Mostrando entradas con la etiqueta autocrítica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta autocrítica. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de febrero de 2019

FEBRERO: Walt Diseny, a quien su autoconfianza le llevó al éxito


Walt Disney me trae este mes a abrir debate con el tema de la "autoconfianza". Sin ella, hoy no hubiéramos llegado a llorar con Bambi, a soñar con Alicia en el País de las Maravillas o a bailar con El Libro de la Selva… y es que Walter Elias Disney no lo tuvo fácil desde un principio.


El productor, director, guionista y animador estadounidense nació en 1901 en Chicago. Hijo de un granjero fue desde bien pequeño un apasionado del dibujo, no tanto buen estudiante, pues el tener que ayudar a repartir periódicos a su padre durante la noche le costaba la concentración en la escuela. Tras intentar alistarse en la marina del ejército junto a su hermano, fue rechazado por no tener la edad mínima para ello. Enterándose que la Cruz Roja aceptaba chicos con los 17 años cumplidos, falsificó su certificado de nacimiento indicando que había nacido en 1900 y, de este modo, pudo entrar a trabajar como conductor de ambulancias, aunque nunca entró en combate y tuvo que conformarse con ser trasladado a Francia, donde estuvo encargado del traslado de oficiales. En 1919, decide volver a EEUU y es a partir de ahí que se inicia en el mundo del dibujo y la creación de cortometrajes, pero ese mismo año era despedido del Periódico Kansas City Star, en el que trabajaba, por falta de imaginación, convirtiéndose 4 años después en el fundador de la actual The Walt Diseny Company junto a su hermano. En 1966, fallecía tras sufrir un cáncer de pulmón provocado tras una vida de fumador empedernido.


La autoconfianza, como su nombre indica es la creencia sobre uno mismo. En base a nuestra experiencia y nuestros aprendizajes, a lo largo de los años, el ser humano va perfilando la confianza. El crecimiento personal, la autoestima, el autoconcepto, el autoconomiento,… tienen relación directa con la autoconfianza, creando todos ellos una red de conexiones que permiten, en definitiva, al individuo ser más o menos feliz y tener más o menos éxito, que a su vez repercute en esa felicidad y se convierte en un pez que se muerde la cola.

Nuestra visión del mundo va a depender de cómo nos veamos a nosotros mismos. Pero más mágico aún es el saber que cómo los demás nos vean a nosotros también depende de cómo nosotros nos veamos interiormente. Si una persona no cree en sus posibilidades, se infravalora y se convierte en un ser totalmente negativo, difícilmente los demás van a poder verle como una persona capaz, como una persona positiva y luchadora.


A todos nos ha pasado alguna vez que hemos acabado logrando algo que pensábamos inalcanzable tiempo atrás. El haber llegado a lograr esa meta o reto no es más que la activación, en algún momento del proceso, de la autoconfianza. Es a partir de ese momento, que uno se da cuenta que ha estado “llorando” en vano, pensando que sería incapaz de lograr el objetivo. Pero tampoco debemos ser utópicos y debemos pensar que en ocasiones nos exigimos demasiado y los objetivos se pueden convertir en inalcanzables e irrealistas y, por ende, fracasamos y nos quedamos a medio camino. Lo importante en estos casos es no caer en la desesperación y estudiar la situación: ¿ha sido porque el objetivo era demasiado ambicioso?, ¿quizás algo o alguien me ha puesto trabas en el camino? o ¿ha sido porque no he puesto el máximo de confianza en mí mismo?. A partir de ahí, se valorará si conviene acotar la meta a una submeta, si conviene cambiar de estrategia o bien si conviene volver a intentarlo habiendo aprendido de los errores.

La autoconfianza, como empezaba diciendo, la construimos durante nuestro crecimiento, con el paso del tiempo, y eso quiere decir que se puede cultivar y mejorar. Empieza por ver lo bueno que eres en muchos aspectos, entiende que no todos podemos ser buenos en todo, agradece lo que tienes y da gracias a cualquier oportunidad de aprendizaje (aunque ello suponga equivocarse antes). De este modo, con positivismo, conseguirás reforzar tus “autos”, entre ellos el de la autoconfianza.

