar más y preocuparnos menos:

  • Conozcámonos mejor y seamos conscientes de nuestras limitaciones personales
  • Aceptemos las virtudes y los defectos propios
  • Asumamos que el futuro es incierto y los imprevistos son inevitables
  • Huyamos de la perfección como meta
  • No juzguemos, ni nos exijamos más de la cuenta. Se llega hasta donde se tiene que llegar o hasta donde se puede llegar
  • Trabajemos con la realidad y no con lo ideal, con lo que los demás quieren
  • Olvidémonos de las prohibiciones autoimpuestas y de los “debería”
  • Aprendamos a decir no
  • Demos un grito de vez en cuando si lo necesitamos
  • Establezcamos prioridades
  • Si fuese necesario, acudamos a un profesional
  • Aprendamos a desconectar y a olvidarnos más de las nuevas tecnologías, del móvil, del ordenador, de los videojuegos, de las redes sociales…
  • Evitemos el sentimiento de culpa

martes, 11 de mayo de 2021

La convivencia de 4 generaciones en las empresas actuales

La convivencia generacional en las empresas se ha convertido en un reto no sólo para los departamentos de recursos humanos sino para el conjunto de los equipos de trabajo y de quienes los lideran.

En la actualidad nos podemos encontrar con la convivencia de hasta 4 generaciones diferentes en una misma empresa:

  • Los Baby boomers, nacidos entre el año 1946 y el 1964, que están ya a las puertas de la jubilación.
  • Los de la Generación X, nacidos entre 1965 y 1981.
  • Los Millenials, que nacieron entre 1982 y 1994.
  • Y los de la Generación Z o Centennials, nacidos a partir de 1995 y recién incorporados al mundo laboral.

Que exista una conexión y una cohesión positivas y productivas en los entornos de trabajo es crucial para el buen funcionamiento de las organizaciones. Esto va a permitir que no haya conflictos cuando por ejemplo un equipo de trabajo esté liderado por alguien de una generación más joven que los integrantes del mismo. Tampoco cuando los más veteranos intenten seguir fieles a sus valores y principios, que quizás disten bastante de los que puedan tener los más jóvenes. El respeto mútuo es muy importante.

Mientras que las nuevas generaciones han nacido con las redes sociales, con internet y con la digitalización y las nuevas tecnologías, los baby boomers vivieron durante muchos años con formas de trabajo analógicas y poco o nada robotizadas, consiguiendo igualmente que las empresas estuvieran funcionando correctamente y alcanzando cumbres de liderazgo en el entorno laboral de aquellos años que ahora mismo serían impensables.

El reemplazo generacional en las empresas, junto con el auge continuo de las nuevas tecnologías obligan a los departamentos de RRHH a impulsar una gestión del talento y del capital humano mucho más táctica que técnica. Nos estamos encontrando con generaciones de chavales menores de 25 años que, aunque vuelan libres en algunos puntos como el tecnológico, se están apoyando en los millennials por su cercanía en edad y en la forma de pensar, quienes a su vez se apoyan en los de la generación X, que probablemente sean sus referentes, y estos a su vez copian modelos de los baby boomers, que lo dieron todo por la compañía y son considerados unos grandes luchadores. Además de esta convivencia determinada por edades, nos encontramos con motivaciones muy distintas en cada una de estas generaciones: los baby boomers seguramente vivieron en la búsqueda de la estabilidad laboral, de la seguridad y de elegir una empresa para toda la vida. Los X valoran aspectos como la conciliación familiar. Los millenials, el buen clima de trabajo entre compañeros, y los Z se centran en buscar el poder trabajar en empresas que aporten valor a la sociedad y estén muy involucradas con la el cuidado del medio ambiente.

