Hacer un team building no es “hacer actividades”. Tampoco es llenar una agenda con
dinámicas simpáticas para romper el hielo. Cuando un equipo, y en el caso que
os cuento hoy sobre la empresa en la que trabajo con sedes en distintas ciudades, decide invertir tiempo en este
tipo de experiencias, en realidad está decidiendo revisar cómo se relaciona,
cómo se comunica y cómo se construye confianza de puertas hacia dentro, para
poder después proyectarlo hacia el exterior del área.
Soy
director de un departamento de recursos humanos en el cual la distancia forma
parte de la ecuación. No todos compartimos oficina, no todos coincidimos en el
café, no todos podemos leer el lenguaje corporal ni resolver tensiones en una
conversación improvisada. Trabajar en remoto exige una intencionalidad mayor:
lo que en presencial se da de forma espontánea, a distancia hay que diseñarlo. Y esto no es negativo, sino retador.
Era necesario. Mi equipo estaba pidiendo algo a voces, yo también, y por eso en pocos días se organizó un team building en el que, en poco
más de una jornada de trabajo acompañados por el equipo de Actitudes2.0 desde Colombia, hemos logrado algo que a veces no se consigue ni en meses
de reuniones operativas: conexión emocional real.
Y esa
es la clave. No se trataba de “hacer actividades”, sino de provocar
determinadas conversaciones, de abrir espacios donde cada persona pudiera
mostrarse más allá del rol y donde el resto pudiera escuchar sin la prisa del
día a día. Lo que se pretendía extraer no eran resultados tangibles inmediatos,
sino algo más profundo: confianza, empatía, cohesión y sentido de pertenencia.
En un
departamento de RRHH con presencia en Barcelona, Madrid y Valencia, la
distancia no solo es geográfica; también puede convertirse, si no se gestiona
bien, en emocional. Estas sesiones nos han obligado a parar, a escucharnos con
intención. También a reconocer talentos, trayectorias, motivaciones y
vulnerabilidades. Y cuando eso ocurre, cambia el clima, porque dejamos de
interpretar conductas desde la sospecha y empezamos a hacerlo desde la
comprensión.
Lo que
realmente se ha trabajado ha sido la capacidad de conexión. La habilidad de traducir lo
personal en valor profesional. La escucha activa, la
creatividad más puramente personal aplicada al entorno laboral, la confianza para exponerse y la
generosidad para dar feedback constructivo.
Pero,
sobre todo, se ha trabajado la cohesión.
En esta
jornada, la sensación de distancia ha desaparecido, porque emocionalmente hemos empezado a sentirnos parte del mismo espacio. La pantalla ha dejado de ser barrera para
convertirse en puente.
A nivel personal, he de reconocer que esta experiencia me ha ayudado a confirmar una convicción importante: la cultura no depende del metro cuadrado compartido, sino de la calidad de las conversaciones que generamos. Y esas conversaciones pueden diseñarse, facilitarse y sostenerse también en remoto.
En
este caso, además, si se puede formar, dinamizar y cohesionar a un equipo desde
otro país con este nivel de impacto, entonces el argumento de la distancia que tanto resuena en los de la vieja escuela pierde fuerza.
Cierto
es que un team building no resuelve todas las tensiones estructurales de un
equipo, pero sí crea un punto de inflexión. Un antes y un después en la manera
en que nos miramos y nos hablamos. Y cuando mejora la forma en que nos
relacionamos, mejora el clima. Cuando mejora el clima, disminuyen las
fricciones innecesarias. Y cuando disminuyen las fricciones, aumenta la
eficiencia y el compromiso.
La
gran conclusión es sencilla: la distancia no determina la cohesión; la
determina el liderazgo y la intención. Si decidimos generar espacios de
conexión auténtica, incluso en formato teleformación y con sedes en distintas
ciudades, el equipo responde.
Y
cuando responde, la distancia deja de notarse. No hay excusa entonces para no permitirnos
disfrutar de este tipo de experiencias.