Si Walt Diseny no hubiera confiado en sus capacidades, probablemente se hubiera conformado con ser un mal estudiante y seguir los pasos de su padre en la granja, o repartiendo periódicos o conduciendo ambulancias a miles de kilómetros de su ciudad natal. Pero en cambio, la confianza que tuvo en sí mismo y en sus capacidades le llevó a luchar por sus metas y convertirse en el icono mundial de la industria del entretenimiento del siglo XX.

“If you can dream it, you can do it”

Otros artículos relacionados con la "autoconfianza":

martes, 16 de enero de 2018

ENERO: Viaja a Vietnam y practica la humildad

Para estrenar la temática viajera de este 2018 propongo hablar este mes de enero de la Humildad, característica que voy a enmarcar en uno de mis últimos viajes a la República Socialista de Vietnam.

¿Qué os puedo contar de Vietnam? ¿Cómo os resumo en pocas palabras lo más intangible que puedes encontrar en este maravilloso país del sudeste asiático?

Con una población estimada de 90 millones de personas y capital en Hanoi, Vietnam ha sido un pueblo que durante su historia ha recibido múltiples influencias extranjeras, desde la China, hasta Francia y Estados Unidos.

Quizás, su historia repleta de invasiones, conquistas, luchas, injusticias… ha hecho que el pueblo vietnamita, que en la actualidad vive tranquilo y sin este tipo de acontecimientos, se caracterice por ser un pueblo amable, abierto y muy alegre.


"Puedes estar triste y ver la vida pasar, o puedes estar alegre y ver la vida pasar... pero la vida pasará de todas formas, asi que mejor estar alegre"


Foto de la que fue nuestra barquera, que nos paseó por las aguas de Trang An

A pesar de todo lo que evoca escuchar el nombre Vietnam (el cine siempre hace mucho daño), en pocos países vas a tener la sensación de seguridad y confianza que transmiten sus ciudades, sus pueblos y su gente. El turista extranjero es muy respetado y vas a estar recibiendo sonrisas a cada momento. Como es bien sabido por todos, la sonrisa se contagia con mucha facilidad, por lo que puedo asegurarte que la mayor parte de tu tiempo vas a estar sonriendo.

Además de sus paisajes, sus costumbres, su comida, sus olores… de los que me encantaría hablar, pero no forman parte del contenido de este blog, quiero explicar el motivo por el que personalmente Vietnam me evoca al concepto de Humildad.

Pero antes de nada, ¿qué sabemos de la humildad?

Ésta se puede definir como la característica que tienen las personas (no todas) de no sentirse superior por el hecho de ostentar más poder o riqueza frente a otros. La habilidad para callar tus virtudes y dejar que sean los otros quienes las descubran por sí mismos podría definirte como una persona humilde.

Pero la humildad no sólo queda ahí. La humildad y su práctica debe comenzar por el hecho de ser tú mismo capaz de reconocer tus propias limitaciones con el objetivo de aprender y mejorar. Aceptándolas, tomamos conciencia y estamos abiertos a que otras personas (cualquier persona) puedan enseñarnos cosas nuevas.


En Can Tho me enseñaron a hacer noodles de arroz
El viajero que puede permitirse el viaje a Vietnam seguramente dispone de más recursos que los que tenga cualquiera de los locales a los que va a ir cruzándose por el camino, pero estos van a poder enseñarle muchas cosas que el viajero no habría aprendido sin hacer ese viaje y, mucho menos, sin ser un viajero humilde.

La sonrisa, los gestos, las palabras, los pequeños detalles… lo que no se compra con dinero, son los más grandes regalos que los vietnamitas te van a poder ofrecer durante tu estancia.



Mi viaje a Vietnam me enseñó a observar una manera diferente de vivir a la mía y no por ello peor. Me permitió darme cuenta de las cosas mejores que tengo y muchas veces no valoro, pero también me permitió observar las cosas mejores que tienen allí y que aquí desgraciadamente escasean, por ejemplo la felicidad, que como he dicho se demuestra en el agradecimiento que ellos le hacen a cada aspecto de sus vidas; al simple hecho de poder seguir descubriendo cada día un nuevo amanecer.

Unos niños jugaban en las montañas de Sapa

En una sociedad como la nuestra, egoísta, donde escasean valores como la cooperación, el compañerismo, la empatía… y donde cada vez más estamos acostumbrados a ver y convivir con la parte más denigrante del ser humano, perdemos mucho peso en rasgos como el de la humildad.