Es extraño, pero a la vez interesante comprobar cómo la convivencia entre estas cuatro generaciones tan distintas en edad, en formación, en experiencia y en pensamiento se hace posible y no sólo suma sino que multiplica en beneficio de todos ellos y del conjunto de la organización en la que trabajan. Las sinergias creadas entre todos ellos, siempre y cuando estén apoyadas por la Dirección y los departamentos corporativos, así como por los diferentes mandos intermedios, van a permitir que el engranaje de la empresa continúe funcionando con crecimiento continuo y exponencial. Los más mayores aportarán no sólo experiencia, sino mucha paciencia, contactos y templanza, mientras que los jóvenes aportarán energía, multitarea, nuevos procesos y conocimientos tecnológicos. El punto de encuentro entre los mayores y los jóvenes va a favorecer a ambos, pues se van a establecer valores y habilidades tales como la apertura de mente, la empatía, la asimilación rápida y el aprendizaje de nuevas herramientas y recursos digitales… puntos de encuentro que van a dar lugar a un mejor equipo humano capaz de tirar hacia delante con fuerza en un mercado laboral cada vez más competitivo.

La gestión de la diversidad generacional es, por lo tanto, uno de los grandes retos de las políticas de RRHH de cualquier compañía. Evitar compensar a todos por igual y tratar de mirar los intereses personales de cada empleado va a ser un acierto a la hora de gestionar y retener el talento que se precisa. Un incentivo salarial o una localización que permita al trabajador estar cerca de su familia, por ejemplo, pueden ser efectivos para un baby boomer, mientras que a uno de la generación X le podrás conquistar con programas de desarrollo y crecimiento profesional. Atender a las políticas de captación y fidelización van a ser seguramente fundamentales para los millennials y los centennials, las dos generaciones más exigentes que no se comprometerán fácilmente al largo plazo y buscarán proyectos ilusionantes a nivel personal y profesional, con un anexo en términos de responsabilidad social corporativa muy marcado por parte de los centennials.

miércoles, 28 de abril de 2021

La gestión emocional del tiempo

Vivimos en un mundo acelerado en el cual siempre vamos con prisas, impaciencias y exigencias externas y propias. El “aquí y ahora” no sólo es un dicho que sirva para definir un momento bien aprovechado en el presente, por ejemplo cuando estamos viajando, sino que también nos sirve para definir la exigencia a la que como sociedad nos estamos acostumbrando. Voy a comprar algo y lo quiero “aquí y ahora”, no puedo esperar a que me lo pidan y venir a recogerlo otro día, así que voy a otro lugar o decido comprarlo por Amazon que será más rápido; estoy esperando la respuesta a un email y la necesito “aquí y ahora”, si no tendré que descolgar el teléfono para solicitar la contestación directamente… y así, nos estamos habituando a vivir, en una sociedad altamente consumista que, además, nos consume a nosotros mismos.

Estar a un lado o al otro de esta exigencia hace que cada día se nos presente como una nueva carrera de fondo, en la que la velocidad juega un papel muy importante, porque así nos lo piden nuestros clientes, nuestros proveedores, nuestra familia, amigos e incluso nosotros mismos. Pero además de la velocidad, debemos ser capaces de tener una alta resistencia para poder soportar como mínimo las 12 horas de actividad que nos esperan por delante. Y, por supuesto, tenemos que acertar lo máximo posible e intentar que todo salga bien, evitando cualquier error que nos haga perder tiempo y gastar más energía, mermando tanto la velocidad como la resistencia con la que hemos empezado la jornada. Como vemos, esto se convierte normalmente en un ciclo en el que al final quienes salimos perdiendo somos nosotros mismos. El estrés por no llegar a todos lados, la frustración por no cumplir las expectativas, la falta de reconocimiento y recompensa por las tareas bien hechas… provocan insomnio, alteraciones emocionales, problemas psicosociales… de los que a veces nos damos cuenta demasiado tarde.

Para añadir un último ingrediente a todo este cóctel atómico, además… ¡queremos ser felices! Y como os podéis imaginar, un cóctel en el que se mezclan carrera de fondo, estrés, frustración, cambio emocional y la búsqueda constante de la felicidad, es prácticamente una combinación y una misión imposible.

