Hay una idea que me parece especialmente
importante cuando hablamos de estrés laboral y es la de que no podemos
pretender que las personas trabajen en entornos exigentes y que nada de lo que
ocurre a su alrededor les afecte. Los cambios, las urgencias, los problemas de
organización o las dificultades para conciliar forman parte de nuestra realidad
profesional. Y todo ello tiene un impacto en nosotros, nos guste o no.
Las organizaciones cambian cada vez más
rápido, las responsabilidades se mezclan y las estructuras son más flexibles,
aunque no siempre mejor organizadas. Esto puede generar confusión, órdenes
contradictorias y una sensación constante de no saber exactamente qué se espera
de nosotros. Y cuando no tenemos claro qué debemos hacer o con qué recursos
contamos, aparece una de las principales fuentes de estrés laboral.
Y aunque tratemos de buscar la solución afanosa, pero vanamente, no todo el estrés se resuelve aprendiendo a respirar mejor, haciendo deporte o aprendiendo a gestionar nuestras emociones. A veces, lo que hay que cambiar es la forma en que estamos trabajando.
El estrés no es necesariamente negativo.
Es un mecanismo biológico que nos permite reaccionar ante situaciones que
requieren atención, esfuerzo o adaptación. Gracias a él, por ejemplo, los seres
vivos somos capaces de salvar nuestra vida en muchas ocasiones. Por ejemplo,
podemos reaccionar rápidamente si un coche se acerca a nosotros cuando cruzamos
la calle.
El problema aparece cuando se prolonga
demasiado o no tenemos suficientes oportunidades para recuperarnos. Pasamos de
una urgencia a otra, acumulamos tareas y terminamos el día con la sensación de
haber trabajado muchísimo sin haber avanzado lo suficiente. ¿Te suena?
A todo ello podemos añadir salarios
insuficientes, inseguridad laboral, dificultades para conciliar, falta de
oportunidades para desarrollar nuestro talento o herramientas inadecuadas.
Incluso tener poco trabajo o sentir que nuestras capacidades no se aprovechan o
no reciben la importancia y atención mínima que merecen.
El factor común es el desequilibrio
entre lo que se nos exige y los recursos que tenemos para responder. Por eso,
no se trata simplemente de reducir tareas, sino de encontrar un equilibrio
razonable entre las demandas y los medios disponibles.
Desde la empresa, desde los
departamentos de recursos humanos, deberíamos saber actuar sobre las causas. Si
las cargas de trabajo son excesivas, habrá que revisar cómo se distribuyen las
tareas. Si existen instrucciones contradictorias, tendremos que mejorar la
coordinación. No tiene demasiado sentido invertir en cursos de gestión
emocional mientras mantenemos intactas las condiciones que provocan el
malestar.
También debemos trabajar en el liderazgo
y la comunicación interna. Un buen responsable no es quien consigue que su
equipo aguante cualquier situación, sino quien sabe identificar cuándo las
exigencias son razonables y cuándo es necesario intervenir. Para ello necesita
escuchar y permitir que las personas expresen sus dificultades sin miedo a que
se cuestione su compromiso. Por supuesto, aprender a gestionar las emociones, saber
establecer prioridades y descansar son recursos útiles, pero estas herramientas
complementan la prevención, no la sustituyen. No podemos trasladar toda la
responsabilidad al trabajador y esperar que aprenda a soportar mejor unas
condiciones que quizá deberían cambiar.
La cosa se complica cuando este estrés existe en un equipo de trabajo con niveles diferentes y con varias maneras de afrontarlo. Imaginemos a varias personas ante una lista interminable de tareas. Una piensa que terminarlo todo será un milagro. Otra siente frustración. Una tercera lo interpreta como un reto y se concentra en lo prioritario. Y una cuarta decide qué debe atender, qué puede posponer y a qué tendrá que decir que no.
Seguramente, todas tengan razón. La
situación es la misma, pero la forma de interpretarla puede cambiar. Esto no
significa que todo dependa de la actitud, sino que podemos aprender a
distinguir entre aquello que controlamos, aquello sobre lo que podemos influir
y aquello que debemos aceptar.
Si el problema es una carga de trabajo
inasumible, no basta con aprender a priorizar. Si existe un ambiente laboral
hostil, no basta con practicar la relajación. La estabilidad interior es
importante, pero no puede convertirse en una excusa para dejar de mejorar las
condiciones de trabajo.
Una empresa saludable no es aquella en
la que nunca hay estrés, conflictos o dificultades. Es aquella en la que las
personas y la dirección trabajan conjuntamente para mejorar la salud y el
bienestar, identificando los problemas y actuando sobre sus causas. Una
organización necesita resultados, pero también personas que puedan conseguirlos
sin poner en riesgo su bienestar.
La idea está en no infravalorar los
pequeños cambios. Mejorar la comunicación, aclarar una prioridad, aprender a
delegar o respetar media hora de desconexión puede parecer poca cosa. Pero,
cuando esos cambios se repiten, pueden transformar nuestra manera de trabajar.
No vamos a construir una empresa
saludable de un día para otro, ni lo conseguiremos esperando a que desaparezca
el estrés. Lo haremos identificando qué lo provoca, cambiando lo que esté en
nuestras manos y aprendiendo a gestionar mejor aquello que no podamos evitar.









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