"Viajar con humildad te ayuda a darte cuenta que no eres el ombligo del mundo"

Nuestro guía en Vietnam nos explicaba que los habitantes del país dan gracias por lo que tienen, que es mucho más de lo que generaciones anteriores tuvieron. Buscan el equilibrio en todo lo que hacen y buscan la paz interior. Por ello, seguramente son personas conformistas, felices con lo que tienen y lo que la tierra les proporciona y que no van a acudir a la violencia para hacerse con lo ajeno y probablemente es por esta razón que Vietnam sea un país tan seguro para el turista extranjero.

El arte de viajar, en todo caso, supone un acto de humildad permanente, porque descubres que te equivocas más de lo que podías pensar. Tus prejuicios se derrumbarán apenas salgas de las instalaciones del aeropuerto y te enfrentes a una nueva realidad.


Esta fue la primera foto que hice, mi primer choque con la realidad. (Hanoi)
Un buen viaje es aquel que cambia algo en tu interior, y que te enseña, a través de los ojos de los otros, algo nuevo sobre ti mismo. Vietnam me enseñó a valorar lo relativo de las cosas y los problemas, la importancia que estos tienen, justo la que yo quiera darles. Me enseñó a conocer una nueva cultura, admirable, y a descubrir rincones y aspectos que por mucho que quisiera contarte, no sabría describir a la perfección.

Otros artículos de este blog que te recomiendo leer:

- Por más vueltas que le demos "al final todos acabamos en una caja de pino"
- El azafrán y la humildad, dos conceptos de mucho valor


viernes, 3 de noviembre de 2017

NOVIEMBRE: Sé coherente y no cambies el sabor de la pimienta según te convenga

A sólo un mes de cerrar el propósito de 2017 de ir haciendo metáforas entre especias y los temas que habitualmente trato en mi blog, este mes os quiero presentar otro de esos condimentos que todos utilizamos en nuestra cocina.

La Pimienta es la especia más consumida en la actualidad y proviene de una planta trepadora cuyos frutos son las bayas. Cuando no están maduras y se secan, constituyen la pimienta negra de sabor intenso; más aromática es la blanca, cuyos granos sí son maduros y secos. Es un condimento que proviene del sur de la India, de la Costa de Malavar y también se cultiva en Indonesia, Malasia y Brasil.


Tendemos a relacionar el uso de la pimienta con los platos salados, pero lo cierto es que también puede ser utilizada en los dulces. Esta dicotomía en su uso es la que voy a utilizar en la metáfora de este mes de noviembre, en el que hablaré de la Coherencia.

Si con el ejemplo del uso de la pimienta en la cocina estamos hablando de una situación “más salada” versus una “más dulce” y, en ambas, se puede utilizar por igual el mismo condimiento sin que éste haya sufrido alteraciones, con la Coherencia me referiré al mismo símil, en el que sin que ésta tenga que sufrir alteraciones, siga utilizándose tanto en las duras como en las maduras.

Antes de entrar más a fondo en este símil, explicar que la Coherencia es aquella condición en la que una persona piensa, dice y actúa del mismo modo. En el momento que esta cadena se ve alterada, desaparece la Coherencia. Tenemos nuestro sistema político completamente incoherente (hablo del español, aunque seguramente los que me leáis desde otros países estaréis en una situación similar de gobiernos y gobernantes nada coherentes), para que con este ejemplo veáis mucho más rápido a dónde quiero llegar.


Para triunfar en el medio-largo plazo, la Coherencia es primordial. Siguiendo con el ejemplo de la política, cuando un candidato nos dice con aparente credibilidad lo que piensa y lo que va a hacer y la mayoría le apoya el día de las elecciones, pero después se demuestra que hace algo totalmente opuesto a lo que prometió, es cuestión de tiempo que el pueblo le eche a patadas del mandato (excepto en casos de gobiernos corruptos, que por desgracia también los hay y abundan, pero que ya son tema aparte). Por lo tanto, ¿triunfaron?, sí, pero en el corto plazo; su incoherencia posterior les sacó del lugar donde hubieran querido seguir. Lo mismo nos ocurre a cualquiera de nosotros en otros contextos: un jefe que promete y nunca da, una empresa que te hace un plan de carrera que nunca se cumple, una marca personal que se crea con una forma de hacer y un objetivo y al final pretende llegar a ese objetivo con acciones muy diferentes a las acordadas, etc.