Cuando esto ya ha llegado a un punto fuera de nuestro alcance, todo puede volverse frustrante y entramos en ese momento en el que se nos aparecen dos vocecitas, una junto a un oído que nos dice “Stop” y otra junto al otro oído que nos dice “Continúa, no les falles”. Ésta, la que quiere quedar bien con todo el mundo, y la otra, la que piensa más en nosotros mismos por encima de los demás. Y, en este caso, ni una ni otra tiene más o menos razón, ni una ni otra busca hacernos mal, sino todo lo contrario, ambas tratan de ayudarnos a su manera. Lo ideal, en estos casos, será hacer caso de ambas y ser capaces de buscar el equilibrio entre sus mensajes, evitando el consumo excesivo de energía y consiguiendo llegar a una posible solución de todo este caos: saber determinar qué tareas son prioritarias por encima de cuáles son urgentes será la clave, porque de urgentes seguramente van a ser la mayoría.

Abro un paréntesis para hacer una analogía con uno de mis hobbies en el ámbito deportivo que es correr. El running ha llegado a mi vida más tarde que pronto, porque antes yo era más acuático, pero al fin de cuentas, con cualquier deporte podríamos hacer un símil como el siguiente. He tenido la oportunidad, o mejor dicho la osadía, de correr algunas maratones, 42 kilómetros 195 metros desde que pisas la línea de salida hasta que consigues alcanzar la meta. En una maratón se necesita velocidad, aunque no es lo más importante a no ser que luches por ser parte de la élite, mucha resistencia y preparación, pero sobre todo mucha cabeza. Básicamente, porque llega un momento en esa carrera, concretamente entre los kilómetros 30 y 35, que para todos aquellos que os dedicáis a correr sabéis que se le llama “el muro”, en el que uno mismo construye una especie de muro mental al que muchos corredores no son capaces de vencer y deciden abandonar en ese punto la competición. Existe un motivo fisiológico que explica la existencia de este muro y se basa en que el cuerpo ha consumido durante la carrera toda la reserva de glucógeno y es más o menos el momento en el que empieza a buscar energía en la reserva de grasa, una reserva mucho menos eficaz para soportar un esfuerzo físico continuo. Este cambio del organismo coincide con un momento en el que mentalmente estás agotado y ambas cosas hacen que te vengas abajo, pero cuanto más preparado estés mentalmente para ese momento, cuanto más te hayas concienciado de que ese momento va a llegar, más fuerza mental vas a poner en marcha para sobrepasar ese tramo crítico y afrontar el resto de kilómetros con un nuevo chute de energía, llegando a culminar la carrera seguramente con una sonrisa.

Podemos ver cómo en esta realidad en la que vivimos tan parecida a una maratón diaria, debemos intentar priorizar lo realmente importante y tratar que las tareas no se conviertan siempre en urgencias y fuegos que apagar. Debemos aprender a ser asertivos y decir “no” y debemos aprender a perdonarnos si no conseguimos alcanzar algún objetivo. Es importante conseguir canalizar nuestra autoexigencia y dominarla, sin que ella consiga dominarnos a nosotros mismos, y sólo de esta manera seremos capaces de llegar a esa meta a la que antes llamaba felicidad, que al fin de cuentas es lo que todos más deseamos.

