Hace apenas unos días he comenzado la
docencia de un nuevo módulo del posgrado de Recursos Humanos de la Universidad
Privada del Valle de Bolivia y, preparando las sesiones sobre evaluación del
desempeño, confirmé algo que llevo años viendo en muchas empresas y es que saben
perfectamente qué herramienta quieren implantar, pero no siempre para qué
quieren utilizarla. Y cuando el propósito no está claro, la herramienta deja de
ayudar.
La evaluación del desempeño se implanta muchas veces porque “hay que tenerla”, porque otras empresas lo hacen o porque se asume que aporta modernidad a la gestión de personas. Incluso, en algunos casos, se introduce como respuesta a nuevas generaciones que demandan feedback continuo, sin que exista detrás una verdadera convicción de cambio.
El problema no es el modelo, sino la
falta de cultura para sostenerlo. Porque evaluar no es solo medir. Es
interpretar. Y sobre todo, es conversar.
También es importante no complicarse la vida. Existen varios modelos y cada empresa debería escoger aquel que mejor le pueda funcionar, según su tamaño, cultura y propósito. Veamos un resumen de por dónde comenzar:
- Modelo de autoevaluación, donde cada empleado se autoevalúa en un cuestionario que fomenta la autocrítica. Obliga a la reflexión y al compromiso de mejora, pero solo en aquellos casos en los que el engagement esté presente. Puede ser el más subjetivo de todos los modelos y, en realidad, solo lo recomiendo para complementar otras evaluaciones con las que poder contrastar percepciones.
- Modelo de evaluación 90º, la más clásica: un supervisor evalúa a su subordinado. Es simple, rápida y fácil de gestionar. Permite tomar decisiones operativas a corto plazo y encaja bien en estructuras jerárquicas claras. Pero tiene la desventaja de que depende casi exclusivamente de una sola perspectiva. Y esa perspectiva, como todas, está llena de sesgos.
- Modelo de evaluación 180º, donde se incorpora la autoevaluación. Aquí ya se abre una primera grieta interesante: la comparación entre cómo me veo y cómo me ven. Este modelo aporta valor al desarrollo del liderazgo y fomenta cierta transparencia, pero exige madurez organizativa. Sin confianza, se convierte fácilmente en un ejercicio defensivo.
- Modelo de evaluación 270º, que amplía todavía más el foco incorporando pares o clientes internos. Aquí la organización empieza a entenderse como interdependiente, colaborativa, comunicativa… Sin embargo, también aumenta la complejidad y el riesgo de saturación si no se gestiona bien.
- Modelo de evaluación 360º, probablemente la más completa y también la más mal entendida, porque sobre el papel es impecable al combinar evaluaciones de supervisores, compañeros, subordinados e incluso clientes o proveedores que también pueden aportar feedback. En teoría, reduce la subjetividad y ofrece una visión global del desempeño. En la práctica, si no existe una cultura sólida, puede convertirse en un sistema ruidoso, lento y poco fiable.
Por eso, muchas empresas cometen el
error de implantar evaluaciones complejas en entornos donde todavía no existe
algo mucho más básico como la capacidad de dar feedback honesto sin miedo.
Las consecuencias ya os las podéis
imaginar, la evaluación deja de ser una herramienta de desarrollo y pasa a ser
un ejercicio administrativo y burocrático, que hace perder credibilidad y que
acaba sacando el lado más macabro de su uso. Y este tema es uno de los que
trato de dejar claro ya desde las primeras sesiones del módulo en el posgrado que estoy impartiendo, donde los profesionales conocen los
modelos, pero dudan de su utilidad real en contextos donde la cultura no
acompaña.
En definitiva, el problema no es elegir entre 90º, 180º, 270º o 360º. El problema es creer que el modelo, por sí solo, mejora la organización. Lo que mejora la organización es la calidad del liderazgo, su capacitación, la confianza entre personas y la capacidad real de mantener conversaciones difíciles sin convertirlas en conflicto.

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