Pero muchas veces, guardar la coherencia no es tan fácil (o no nos lo ponen fácil), aunque esto no es excusa para que lo tomemos al pie de la letra y nos sirva para justificarnos. Siempre existe un camino alternativo que acabe por hacer posible una coordinación entre lo que uno piensa, dice y hace.

¿Qué podemos hacer para ser coherentes?
  • Identificar aquellos valores y principios en los que creemos y sobre los que construimos nuestra guía de vida.
  • Identificar acciones que vayan acorde a estos valores y principios.
  • Explicar, cuando así convenga, qué piensas y sientes (valores y principios) y qué vas a hacer (acciones) acorde a ellos.
  • Ejecutar las acciones tal y como prometiste y continuar por ese camino.
  • ...y tener que claro que si no te dejan seguir estas instrucciones, simplemente estás en el lugar que no te toca y rodeado de las personas equivocadas. Cambia! No tengas miedo! Siéntete cómodo allá donde tengas que estar. 
En este orden, serás capaz de ser coherente y que tu mundo exterior y el cómo te ven los demás (marca personal) sea igual a tu mundo interior y el cómo te consideras a ti mismo (autoconcepto).

Recuerda que siempre vas a cosechar aquello que hayas sembrado. Si siembras coherencia, recogerás buen fruto. En caso contrario, éste estará podrido y ya será tarde para arrepentirte.

La pimienta puede acompañar perfectamente tanto una ensalada y un plato de bacalao como tartaletas de chocolate y unas fresas con caramelo. Pero sea cual sea el plato que acompañe es el mismo condimento (conservando su esencia y sin ningún tipo de aditivo o variación) y sigue cumpliendo la misma función, la de condimentar con su característico sabor el plato.



Por tanto, es importante que actuemos como la pimienta. A pesar de que el viento sople a nuestro favor o sople en contra, tratemos de luchar por lo que creemos, por lo que prometimos y dijimos íbamos a hacer y por hacerlo. No nos dejemos llevar por la dirección y fuerza del viento y acabemos convirtiéndonos en una veleta.

miércoles, 1 de febrero de 2017

FEBRERO: El azafrán y la humildad, dos conceptos de mucho valor

En Enero hemos utilizado el Pimentón como especia que, sin ser el ingrediente principal, da color a los platos, del mismo modo que el Positivismo da color a nuestras vidas.

El recurso metafórico del Pimentón como Positivismo lo traslado al mes de Febrero con otra especia muy importante para colorear algunos platos, pero también muy importante por ser la especia más cara del mundo. Su precio en España es superior a los 3.000€ el kilo.
 




El Azafrán es una especia que se obtiene de los estigmas secos de la flor del Crocus. Su precio es tan elevado por la dificultad de su cultivo y recolección, sólo basta pensar que para obtener medio kilo de azafrán se necesitan 40 kilos de estas flores. El oro rojo, como también se le conoce,  se cultiva en Irán, Italia, Francia, Marruecos y la Península Ibérica. Su aroma es fuerte y exótico, y es el ingrediente que da color a la paella, pudiendo combinar también a la perfección con arroces, pescados y pollo.



 
Con toda esta información, podemos hacernos una idea del valor que tiene esta especia mucho más allá de su uso como condimento en la cocina. Llega pues el momento de seguir explicando el porqué elijo el azafrán como especia para este mes de febrero.

Durante los próximos meses hablaremos de trabajo en equipo, de marca personal, de comunicación interpersonal, etc… pero nada de esto sería posible o, mejor dicho, nada de esto sería sincero, sin el valor más importante de todos los valores humanos: la humildad.


El azafrán, especia con un precio de oro, que combina bien con prácticamente cualquier plato,  cuyo cultivo requiere delicadeza, y cuya existencia probada de su uso culinario y medicinal data más allá del año 2300 a.C., es la especia perfecta para explicar la humildad. Un valor humano de mucho valor, valga la redundancia, que combina a la perfección con cualquier interacción social en la que pensemos, que requiere cultivo y poso para que llegue a ser parte de nuestra personalidad y cuya importancia podemos trasladarla también a años remotos, pues siendo humilde, cualquiera fue, es y será capaz de alcanzar sus logros y desarrollar su crecimiento personal.

Ser humilde es, primero de todo, ser consciente de nuestros propios méritos, pero también de nuestras limitaciones. La arrogancia que muestran muchas personas, principalmente las que ostentan cargos o bienes económicos muy por encima de los nuestros, es lo que en este artículo podríamos denominar el falso azafrán, el colorante amarillento que no sirve ni para tintar el agua.