Muchas veces hemos escuchado que el exceso de análisis nos lleva a la parálisis y así es, algo totalmente extrapolable a una maratón y a un día cualquiera en los que nos vemos inmersos en una rutina de vértigo. Ya tenemos suficientes tareas como para añadir además la de analizar absolutamente todo, ¿no creéis?. Pensar demasiado en las situaciones en las que ya estamos inmersos, sólo nos va a llevar a una parálisis y a un desgaste de energía mental que va a repercutir en nuestra energía física, necesaria para continuar ejerciendo las tareas con garantías de éxito. Llegará un momento en el que el tiempo irá en nuestra contra y en el que una pelota de exigencias se irá convirtiendo poco a poco en una gran bola de prisas, urgencias, errores y frustraciones. Por ello, la importancia de planificar, de ser proactivos, de evitar analizar demasiado las cosas, perdiendo oportunidades y convirtiéndonos en personas tan perfeccionistas que acabemos errando constantemente. Es importante establecer plazos, tener clara cuál es la meta, pero no obsesionarse con ella, no pensar tanto en ese kilómetro 42, sino en pequeños logros como pueden ser los kilómetros 10, 21 y el salto del propio “muro”, tras el cual alcanzar con éxito la meta con una sonrisa ya será prácticamente un hecho.

martes, 20 de abril de 2021

Gente tóxica: saber convivir con ella tomando distancia

Hace un año se escuchaba que las personas estábamos cambiando, que nos habíamos vuelto más “humanos”, que el lado bueno de la gente había aflorado para quedarse,… y esto se explicaba como la gran noticia, en la que se difundía que, a partir de una pandemia, nos habíamos vuelto más solidarios, más empáticos y que habría más amor y más felicidad. 

Puede ser, y no lo niego, que en parte fuese verdad. Incluso lo hemos visto en televisión, en la calle, en los vecindarios y en los hospitales… pero esto es algo puntual y efímero, común a todas las catástrofes. Después de un ataque terrorista o de una catástrofe natural, por ejemplo, las personas hemos respondido y nos hemos vuelto realmente más sensibles, con emociones a flor de piel y con gestos realmente altruistas y empáticos. La gran diferencia con respecto a la situación actual es que estas catástrofes tienen un inicio y un fin más o menos corto en el tiempo y afectan a un lugar o a un colectivo muy concreto, mientras que la pandemia, además de ser mucho más mediática, afecta a todo un planeta y tiene una duración muchísimo más larga, por lo que estos gestos empáticos, altruistas y llenos de emociones que nos unen se ven multiplicados y son mucho más duraderos.

Con esta introducción que está a la orden del día, quiero hablar esta vez de un tema que se aborda en muchos seminarios y en muchos libros que es el de la Gente Tóxica. No nos engañemos, la gente tóxica siempre ha existido y seguirá haciéndolo por muchas pandemias o catástrofes que ocurran. Es inherente a la especie humana y, principalmente, es debido a que somos distintos unos de otros y no existen dos personalidades idénticas.

Una persona tóxica, según la definición más extremista, es una persona que no ha madurado emocionalmente, insegura, quizás egoísta, que necesita estar al lado de alguien (su víctima) para entablar una relación absorbente, la cual le va a permitir descargar esas frustraciones, convirtiendo a esa víctima en una especie de terapia particular y gratuita.

Quitando un poco de crueldad y diabolismo a esta definición, yo prefiero quedarme con que, en mayor o menor grado, todos llegamos a ser tóxicos para alguien, desde el momento en que consideramos a la gente tóxica como aquella con la que, después de haber estado cierto tiempo, nos llegamos a sentir estresados, nerviosos, frustrados, tristes… Para nosotros, esas personas tienen cierta toxicidad que nos hacen sentir así.

Si habéis leído libros o artículos que traten sobre la toxicidad de las personas, seguramente hayáis encontrado diferentes tipologías de personas tóxicas e incluso habréis sido capaces de ponerles nombre y apellido; razón por la cual es fácil entender que todos tenemos a nuestro alrededor personas tóxicas con las que convivimos en el día a día. A modo de resumen, los tipos más definidos son:

