miércoles, 30 de septiembre de 2026

El problema no es encontrar talento: es conseguir que el talento quiera quedarse

En recientes conversaciones con profesionales de RRHH aparece cada vez con más frecuencia una preocupación en momentos en los que, digamos, no nos encontramos en una recesión que perjudique sustancialmente el mercado laboral y minimice de manera drástica el número de ofertas de trabajo. Es precisamente en estos momentos cuando más nos cuesta encontrar talento, saber dónde encontrar a las personas que necesitamos y ofrecerles algo atractivo para que decidan trabajar con nosotros. Esto es complicadísimo, pero aún más complicado es conseguir que otros no estén haciendo lo mismo, que nos “piquen” en nuestra plantilla y consigan llevarse el talento que tanto nos costó conseguir en su día. Surgen entonces preguntas como: ¿de qué manera podemos atraer talento? ¿Dónde encontramos a las personas que necesitamos? ¿Cómo podemos ser más atractivos para que quieran trabajar con nosotros? ¿Y para que decidan no irse?

Son preguntas importantes, especialmente en determinados perfiles profesionales donde encontrar candidatos con las capacidades que necesita la organización no resulta sencillo.

En muchas ocasiones ponemos muchísimo esfuerzo en atraer talento y bastante menos en entender qué está ocurriendo con el talento que ya forma parte de nuestra organización.

Publicamos ofertas, trabajamos nuestra marca empleadora, participamos en eventos, mejoramos los procesos de selección, hablamos de propósito, de cultura, de flexibilidad… y todo esto está bien, pero después, cuando una persona lleva dos, cinco o diez años con nosotros, ¿seguimos preguntándonos qué necesita para continuar queriendo estar aquí?

Durante mucho tiempo hemos hablado de la retención del talento casi como si fuera un objetivo exclusivamente de RRHH. Diseñamos planes de carrera, encuestas de clima, políticas de compensación, programas de desarrollo y diferentes iniciativas para mejorar la experiencia del empleado. Sin embargo, retener talento no consiste en construir una lista de beneficios ni tampoco es solo trabajo del departamento de RRHH.

Una persona no decide quedarse en una empresa porque tenga una mesa de ping-pong, porque pueda tomar fruta los viernes o porque tenga acceso a una determinada plataforma de formación. Estos elementos pueden contribuir a mejorar la experiencia, pero difícilmente compensarán una mala relación con el responsable, la falta de reconocimiento, la ausencia de oportunidades o la percepción de que su trabajo no tiene sentido.

Y aquí es donde creo que existe cierta confusión. Pensamos demasiado en lo que podemos ofrecer a los empleados y no siempre en lo que las personas están viviendo realmente dentro de la organización. Porque la experiencia del empleado no es lo que nosotros diseñamos, sino lo que la persona percibe. ¿Y sabéis cuál es la única forma de saberlo?… Efectivamente, preguntando.

Podemos tener una excelente política de conciliación, pero si un manager pone mala cara cada vez que alguien utiliza esa flexibilidad, la política existe sobre el papel, pero no necesariamente en la realidad. Podemos tener un plan de carrera perfectamente diseñado, pero si una persona lleva años esperando una oportunidad que nunca llega, difícilmente percibirá que existe una verdadera posibilidad de desarrollo. Podemos tener un programa de reconocimiento, pero si el reconocimiento no llega cuando realmente se necesita, acabará convirtiéndose en otra iniciativa más. Y podemos hablar de cultura empresarial todo lo que queramos, pero la cultura se demuestra precisamente cuando las decisiones son difíciles.

Que toda la empresa esté alineada es importantísimo, pero creo que el principal factor que influye en la permanencia de una persona se basa en la relación que mantiene con su responsable.

Y con ello no estoy diciendo que todas las personas que abandonan una empresa lo hagan por culpa de su jefe. Sería demasiado simplista. Hay personas que se marchan por salario, por ubicación, por proyecto, por circunstancias personales, porque reciben una oportunidad que consideran mejor o simplemente porque necesitan cambiar. Pero también es cierto que el manager tiene una capacidad enorme para condicionar la experiencia de una persona dentro de una organización.

Un buen responsable puede conseguir que una persona supere momentos complicados, aprenda, evolucione y quiera continuar formando parte del proyecto. Y un mal responsable puede conseguir exactamente lo contrario. Por eso, cuando hablamos de retención, quizá deberíamos dedicar menos tiempo a preguntarnos qué nuevo beneficio podemos incorporar y más tiempo a preguntarnos cómo están liderando nuestros managers.

Como defensor de las políticas de desarrollo y capacitación constantes, considero que formar a nuestros mandos intermedios y directivos en habilidades directivas es crucial para asegurarnos de que, al menos por esta razón, nuestro talento no va a huir despavorido.

Y aquí quiero señalar algo que he aprendido con los años y que considero especialmente importante. Además, he podido vivirlo desde las dos vertientes: las personas podemos aceptar decisiones con las que no estamos de acuerdo cuando confiamos en quien las toma. Las decisiones coherentes, bien explicadas y tomadas con criterios que puedan entenderse son una garantía de que exista percepción de justicia. Y es esta percepción la que muchas veces basta para aceptar una decisión que no esté acorde con nuestras expectativas.

Por todo ello, creo que la retención también tiene mucho que ver con la confianza que una organización es capaz de construir.

Y, finalmente, aunque parece evidente, debemos recordar constantemente que el talento no se retiene con una única fórmula. Una persona puede querer crecer profesionalmente. Otra puede valorar más la estabilidad. Otra puede necesitar flexibilidad. Otra puede estar buscando aprender. Otra puede querer participar en proyectos diferentes. Y otra puede estar perfectamente satisfecha haciendo durante años un trabajo que domina y disfruta. A la hora de elaborar políticas, nuestro trabajo va a ser crear una política marco sobre la que podamos ser flexibles y que sepamos adaptar según la persona y las circunstancias.

Las personas no escuchan únicamente lo que dice la empresa. Observan lo que hace. Y probablemente ahí esté una parte importante de las respuestas a las preguntas iniciales. No creo que el problema sea únicamente encontrar talento. El verdadero reto consiste en construir organizaciones en las que el talento que ya está dentro encuentre suficientes motivos para quedarse.

Y ojo, tampoco seamos utópicos. La cuestión no es evitar todas las salidas, sino entender por qué se producen, aprender de ellas y asegurarnos de que aquellas personas que queremos que continúen tengan motivos reales para hacerlo.



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