Debemos ser conscientes que nunca acaba el camino del aprendizaje, por mucha experiencia que llevemos a nuestras espaldas o por mucha responsabilidad que se nos haya dado en una empresa, en una nación o en cualquier comunidad. Todas las personas estamos dotadas de talento, de experiencias vividas, de sabiduría que podremos compartir con otros, creando redes de conocimiento mucho más potentes que el conocimiento que pueda tener una sola persona por muy experta que sea.

Hay ciertas personas (seguro que conoces varias) que cuando la vida le sonríe de manera continuada y que todo se lo han dado prácticamente hecho, olvidan el esfuerzo que conlleva el cultivo de los valores, su mantenimiento y la delicadeza de su recolección. Se convierten en seres impacientes, arrogantes y soberbios, que sólo se dan cuenta de su falta cuando la vida les juega en contra y son conocedores de que nadie está ahí para atenderles.

Sólo las personas humildes consiguen calar en los demás, independientemente de la posición jerárquica, social o económica que estos tengan. Imaginemos en un contexto empresarial la figura de aquel jefe que “cae bien” a todos o casi todos los empleados de la organización. Seguramente, se trate de una persona respetuosa, con cierto carisma, inteligente, cuidadosa, detallista, pero seguro que también es una persona humilde, porque sin este valor, ninguno de los otros tendría efecto positivo. Cuando el jefe no es alguien querido, aunque aparentemente y de cara a la galería parezca todo lo contrario, se da la situación que existen factores como el miedo o el interés que coaccionan a sus “falsos seguidores” a que lo sean. En este caso, cualquier desavenencia en la vida del jefe, será la oportunidad perfecta para que se muestre la verdadera cara de la moneda, porque será evidente que quienes supuestamente le apoyaron se habrán esfumado como humo en el viento.

Estamos hartos de ver cómo una repentina fortuna, la fama o el poder hace de personas aparentemente normales, personas arrogantes y sin atisbo de humildad. Seguramente, sus padres les educaron en valores (por supuesto, también en humildad), les enseñaron que cualquier persona les podría enseñar cosas, que cualquiera merecería ser escuchado y ayudado, etc. pero una situación afortunada como las arriba comentadas les cegó por completo en el valor más importante del ser humano.

Para finalizar, quisiera compartir con vosotros este cuento con moraleja del poeta venezolano Aquiles Nazoa que habla sobre la soberbia y arrogancia como caminos que van en contra de cualquiera que elija esta opción frente a la opción más sensata que es la de la humildad.

La Ratoncita Presumida

Hace ya bastantes años,
doscientos años tal vez,
por escapar de los gatos
y de las trampas también,
unos buenos ratoncitos
se colaron en un tren
y a los campos se marcharon
para nunca más volver.

Andando, andando y andando
llegaron por fin al pie
de una montaña llamada
la montaña “Yo-no-sé”,
y entonces dijo el más grande:
lo que debemos hacer
es abrir aquí una cueva
y quedarnos de una vez
porque como aquí no hay gatos
aquí viviremos bien.

Trabaja que te trabaja
tras roer y roer
agujereando las cuevas
se pasaron más de un mes
hasta que una hermosa cueva
lograron por fin hacer
con kioskos, jardín y gradas
como si fuera un chalet.

Había entre los ratones,
que allí nacieron después,
una ratica más linda
que la rosa y el clavel.
Su nombre no era ratona,
como tal vez supondréis,
pues la llamaban Hortensia
que es un nombre de mujer.

Y era tan linda tan linda
que parecía más bien
una violeta pintada
por un niño japonés:
que parecía hecha de plata
por el color de su piel
y su colita una hebra
de lana para tejer.


Pero era muy orgullosa
y así ocurrió que una vez
se le acercó un ratoncito
que allí vivía también
y que alzándose en dos patas,
temblando como un papel,
le pidió a la ratoncita
que se casara con él.

¡Qué ratón tan parejero!
-dijo ella con altivez-.
Vaya a casarse con una
que esté a su mismo nivel,
pues yo para novio aspiro,
aquí donde usted me ve,
a un personaje que sea
más importante que usted.

Y saliendo a la pradera
le habló al Sol gritando: ¡Jeeey!
Usted que es tan importante,
porque del mundo es el rey,
venga a casarse conmigo
pues yo soy digna de ser
la esposa de un personaje
de la importancia de usted.