  • Gente autoritaria: que normalmente en la empresa coincide con la figura del jefe. Suelen ser personas inseguras y por eso incitan el miedo hacia los subordinados, jugando con sus necesidades para que no hagan locuras que puedan ir en su contra y poder así seguir conservando su puesto de trabajo.
  • Gente envidiosa: aquella que no es feliz porque siempre quieren lo que los demás tienen.
  • Gente pesimista: que siempre ven todo de manera negativa. Son a los que se les llama (y me encanta esta metáfora) “vampiros emocionales”, porque tienen esa habilidad de absorber todo el color que tienen quienes les rodean, transformando la realidad en un cuadro en blanco y negro.
  • Gente descalificadora: que disfruta menospreciando y desestabilizando emocionalmente a los demás. Primeramente son amigos o parecen serlo, pero después van a utilizar toda la información que tengan para desvalorizarte en el momento que ellos lo necesiten.
  • Gente neurótica: que suelen ser personas inseguras, muy perfeccionistas egoístas… y que acaban absorbiendo tu energía.
  • Gente manipuladora: que normalmente es más difícil de detectar porque parecen ser personas complacientes. Si les decimos las cosas sinceramente se pueden sentir atacadas y van a acabar dando la vuelta a la tortilla, de manera que te sientas tú culpable y acabes pidiéndoles perdón.
  • Gente sociopsicópata: es la personalidad tóxica más peligrosa, porque son personas impulsivas que no sienten remordimientos cuando hacen daño a los demás. Buscan alcanzar un objetivo sin importar a quien se lleven por el camino.

Pero también podríamos encontrar gente chantajista, narcisista, dependiente…

Y, sobre todo, nunca olvidemos, que cualquiera de nosotros podemos estar incluidos en uno o varios de estos tipos de personas tóxicas, dependiendo a quién preguntásemos.

¿Cuál o cuáles son nuestras armas para hacer frente a una persona tóxica?

Tenemos diferentes opciones, aunque la mejor sería la de huir, es decir, no mantener ningún tipo de relación con esa persona y apartarla de nuestro camino. Pero esto no siempre es posible, porque la persona tóxica puede estar en nuestra familia o puede ser un compañero de trabajo. En estos casos tenemos que intentar utilizar nuestra caja de herramientas de la inteligencia emocional. Lo más importante de todo y primero es tener claro quiénes son y en qué me afecta el tenerles a mi lado. A partir de ahí tenemos que hacer uso de la herramienta que mejor se adapte a esa situación y persona, por ejemplo la asertividad para no acceder a todas sus peticiones, pero sin ser contundentes en la negativa y acabar hiriéndoles, cosa que podría repercutir negativamente hacia nosotros tras verse atacados. Otra opción sería la de utilizar nuestra fuerza interior, partiendo de la base de que es mucho más fuerte de aquella fuerza que nos quiera imponer el elemento tóxico, por ejemplo, ante una persona pesimista, siempre podremos darle mucho más valor a nuestro positivismo, el cual neutralizará la negatividad que nos llega. Como se dice, 'cada maestrillo tiene su librillo', y al fin de cuentas lo importante es saber encontrar la mejor fórmula de entre nuestras posibilidades con el fin de alejarnos lo máximo posible de la toxicidad. Es de señalar en este punto que, independientemente de qué herramienta utilicemos, ante cualquier situación límite que nos podamos encontrar es necesario siempre denunciar.

Como decía antes, nosotros también podemos ser gente tóxica para otros sin saberlo. Cuando a una persona no la estamos haciendo sentir cómoda por la razón que sea, para esa persona somos gente tóxica y, con ello, quiero quitarle un poco de maldad a la persona tóxica por la razón de que a veces de manera inconsciente uno es tóxico sin saberlo. Mirándolo desde el punto de vista más pragmático, todos tenemos un poco de pesimismo, un poco de dependencia hacia otros, algo de narcisismo… y no pasa nada, lo problemático comienza cuando sobrepasamos ciertos límites.

En definitiva, que no nos vendan la película de que la gente se va a volver más buena, solidaria, altruista, empática y menos tóxica. Todos guardamos en nuestro interior estas cualidades (algunos más en el interior que otros) y todos somos capaces de sacar nuestro lado más amable y más humano ante situaciones que realmente lo requieren, pero esto no quiere decir que de la noche al día vamos a vivir en un mundo mejor.

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