Más importante es la nube
-dijo el Sol con sencillez-
pues me tapa en el verano
y en el invierno también.
Y contestó la ratica:
Pues que le vamos a hacer…
Si es mejor que usted la nube
con ella me casaré.

Mas la nube al escucharla,
habló y le dijo a la vez:
Más importante es el viento
que al soplar me hace correr.
Entonces -dijo la rata-
entonces ya sé que hacer,
si el viento es más importante
voy a casarme con él.

Mas la voz ronca del viento
se escuchó poco después
diciéndole a la ratona:
Ay Hortensia, ¿sabe usted?,
mejor que yo es la montaña
aquella que allí se ve,
porque detiene mi paso
lo mismo que una pared.

Si mejor es la montaña 
con ella me casaré
-contestó la ratoncita-,
y a la montaña se fue.
Mas la montaña le dijo:
¿Yo importante? ¡Je, je,je!
Mejores son los ratones
los que viven a mis pies,
aquellos que entre mis rocas
tras de roer y roer,
construyeron la cuevita,
de donde ha salido usted.

Entonces la ratoncita
volvió a su casa otra vez
y avergonzada y llorando
buscó al ratoncito aquel
a quien un día despreciara
por ser tan chiquito él.

¡Oh, perdóname Alfredito!
-gimió cayendo a sus pies-,
por pequeño y por humilde
un día te desprecié,
pero ahora he comprendido,
y lo he comprendido bien,
que en el mundo los pequeños
son importantes también.

domingo, 18 de diciembre de 2016

¿Y si tu entrevistador tiene una discapacidad?

A través de la Fundación Adecco se llevó a cabo un experimento en el que se pretendía evidenciar cómo son de marcados los prejuicios de unos candidatos, que acudían a una entrevista de trabajo, una vez se percataran de que quien les iba a entrevistar tenía una discapacidad claramente perceptible.

El actor Pablo Pineda, primer diplomado europeo con Síndrome de Down, escritor, ponente y responsable de RRPP de diversidad de la Fundación Adecco se convirtió en entrevistador por un día. Su misión era entrevistar a un grupo de candidatos, que desconocían estar formando parte de un grupo experimental. Los aspirantes acudían a una simple entrevista de trabajo y así fue como reaccionaron:


Los prejuicios son percepciones y suposiciones, generalmente erróneas, que nos predisponen a adoptar comportamientos negativos hacia personas o miembros de colectivos por el simple hecho de pertenecer a ellos. Se trata de una manera fácil de catalogar a las personas sin habernos molestado en conocerlas, presuponiendo además cuáles y cómo van a ser sus comportamientos e intenciones.

Los prejuicios se crean en cuestión de segundos, muchísimo más rápido de lo que tardan después en desaparecer. A los pocos segundos de ver a una persona o, muchas veces sólo escuchando la opinión que sobre ella hace otra, generamos unos prejuicios que no desaparecerán hasta que estemos seguros de haber confirmado que son ciertos o falsos, y para ello se requiere tiempo, pues sí o sí necesitaremos un mínimo de interacción con la persona sobre la que hemos basado nuestro prejuicio.

La única manera de evitar los prejuicios, asignatura claramente pendiente para un alto porcentaje de personas, es educar en la aceptación y la tolerancia. En saber darse a uno mismo siempre la oportunidad de conocer a la otra persona antes de catalogarle, independientemente del sexo, raza, religión, aspecto físico, orientación sexual,… Esta educación debería ser transmitida de padres/adultos a niños, porque es en la infancia cuando se aprende más rápido y cuando lo aprendido se graba de manera más profunda y duradera, pero siendo autocríticos debemos reconocer que esta educación en valores se nos está escapando cada vez más de las manos.

El experimento que me ha servido de ejemplo para hablar hoy de los prejuicios, permite ver claramente cómo infravaloramos a los demás antes de darnos esa oportunidad de conocerles y antes de darnos cuenta que, en muchas ocasiones, son personas con conocimientos, valores y estilos mucho más potentes incluso de los que tenemos nosotros mismos, acabando incluso por sorprendernos.

El salario emocional debe ir ligado a la cultura empresarial (incluye test)

El salario emocional se ha convertido en uno de esos conceptos que aparecen de forma recurrente en la gestión de personas. Se menciona en va...